La crisis económica ha puesto de manifiesto algo que todos sabíamos: la economía ha llenado el mundo del hombre. Hemos pasado de “ser humano” a “ser económico”. Este pensamiento económico ha llegado hasta los estratos más profundo de la persona: las emociones, el amor, la conciencia.
A lo largo de este verano hemos podido ver cómo las calles de nuestros pueblos se llenaron de personas que, con fe y devoción, participaban en una manifestación pública de fe.
A lo largo de la historia ha habido muchas razones para hacer la guerra. Las más antiguas son: querer lo que otros tienen y quitárselo por la fuerza, el robo. Las ideas políticas y revolucionarias también han sido motivos de conflictos.
Desde hace varias semanas me cuesta leer las noticias: en 22 días de conflicto ya han perdido la vida 56 soldados israelíes y tres civiles; 1.170 palestinos, la mayoría de ellos civiles y 200 son menores. Esta noche pasada han destruido una central eléctrica, lo cual indica que habrá problemas de suministro energético a los 1,8 millones de habitantes de Gaza.
Quien conoce a Dios descubre que en este mundo nada tiene importancia, excepto el amor. Dios es amor que va más allá del puro querer. Es un amor que todo lo invade y que, sobre todo, llena de sentido nuestra vida y la colma de esperanza. Porque la esperanza es una forma de amor; porque la esperanza es una forma de comunicación de Dios.
La vida está para vivirla. Aunque parezca esta frase una redundancia, hay personas que no viven, sobreviven como pueden. No sólo me refiero a las personas con dificultades económicas. Hay personas que sobreviven más bien por la precariedad de recursos espirituales.
Con este estribillo, el cantante del mítico grupo Pearl Jam nos ayudará a entrar en esta reflexión. Es una canción que hace para la BSO de la Película “Into the wild” (Hacia rutas salvajes), película que también recomiendo, como su banda sonora.
Cristo muere por amor. En su muerte no hay belleza: su cadáver es el de un hombre demacrado, hinchado, con ojos sesgados... un cuerpo sometido al más dramático dominio de la muerte. No es la cruz de cartón piedra que vemos en nuestros templos; no es una talla hermosa de uno de nuestros escultores. Es la aterradora visión de una boca que grita sed y angustia, de unos ojos hundidos y desesperados, de un espantoso dolor.
Quisiera comenzar esta pequeña reflexión con las palabras de un médico español, Gregorio Marañón: \"Vivir no es solo existir, sino existir y crear, saber gozar y sufrir y no dormir sin soñar. Descansar es empezar a morir\".