El Dr. José Rosado, médico acreditado en adicciones, relata la relación de los drogodependientes las religiosas capuchinas cercanas a la finca del Seminario en la década de los setenta.
Ahora se tiene que contemplar otro episodio importante: dejar el consumo, rehabilitarse e integrase social, familiar y laboralmente, no significa que ya se ha terminado. La droga ha utilizado, fuera de contexto, con una intensidad patológica y de manera violenta y desordenada, una serie de mecanismo neuronales y de neurotransmisores que ha afectado la base de nuestro mundo interior y que nos garantizaba nuestro equilibrio afectivo y emocional.
En diferentes libretas estoy escribiendo resúmenes, consignas, frases y propósitos para aumentar la grabación en mi cabeza de las pautas mentales y de conducta en las que tengo que esforzarme para no dejar de crecer.
He aprendido con bastante soltura a auto-relajarme. Ya puedo entrar, directamente en un estado profundo de manera rápida, con una frase o palabra clave previamente aceptada. En pocos minutos me refugio en mi castillo interior.
He estado meditando sobre uno de los capítulos del libro de neurociencias en que señala el estrés como causante de la mayoría de las enfermedades, incluso las infecto contagiosas.
Una de las afirmaciones que he agarrado como instrumento de motivación y para potenciar la voluntad, es que “el amor es esencialmente transitivo y que nunca se puede dar gratis porque antes o después, de una manera o de otra, alguien te lo va a devolver”.
Carmen me ha traído unos temas para analizarlos y estudiarlos. Se refiere a la importancia que tiene nuestro mundo interior que es la verdadera realidad con la que estamos todo el día.
El conocer un peligro es la más eficaz manera de evitarlo, por eso comprendo la importancia de la información objetiva y verdadera, porque la ignorancia es un factor de riesgo para el inicio de una drogodependencia, y en la permanencia de su consumo.
El médico ha insistido de manera clara en que debo fortalecer el desarrollo de mis facultades, especialmente las cognitivas y las volitivas, para afinarlas para el trabajo más importante a realizar: sanear el contenido de mi conciencia.
Ha sido mi madre, la que me ha aportado una perspectiva nueva, insólita para mí, pues yo me esfuerzo en olvidar, pero la historia, en ocasiones, se me hace presente con matices tristes y traumáticos.
Una de estas disfunciones se concreta en mi labilidad emocional; por nada lloro y me entristezco y otras, casi en las mismas circunstancias, exulto de alegría por un mínimo detalle.
El otro escollo que hemos discutido y sobre el que estoy muy alerta, son los periodos intermitentes de desánimos, desganas, relativismos y pasotismos, porque estas señales facilitaban un síndrome grave de depresión que tengo que evitar, pues desencadenan un vacío hondo, profundo y desolador, con el matiz que se consolida y se asienta sobre una química cerebral enferma, dañada y llena de cicatrices.
Desde que el consumo lo integré en mi vida, el dormir mal o no dormir, casi no me creaba alteraciones evidentes, pues con la droga paliaba sus posibles consecuencias negativas, pero actualmente necesito, a la mañana siguiente, tener el cerebro descansado para el trabajo intelectual que tengo programado.
Carmen se presentó a media tarde. Yo por indicación suya había comido menos de lo normal, y a mis padres le expliqué lo que íbamos a hacer para que guardaran el mayor silencio posible.
Me acuerdo que después de aquello, mi amiga volvió a pedir ayuda. Se puso en tratamiento y dejó de consumir, pero su aislamiento no lo podía soportar y así me lo manifestaba con una gran tristeza.