La memoria me asalta con experiencias de las que no quiero acordarme. Aplastar mi pasado era una actitud inconsciente llena de consciencia.

Diario de una adicta (XXX). Dolores del alma

La noticia del bofetón a Juan se difundió y magnificó entre todos los empleados y chicas del club. También en la calle. Él lo vivió como una gran humillación, y su comportamiento, especialmente conmigo, sufrió una evidente quiebra. Su conducta, palabras y ademanes tenían una intención destructiva. No me hacía nada pero me hacía de todo. No dejaba pasar ninguna oportunidad para con ironía y medias sonrisas, lanzar comentarios hirientes. La descalificación era permanente y no a destiempo, sino en relación con algo que había ocurrido y siempre delante de otras personas. No me lo decía a voces, sino suavemente e incluso, a veces, me echaba la mano por encima, pero con una mirada fría y hostil que me destrozaba desde dentro. En ocasiones y cuando le pedía la dosis, le intentaba hablar con cariño y dulzura, en un intento de pedirle perdón, pero él me reafirmaba que no tenía nada en contra mía y que todo estaba olvidado. Yo sabía que no deseaba tener ninguna conversación conmigo y con sequedad rechazaba cualquier gesto de amabilidad por mi parte. A veces, estábamos las 4 chicas hablando de nuestras cosas después del trabajo y si él estaba presente, su intervención era para humillarme, pero de manera educada y con tono de paternalismo, recordando todo lo que había hecho por mí. Incluso insinuaba que me tenía cariño, en un juego maquiavélico que me dejaba anulada y con unas noches llenas de pensamientos obsesivos y destructores.

Mi nueva compañera de habitación, Bea, con la que me desahogaba, no notaba ninguna maldad en sus palabras, pues así se portaba con todas ellas, de manera irónica y otras veces cariñosa. Yo notaba y palpaba hacia mí un rechazo visceral a todo lo que dijera o hiciera. Cuando iba a su despacho a cobrar y ajustar cuentas, era un auténtico profesional; me daba el sobre sin ningún comentario, a no ser del descuento por algún mínimo desperfecto o gasto que nunca antes me consideraba, y me invitaba a que lo revisara. Al bajar a la barra antes de abrir el local, se ponía a mi lado sin saludarme, ignorándome. Antes me invitaba a café o me decía,-¡ hola!-. Si me dirigía a él, me hacía repetir la frase o la pregunta varias veces de manera sonora si había más personas y entonces con, -¿Perdona, Paula, qué me decías?-, giraba la mirada y no esperaba contestación. Los días pasaban y esta rutina perversa en el trato, me llenaba de inseguridades. Su presencia me hacía sentirme temerosa y la angustia no me soltaba. En un momento de desolación me sinceré con otra de las compañeras, pues Bea ya ni me hacía caso, y el consejo fue más o menos el mismo.

Tú estás obsesionada con Juan. Olvídate de él y no le des más vuelta a la cosa. Pero por ti ha hecho más cosas que por ninguna de nosotras, y no te olvides que te sigue dando un sueldo fijo, comisión por cliente y consumo, te proporciona la droga y te tiene en una habitación que aunque sea compartida, es un chollo. ¿Adónde vas a ir que estés mejor que aquí?-.