Desde hace varias semanas me cuesta leer las noticias: en 22 días de conflicto ya han perdido la vida 56 soldados israelíes y tres civiles; 1.170 palestinos, la mayoría de ellos civiles y 200 son menores. Esta noche pasada han destruido una central eléctrica, lo cual indica que habrá problemas de suministro energético a los 1,8 millones de habitantes de Gaza.

¿Dónde está la razón?

¿Dónde está la razón humana en esta locura? Toda guerra, toda violencia es injusta e indecente, pero esta es peor. ¿Cómo se puede atacar un colegio de las Naciones Unidas en Palestina? ¿Cómo se pude lanzar morteros indiscriminadamente a plazas y calles de Tel Avit donde hay civiles que nadan tienen que ver con esta lucha de poder? Creo que se ha entrado en una espiral de violencia; y lo que es peor, se está fraguando una cultura de la violencia.  Este es el relato de Ameen Sabbagh, coordinador de Cáritas en Jerusalén:

«Mientras terminaban las oraciones de la tarde, el pasado sábado 12 de Julio, una bomba alcanzó la casa de unos parientes del Jefe de la policía de Gaza, Ismael, matando al menos a 18 miembros de su familia e hiriendo a otros 50.
Estuve dando una vuelta por los alrededores, para seguir con mi evaluación de ese día, un niño de unos 12 me acompañaba (Mohammad, uno de los vecinos) el niño no necesitó ningún gesto de aprobación de mi parte para empezar a hablar: “Me puse a llorar cuando vi la destrucción de la casa, Yo sabía que mi amigos y vecinos habían muerto. ¡Mi padre me dijo que me levantara para ayudarles! Fuimos corriendo a la casa, entre los escombros y el polvo, se podían ver trozos de cuerpos humanos. Yo solo quería escapar de allí corriendo, pero no lo hice, tenía que ser fuerte y no era la primera vez que era testigo de tanto caos. Ésta es mi tercera guerra en Gaza y sólo tengo 12 años”, dijo».
Tomado de la página: http://antes2015actua.com/
Blog de Cáritas Española sobre los Objetivos de Desarrollo del Milenio

Mohammad sólo tiene 12 años y ya ha vivido tres guerras en Gaza. Este niño, como muchos de Palestina, sólo han vivido guerra y hostilidad. Ha vivido en una cultura de violencia, de odio y resentimiento. Aquí no hay ganadores. Aquí hay sufrimiento de familias destrozadas. Como nos dijo el Arzobispo Silvano M. Tomasi en su intervención en las Naciones Unidas, el pasado 23 de julio:

«La voz de la razón parece sumergida por la explosión de las armas. La violencia conducirá a ninguna parte, ya sea ahora o en el futuro. La perpetración de injusticias y la violación de los derechos humanos, especialmente el derecho a la vida y a vivir en paz y seguridad, siembran semillas frescas de odio y resentimiento. Una cultura de la violencia se está consolidando, cuyos frutos son la destrucción y la muerte. A largo plazo, no puede haber ganadores en la tragedia actual, sólo que más sufrimiento. La mayoría de las víctimas son civiles, que por el derecho internacional humanitario, deben ser protegidos».

Una cultura de la violencia significa que, cuando acabe los conflictos, continúa los conflictos internos. Sigue habiendo odio y resentimientos, porque “la paz no se reduce a una ausencia de guerra, fruto del equilibrio siempre precario de las fuerzas. La paz se construye día a día, en la instauración de un orden querido por Dios, que comporta una justicia más perfecta entre los hombres (Pablo VI, Populorum Progresio 76). La paz no se puede imponer por la violencia, “primero tiene que darse en el interior de cada hombre” (Juan XXIII, Pacen in Terris 165). Sin justicia, difícilmente puede construirse la paz. Sin perdón, difícilmente puede construirse la justicia y la paz. Nos decía Juan XXIII:

«El orden vigente de la sociedad es todo él de naturaleza espiritual. Porque se funda en la verdad, debe practicarse según los preceptos de la justicia, exige ser vivificado y completado por el amor mutuo, y, por último, respetando íntegramente la libertad, ha de ajustarse a una igualdad cada día más humana».
Juan XXIII: Pacem in Terris, 37

Los preceptos de la justicia “exige ser vivificados y completados por el amor mutuo” . Sin amor, la justicia queda incompleta. El amor es esa fuerza que reside en el interior del hombre capaz de construir la nueva humanidad. El perdón es una forma de amor. La reconciliación es una forma de amor. El ser humano podrá vivir en paz cuando esté en paz consigo mismo. Habrá verdadera paz en la franja de Gaza cuando haya una verdadera reconciliación. No puede haber reconciliación si es fruto del equilibrio siempre precario de las fuerzas (Pablo VI). Es decir, no puede haber reconciliación por las fuerzas, por la ley del más fuerte.

«Debemos aprender a vivir no los unos al lado de los otros, sino los unos con los otros; o sea, debemos aprender a abrir el corazón a los demás, permitir que nuestros semejantes compartan nuestras alegrías, esperanzas y preocupaciones»

(Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI al Cardenal Arzobispo de Munich y Freising
con ocasión del encuentro internacional de oración por la paz
1 de septiembre de 2011)

¿Podrá Ismael, Jefe de la policía de Gaza, estar en paz consigo mismo algún día? ¿Podrá estar en paz con sus vecinos, los israelitas?
¿Será capaz la ONU hacer su cometido: “asegurar y consolidar la paz mundial… basadas en principios de igualdad, mutuo respeto…” (Juan XXIII, Pacem in Terris)?
¿Cuánto tiempo seguiremos siendo espectadores de esta macabra tragedia?