El momento más difícil de mi vida

“Tengo miedo que se rompa la esperanza, que la libertad se quede sin alas…
tengo miedo que haya un día sin mañana…
tengo miedo de que el miedo te eche un pulso y pueda mas.
Sólo pueden contigo si te acabas rindiendo,
si disparan por fuera y te matan por dentro…
Llegaremos a tiempo…”
(Rosana, “Llegaremos a tiempo”)

Permitidme que esta reflexión sea más personal. Siempre me ha llamado la atención el dolor y el sufrimiento humano. A lo largo de mi vida he ido reflexionando sobre él, y esta reflexión se ha ido enriqueciendo con mi experiencia de vida.

El momento más difícil de mi vida fue cuando, después de dos meses de ingreso en el hospital con fiebre, me dijeron que las pruebas de imágenes (Rx, TAC, PET) apuntaban a cáncer de pulmón. En los seis meses de hospitalización me encontré cara a cara con el dolor y con el sufrimiento. Pero también, y sobre todo, descubrí qué bello es vivir. En los primeros meses, casi todos los días, había alguna prueba dolorosa para descubrir el diagnóstico: punción de la médula ósea del esternón, broncoscopia, análisis de sangre todas las mañanas, biopsias en la piel y un largo etcétera hasta llegar a mas de 30 pruebas diagnósticas, pero sin diagnóstico. Todo quedaba en una incertidumbre que pesaba. La incertidumbre dolía más que el dolor de las mismas pruebas. Me encontré con el dolor cara a cara, en su cruda realidad. Descubrí que hace menos daño el dolor que el sufrimiento. El dolor es algo pasajero, al tiempo (horas, minutos) desaparece. El sufrimiento es la interpretación que hacemos del dolor; esa reflexión llena nuestros corazones de miedo y de pena mucho más tiempo, a veces toda la vida. Ya no me dolía tanto las pruebas. Me dolían más las palabras de la Dra. que me hablaba de un posible cáncer de pulmón.

El equipo médico decidió una intervención quirúrgica en el pulmón y, tras una biopsia, descubrir qué era esos nódulos que habían en los pulmones, y el por qué de la hilera bilateral de ganglios inflamados. El sufrimiento del desasosiego acabó el 28 de diciembre (como si de una broma se tratara).  Me llaman por teléfono y me comunican que no son células cancerosas, sino células granulomatosas producidas por una enfermedad autoinmune.

Al principio de ese mes y medio de inseguridad, mi conciencia caminaba por mi pasado y por mi presente. Pero no podía seguir caminado hacia adelante. Me quedaba estancado, como si el mundo se acabara ahí.

Me asombró mi forma de afrontar esta situación: no tenía miedo. La incertidumbre no agotaba mi fe. Sabía que, si Dios me había regalado tanto amor en la vida, ¿por qué no me va a regalar más amor? Con tantos días de fiebre y dolores, apenas podía leer. Rezaba con mi vida: lo vivido y experimentado. “Recordar, hacer memoria es traer al presente la presencia y la acción de Dios” (Benedicto XVI).  Rezaba con mi historia, donde Dios ha querido salvarme. Dice un teólogo italiano:

“La memoria divina prolonga en el tiempo presente la eficacia del pasado y abre a nuevos beneficios en el futuro; se convierte en esperanza, deseo de cumplimiento cuando Dios está presente (Ez 48, 35), el recuerdo coincide con el presente y es ya cumplimiento”.
(Edoardo Scognamiglio, “El rostro del hombre”)

Volví a la que fue mi letanía diaria: “El Señor es mi fuerza y mi escudo: mi corazón confía en Él.” (Salmo 28, 7). Versículo que está escrito en el arco que da al presbiterio de la nave central del templo del Convento de Ardales. Todo ello me ayudó a seguir caminado adelante. Pensaba en la misericordia de Dios. Pensaba en tantas personas y momentos preciosos que Dios me había regalado. Buscaba a Dios en mi pasado, en mi presente y en mi incierto futuro. No sabía lo que iba a pasar, pero fuera lo que fuese, sí sabía que Dios iba a estar ahí: “el recuerdo coincide con el presente y es ya cumplimiento”.

Ante estas situaciones de dolor y sufrimiento “es fundamental, al preguntarse por el posible significado o sentido del sufrimiento, tener presente la conciencia, ya que esta interviene en la construcción de las posibles repuestas ante este fenómeno existencial”(Javier Castillo Colomer, “El valor del sufrimiento”). En mis seis meses de hospital vi como muchas personas buscaban hacer uso de una conciencia mágica, que busca resolver el padecimiento mediante el “pensamiento omnipotente”. Buscamos milagros que nos libres de “los malos ratos”. En el fondo está la no aceptación de nuestra humanidad, porque queremos “ser dioses”. No aceptamos que la vida es “tragedia”, como nos dice María Zambrano. O en palabras de Jesús: “El que quiera venir en pos de mi,  que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga.” (Mt 16, 24). La cruz forma parte de la vida, como el amor, como el sol y como la lluvia y las nubes. Pero hemos querido apartar de nuestra sociedad todo lo que concierne al sufrimiento y al dolor. Buscamos la felicidad como sinónimo de “no-dolor”, y eso no existe; es una vida infantil que se mueve únicamente por el principio de placer. 

“La sociedad positiva en la que vivimos tampoco admite ningún sentimiento negativo. Se olvida de enfrentarse al sufrimiento y al dolor”.
(Byung-Chul Han, “La sociedad de la transparencia”).

Queremos omitir el dolor de la vida, de toda la vida. Sin embargo, el dolor tiene su parte positiva. Al menos, así lo he vivido yo.

En esta experiencia he descubierto que el dolor transfigura y transforma a las personas. El dolor nos hace más comprensivos, más humanos, más cercanos. Porque el dolor arranca a las personas de su orgullo todopoderoso. Ante la enfermedad nos encontramos débiles e indefensos, como somos: desnudo de máscaras y desnudo de imagen de “superhombre”. A veces nos queremos comer el mundo, y el mundo termina comiéndonos a nosotros. Pero, insisto, el dolor nos ayuda a encontrarnos con la realidad de lo que somos: seres humanos, seres finitos, seres de barro (Adam).

El dolor trae de la mano la humildad (humilÄ­tas, -ātis; de humus = suelo, tierra). La humildad es una gran virtud que nos pone en nuestro sitio. La humildad – decía la Santa de Ávila – es andar en la verdad. La verdad de lo que somos: seres humanos, de carne y hueso. “Cristo se rebajó de todo rango” (Flp 4), se hizo niño pequeño y nos enseñó el camino de la felicidad: ser humilde, aceptar lo que somos. Aceptar la realidad es el primer paso para afrontarla y para ser feliz.