La cultura del entorno seguro y el cuidado en el ejercicio pastoral es clave para que la Iglesia sea un espacio libre de violencia y abusos. Recogemos las claves compartidas en el encuentro formativo vivido por casi una veintena de sacerdotes con menos de una década de ministerio. En la jornada, celebrada en Villa Nazaret los días 1 y 2 de marzo, se hicieron presentes también el obispo de Málaga, D. José Antonio Satué, y el delegado para el Clero, Juan Manuel Ortiz Palomo.
La sesión, enmarcada dentro de un nuevo formato de atención y acompañamiento a este perfil de sacerdotes, fue desarrollada por Angelines Morales, presidenta de la Acción Católica General en Málaga, quien desde su experiencia personal y generada por el proyecto de la propia asociación, dio respuesta a una de las cuestiones que los propios miembros de este grupo de sacerdotes habían solicitado, según cuenta Salvador Gil, responsable del decenio y organizador de la jornada.
La formación, impartida en clave de sensibilización, no se planteó como una clase teórica, sino como un espacio de diálogo y toma de conciencia. Un aspecto especialmente valorado por los participantes fue la posibilidad de compartir su propia experiencia en pequeños grupos. «Se trataba de abrir camino, de empezar a poner nombre a realidades que a veces no hemos reflexionado», explica la ponente.
La Iglesia, entorno seguro
La reflexión comenzó presentando la magnitud del problema de los abusos sexuales a menores en el ámbito eclesial. Se dieron a conocer todos los pasos que, en relación a este gravísimo asunto se han ido dando dentro de la Iglesia católica, tanto a nivel de la Santa Sede como en las conferencias episcopales y las iglesias locales, por medio de las oficinas de protección del menor, pasando por otras entidades religiosas que están sumando su colaboración con esta causa. En este sentido, se recordó el trabajo desarrollado por la Conferencia Episcopal Española a través del proyecto “Para dar luz” (más enlaces al final del texto).
Esa preocupación creciente se materializa en los programas de entorno seguro impulsados en la Iglesia en los últimos años para prevenir las conductas inapropiadas que pueden generar estos abusos.
Estos programas se sostienen sobre tres grandes pilares:
1. Sensibilización y formación, primer paso imprescindible para tomar conciencia de la magnitud del problema y adquirir criterios.
2. Prevención, que incluye la elaboración de mapas de riesgo, la divulgación de los protocolos de actuación y los códigos de buenas prácticas y la formación específica para evitar conductas abusivas.
3. Intervención y reparación: que abarca la detección de los abusos, la activación de protocolos, la denuncia y la reparación de daños causados.
Gracias al testimonio de las víctimas, a su escucha respetuosa y atenta, se ha podido reconocer y detectar lo que se esconde tras los casos de abuso.
Más allá de la “punta del iceberg”
En un segundo momento de la exposición, se invitó a ampliar la mirada. El abuso sexual a menores, se explicó, es «la punta del iceberg», la manifestación más grave y visible. Sin embargo, detrás suelen encontrarse dinámicas previas de abuso de poder o de conciencia. Gracias al testimonio de las víctimas, a su escucha respetuosa y atenta, se ha podido reconocer y detectar lo que se esconde tras los casos de abuso.
Morales subraya que, si bien los protocolos frente a abusos sexuales están cada vez más definidos, la reflexión sobre otras formas de abuso —como el de poder o el de conciencia— se encuentra todavía en desarrollo y requiere mayor concreción para posibilitar un abordaje real. Las víctimas deben ser el centro de nuestra atención.
Durante la sesión se analizaron estos conceptos, distinguiendo entre el ejercicio legítimo de la autoridad —inherente a la misión pastoral— y su posible deriva abusiva. «Todos, en algún momento, podemos ser víctimas y también victimarios», se recordó. Reconocer esta posibilidad no pretende generar sospecha, sino fomentar la responsabilidad y el examen personal.
La reflexión ayudó a identificar conductas no adecuadas que, en ocasiones, pueden estar normalizadas, y que, sin mala intención, vulneran la dignidad de los miembros de la comunidad e imposibilitan el que la Iglesia sea un espacio seguro: cuando se alza la voz de forma habitual, se desautoriza o ridiculiza públicamente a otros, se imponen criterios sin diálogo, se instaura una cultura del secretismo o se produce un arraigo del miedo a expresarse o comunicarse en algunos espacios.
Esos comportamientos inadecuados no pueden justificarse bajo el argumento del carácter personal, la presión pastoral o el “siempre se ha hecho así”. «Porque vivir nuestra fe en un espacio seguro y libre de violencia, abusos y trato inadecuados es un derecho y una responsabilidad de parte de todos», afirma Morales.
«Vivir nuestra fe en un espacio seguro y libre de violencia, abusos y trato inadecuados es un derecho y una responsabilidad de parte de todos»
Autoridad, vulnerabilidad y búsqueda de ayuda
A la vez que preocupa la prevención y atención a las víctimas, este tema despierta en el presbiterio inquietud por la gestión, en la propia comunidad, de una acusación de conducta inapropiada que, en alguna ocasión, pudiera ser infundada; por el impacto de los protocolos sobre las relaciones, en detrimento de la expresión natural del afecto; por la exposición a la que lleva el propio ministerio, o la dificultad para manejar conflictos en la comunidad.
La soledad, el individualismo, una inadecuada gestión de la afectividad o la sobrecarga pastoral pueden constituir factores predisponentes hacia conductas no saludables.
En el diálogo compartido emergió la necesidad de formación -como por ejemplo en comunicación, establecimiento de límites y gestión de conflictos- y de una mayor claridad manifiesta en el apoyo institucional tanto a los sacerdotes como a los laicos con responsabilidad pastoral.
Se animó a reconocer que todos somos limitados y que buscar ayuda no demuestra debilidad sino habilidad para el crecimiento personal y comunitario.
Una cuestión pastoral y evangelizadora
La reflexión no se limitó al ámbito jurídico o preventivo. Se subrayó que el buen trato es una exigencia evangélica y una condición para la credibilidad de la misión. «No se trata solo de evitar abusos graves; cualquier trato inadecuado ya es un daño y contradice la llamada a la caridad pastoral», señala la ponente.
Además, se advirtió de que muchas personas se han alejado de la Iglesia tras experiencias negativas en el ámbito comunitario. Por ello, recuperar la confianza, construir entornos seguros y relaciones sanas no es únicamente una medida preventiva, sino una auténtica prioridad pastoral.
Aunque Angelines Morales reconoce que este es “un camino largo” y que una sola sesión no basta, el encuentro permitió —según sus palabras— «despertar preguntas y empezar a poner nombre a realidades que necesitan luz».
Enlaces de interés:
Comisión Pontificia para la protección de menores en la Santa Sede: www.tutelaminorum.org
Protección de menores de la Conferencia Episcopal Española: https://www.paradarluz.com/
Atención a víctima de abusos en la Diócesis de Málaga: https://diocesismalaga.es/inicio/2014055641/protocolo-de-prevencion-y-actuacion-frente-a-abusos-sexuales-a-menores/
Programa Repara de la Archidiócesis de Madrid: https://repara.archimadrid.es/
Entorno seguro de Acción Católica: https://www.accioncatolicageneral.es/entorno-seguro
