A los ocho días de mi ingreso y cuando me encontraba sola, apareció Esteban en la puerta de la habitación. Me negué a saludarlo y al acercarse con gesto de timidez para darme un beso lo esquivé de forma contundente.

Diario de una adicta (XV). La visita de Esteban

Ni quería ni deseaba su presencia. Lo tenía apartado y desechado de mi mente. Mi corazón estaba en carne viva, sangrando y herido por el desengaño. Se sentó en silencio y colocó el ramo de flores sobre la mesilla de noche sin atreverse a dármelo. Después de un rato intentó cogerme la mano que yo retiré inmediatamente con fuerza y resolución para borrar dudas de mi actitud. Mi silencio era total, insinuando una ignorancia, que a pesar de todos los pesares, tenía que forzarla.

Al cabo de más de media hora sin dejar de mirarme con tristeza, se echó a llorar de manera compulsiva y con la cabeza agachada me relató una historia que yo, al principio, pensaba que era inventada y como justificación al olvido que me había sometido. Me dijo que después del accidente, cuando llegó al hospital, le hicieron unos análisis porque tenía un golpe en la cabeza, y en las radiografías se veía una posible lesión cerebral, que de confirmarse, podría tener graves consecuencias, por eso al día siguiente le harían una tomografía. El diagnóstico no se confirmó, y el TAC eliminó las dudas, pero el miedo todavía lo tenía casi paralizado. Además, en el análisis que le hicieron, salió positivo a heroína, cocaína y alcohol, y encina encontraron tres papelinas en el coche. Total que la policía estaba detrás de él y que no quería que yo supiera nada para no darme ninguna irritación.

A pesar de todo, me decía, no había dejado de pensar en mí de manera permanente, aunque se le iban las ideas y a veces no sabía ni donde se encontraba y perdía el sentido de la realidad, de la hora, día y lugar en que vivía. Llorando sin parar, insistía que no sabía el tiempo que le quedaba de vida, pero que lo iba dedicar a mi persona, aunque yo lo despreciara.