“El Sol que nos nace de lo alto” (Lc 1, 78)
“Las nubes con el viento siempre están cambiando,
quizás podemos ver el sol de vez en cuando”
Fito & Fitipaldis, “Entre la espada y la pared”
¡Cuántos acontecimientos tristes! Da pena leer los periódicos y ver las noticias: corrupción, conflictos armados, miles de personas que mueren cada día (por enfermedades, y sólo de ébola), la crisis económica que arrastra a miles de familia a la desesperación. Ante estos momentos difíciles, ante estas nubes que oscurecen la realidad, podemos quedarnos instalados en una tristeza perenne, como si no hubiera nada por lo que brindar. El mal tiene el poder de desvirtuar la realidad porque acapara más la atención.
¡También hay acontecimientos alegres!: la hermana Paciencia Melgar, aunque fue rechazado su traslado a España para tratarse del ébola, cuando se curó, accede venir a España para donar su plasma para Teresa; el festival de San Sebastián recauda fondos contra la leucemia infantil. Son buenas noticias, alegres y estimuladoras saber que un presidente renuncia a su palacio presidencial para vivir en su casa de siempre, rodeados de su huerto y su gallinas; José Mújica es un ejemplo no solo para los políticos. O la activista congoleña Caddy Adzuba y su lucha por la igualdad de género en África. Y muchas más noticias que no salen en los periódicos: miles de personas que semana tras semanas dan parte de su tiempo, su buen hacer en las cáritas parroquiales; miles de personas que hacen bien su trabajo diario, sin robar, sin tarjetas opacas.
No podemos quedarnos en los acontecimientos tristes. No podemos dejarnos embaucar por los nubarrones de la vida. Hay Alguien detrás de esas nubes: “el Sol que nos nace de lo alto” (Lc 1, 78). Se me viene a la cabeza un párrafo de la exhortación apostólica del Papa Francisco: «Comprendo a las personas que tienden a la tristeza por las graves dificultades que tienen que sufrir, pero poco a poco hay que permitir que la alegría de la fe comience a despertarse, como una secreta pero firme confianza, aun en medio de las peores angustias: «Me encuentro lejos de la paz, he olvidado la dicha […] Pero algo traigo a la memoria, algo que me hace esperar. Que el amor del Señor no se ha acabado, no se ha agotado su ternura. Mañana tras mañana se renuevan. ¡Grande es su fidelidad! […] Bueno es esperar en silencio la salvación del Señor» (Lm 3,17.21-23.26)». (La Alegría del Evangelio, número 6)
Hay muchos rayos de luz en nuestras vidas. No quiero quedarme solo en las noticias tristes. El amor del Señor no ha cesado, y su luz sigue iluminando nuestro mundo. Aprender a descubrir esa luz en la vida cotidiana, en tantas personas que son luz, que transmiten luz con su forma de vivir. Como nos dice el Papa Francisco:
«Es la alegría que se vive en medio de las pequeñas cosas de la vida cotidiana, como respuesta a la afectuosa invitación de nuestro Padre Dios.» (La alegría del evangelio, 4).
La fe me da paz, y también me da seguridad (Heb 11,1) en este mundo incierto e inseguro. La fe me ayuda a descubrir el Sol en mitad de los nubarrones de la vida.
