«Si te cabe el cielo en un abrazo»

«Si te cabe el cielo en un abrazo, siempre habrá una estrella para ti»
(Fito & Fitipaldis, “Catorce vida son dos gatos”).

A veces sentimos que nuestra vida cambia tanto como el curso de un río, pero si somos capaces de pararnos y contemplarla, seguro que encontramos un hilo conductor en toda ella. Podremos sentir que la vida no es, como decía el biólogo francés Jacques Monod, “azar y necesidad”. Me niego pensar que todo lo que vivo, que toda la vida es producto de las fuerzas azarosas de la naturaleza. Más bien me inclino por lo que decía su compatriota Henri Bergson, la vida «no es reductible a meros fenómenos físicos o químicos (…) sino que es un impulso que posee una cierta orientación». (“La evolución creadora”, 1907). Este impulso vital (élan vital) es la “fuerza” que une todos los acontecimientos de nuestra vida, en un solo acontecimiento: La Historia. Y es en esta historia donde Dios ha querido revelarse, darse a conocer, «puesto que en la perspectiva cristiana todo tiempo está habitado por Dios» (Benedicto XVI, Jornada Mundial de la Paz, 1 de enero de 2012). Todo tiempo, todo momento es lugar de encuentro con Dios. Incluso en los momentos menos buenos, Dios está hablándonos. De esta forma, la historia es salvación; porque Dios transforma nuestra historia en Historia de Salvación, en salvación vivida.

Pero, para descubrirlo, necesitamos pararnos y contemplar la vida, mi vida, como una sucesión de acontecimientos en las que Dios nos habla, se nos revela. La oración nos ayudará a contemplar la vida, nuestras vidas, con los ojos de Dios. Como nos dice una canción de U2 (que nos habla de cómo Dios Padre ve nuestro mundo):

So I try to be like you / Try to feel it like you do
But without you it´s no use/ I can't see what you see
(Así que intento ser como Tú / Intento sentir como Tú haces
Pero sin Ti es inútil / No puedo ver lo que Tú ves)

U2, “When I Look at the World”

La oración es llenarnos de Dios, impregnarnos de Dios, para ver el mundo con los ojos de Dios. Para descubrir la presencia de Dios en nuestras vidas y en nuestro mundo es importante conectar con nuestro interior, con el silencio y con la soledad; allí podremos escuchar a Dios que nos habla en nuestro corazón. Nuestro mundo de ruidos de coche, de prisas, nuestra “sociedad del cansancio” no ayuda mucho a ello. Nos dice el psicólogo Javier Castillo:

“El eterno ruido de nuestro mundo externo, con nuestro trabajo, nuestra responsabilidades, nuestras inquietudes y nuestros deseos nos impide ver la luz de nuestro mundo interno”.

“El valor del sufrimiento”, Javier Castillo Colomer

Miramos a nuestros adentros para acercarnos al mundo, a la realidad; no para alejarnos de ella, somos contemplativos en la acción. Miramos a nuestros adentros porque es allí nos encontraremos con Dios que da sentido a nuestras vidas y a todo lo que nos acontece.

De esta forma, la conciencia de nuestro mundo interior, nos ayudará a descubrir la vida como un todo unitario, y en el centro de la vida, ese impulso vital. No tenemos que buscar fuera lo que, realmente, tenemos dentro de nosotros. «Porque el mundo de la vida contienen todos los fines a los que continuamente estamos orientados» (Edmund Husserl).

Descubrir la vida como un todo unitario es no encerrarnos en el momento. Ser capaz de alzar la cabeza para mirar más allá de nuestros horizontes limitados.  «No cabe encerrarse en un fragmento, en un elemento aislado, en la inmediatez del momento como si de un absoluto se tratara» (Jacinto Rivera Rosales, “Pensando la religión. Homenaje a Manuel Fraijó”). La vida es mucho más amplia, más grande que un mal momento, que un fracaso personal. La vida es más amplia que nuestros limitados horizontes. Con la encarnación, lo Infinito entra en la finitud del mundo, y desde dentro, transforma nuestras vidas: nuestro horizonte se eleva a lo infinito. Le dice Dios a un hombre mayor, y con su mujer estéril; a Abraham: “Cuenta las estrellas del cielo, si puedes… Así será tu descendencia” (Gn 15, 5). Y lo que parece imposible, se hace realidad. Las promesas de Dios sobrepasan nuestros límites. Nunca alcanzaremos hasta dónde puede llegar Dios, porque sobrepasa nuestras capacidades humanas. Repito: la vida es más amplia que nuestros limitados horizontes.

Parafraseando a María Zambrano: en nuestro interior nos encontramos con “la llamada” de Dios que nos alienta en el fondo del corazón; es decir, se realiza la vocación o finalidad que se encuentra como destino inserta en el ser humano. Para ello debemos buscar el silencio interior, conectar, como diría nuestra filósofa malagueña, con los ínferos de nuestro ser. Y allí descubrir “la esperanza a la que hemos sido llamado” (Efesios 1, 18). Una esperanza que supera nuestras capacidades, que es más que nosotros mismo, más que nuestros momentos apagados.

De esta forma,
«el presente, aunque se un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si se lleva a una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino»

Benedicto XVI, Carta encíclica Spe Salvi , 1

¿Cuál es la meta nuestra vida? ¿Por qué en momentos de dificultad no vemos la meta? Quizás porque hay mucho ruido en nuestras vidas y necesitamos silencio; quizás porque nos quedamos auto-compadeciéndonos en nuestras penas sin ver más allá de nosotros mismos; quizás porque absolutizamos el momento, el famoso Carpe Diem, que nos encierra en un presente inmanente, cerrado en sí mismo.