El jueves llamé a Carmen y ese mismo día empezamos las terapias. Le comenté lo que estaba haciendo, mis proyectos, miedos, temores y el relío de emociones que me llenaban por dentro.
Todas las ilusiones de seguir el programa sufrían un frenazo cuando mi hermano o mi madre me insinuaban que saliéramos a dar un paseo. Me quedaba como paralizada.
Ha sido en mi casa, en mi familia, en este espacio externo y a la vez tan profundo y entrañable, pletórico de significado, donde he encontrado la riqueza de la soledad, pero no la de antes, que incluso me empujaba a la auto-aniquilación, sino la que me ofrece la compañía de un amoroso diálogo, porque es compartida y disfrutada con las personas que más quiero.
Enumero algunos de los apartados que me parecieron más significativos y que, inicialmente, fueron paradigmas donde me afianzaba para mis tares diarias.
Desde luego lo prioritario era, una vez libre del consumo, cuidar el cerebro, calmarlo, pacificarlo y protegerlo, porque así como es el escenario de todos los efectos de las drogas, también lo es del proceso de reconstrucción.
No sé las razones psicológicas o neurológicas, pero ocurrió un hecho que me desencadenó una reacción interiormente violenta y que precipitó ensanchar el camino de mi recuperación.
El lugar donde trabajar es en mi interior, por eso encargué unos libros de autoayuda y de control emocional. Me dio tan fuerte, que acoté un tiempo diario para su lectura. Incluso tuve la osadía de comunicárselo a mis padres para que se alegraran y también respetaran esas dos horas que con cierta rigidez le quería dedicar a ese estudio.
A los pocos días de estar en casa y cuando, entre comillas, ya se estaba normalizando mi vida emocional, tuve una conversación con mi madre sobre el asunto de las drogas.
Al pisar el portal, y luego al entrar en el piso y cerrar las puertas, como un aire de viento fresco y limpio penetró en todo mi cuerpo y una sensación de paz inundó mis pensamientos. No podía creer que me encontraba a salvo y segura.
Desperté en el hospital con la cara vendada, me faltaba la respiración y cualquier movimiento me producía un intenso dolor. Tenía todo el cuerpo magullado y cubierto de moratones y cardenales.
Esa jornada, fui a por todas sin hacer asco a nada ni a nadie. Todo lo hice con interés para agradar a los clientes y con las ganas de superar el número asignado, cosa que conseguí.
La necesidad de huir de una realidad que detestaba, me hacia refugiarme, cada vez que tenía ocasión, en recuerdos de mi infancia, cuando paseaba con mi padre cogida de su mano, en las tardes que podía disfrutar de su compañía; tan segura me encontraba, que un deseo intenso para que el tiempo se detuviera, ocupaba mi mente, pero sucedía como el sol que poco a poco desaparece del horizonte y no se puede hacer nada.
Me perturbaba la imagen de bondad que Juan tenía entre la gente, y ya no sabía si la perversa era yo, o es que mi mente estaba enferma. ¿Estaré loca?, ¿era demasiado susceptible?, ¿me creía muy importante?
Pasé todo el día aterrorizada, sin querer ni moverme, y al mediodía mi compañera me trajo un poco de comida y con unas compresas frías alivió los hematomas que tenía en la cara.
Sin darme cuenta, sin emoción, sin interés y con cierta indolencia, me acomodé a aceptar las propuestas de los clientes y empezó otra etapa de mi vida fea, sórdida, sin emociones ni ilusiones, animal e instintiva, en la que me movía sin alegría y sin miedo, e insensible a lo que pasaba a mi alrededor: mi mundo terminaba y abarcaba solamente mi interior, mi yo, lo demás casi no existía.
Sentada en la cama de la habitación, la cabeza me daba vueltas y el caos mental dominaba mi cabeza. ¿Qué hacer?, ¿existe alguien en el mundo que me pueda ayudar?, ¿a quién preguntar? No encontraba respuestas.