Se comete un significativo error cuando ante un problema importante manejamos el relativismo como un recurso retórico para disminuir sus consecuencias y alejarlo de nuestra mente; y es que un problema olvidado no es un problema resuelto... que sigue creciendo.
Al entrar en la casa que compartía con Esteban, no me fijé, tampoco estaba para eso, en lo deteriorada y el desorden que tenía, pero era, para mí, el lugar donde mis perspectivas de ser feliz se fundamentaban. Todo me parecía bien, aunque las pesadillas, llena de miedos, temores y angustias, protagonizaron mi primera noche.
Al poco de salir Esteban, llegaron mis padres. Mi semblante, la expresión de regocijo, y la manera de saludarlo sorprendió, sobre todo a mi madre que no cesaba de contemplarme con una mirada interrogante, sin saber qué me podía haber pasado para este cambio, pero con la certeza que algo había ocurrido.
A los ocho días de mi ingreso y cuando me encontraba sola, apareció Esteban en la puerta de la habitación. Me negué a saludarlo y al acercarse con gesto de timidez para darme un beso lo esquivé de forma contundente.
Una tarde, cuando regresábamos a casa, me dejó en la puerta porque tenía que hacer una gestión con un amigo y me aseguró que en poco tiempo estaría de vuelta.
Decepcionada, le dejaba hacer: preparó los polvos en un papel de aluminio, los calentó con un mechero y me ofreció que simplemente lo inhalara, ¡sólo una vez! Con indiferencia y desgana, así lo hice. A los pocos segundos una sensación de placidez, paz y tranquilidad explotó suavemente en mi mente, a modo de una caricia rebosante de delicadeza.
La vida con Esteban no resultaba difícil pues su trabajo lo tenía ocupado casi todo el día y cuando llegaba a casa, la armonía y la alegría era la tónica dominante.
Un problema ignorado nunca es un problema resuelto, pero en las drogodependencias el tema se refuerza con el relativismo, que es el instrumento más perverso y eficiente para anestesiar la conciencia social, pues condiciona una indiferencia que determina la falta de interés por la información, y por lo tanto el desconocimiento de las trágicas consecuencias que provoca y, de manera selectiva, las herencias genéticas con la que estamos programando a las futuras generaciones.
El doctor José Rosado, experto en drogodependencias, nos acerca cada semana un fragmento del diario de una de sus pacientes, víctima de la droga. El deseo de su autora es que su experiencia sirva de ayuda a otros jóvenes y familias que pasen por una situación similar.
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