Quien conoce a Dios descubre que en este mundo nada tiene importancia, excepto el amor. Dios es amor que va más allá del puro querer. Es un amor que todo lo invade y que, sobre todo, llena de sentido nuestra vida y la colma de esperanza. Porque la esperanza es una forma de amor; porque la esperanza es una forma de comunicación de Dios.

Ama hasta que te duela

«Solo el coraje de luchar por algo o alguien da respeto en esta vida.
La fe mueve montaña,
el amor el sentimiento,
el interés mueve a la tierra.
Si no fuera por el hombre,
nuestro mar y nuestros bosques
lucirían azul y verde…
Hoy no se mira a las personas por lo bueno o por lo malo
y sí por lo que tienen»
(El Barrio, de la canción “Ángel Malherido”).

Quien conoce a Dios descubre que en este mundo nada tiene importancia, excepto el amor. Dios es amor que va más allá del puro querer. Es un amor que todo lo invade y que, sobre todo, llena de sentido nuestra vida y la colma de esperanza. Porque la esperanza es una forma de amor; porque la esperanza es una forma de comunicación de Dios. La esperanza es el amor dirigido a nuestros sueños, a algo que nos entusiasma. Sigo citando a una gran filósofa desconocida, María Zambrano:

«El amor corresponde a momentos de máximo espacio vital: está en relación directa con el horizonte». (María Zambrano, “El hombre y lo divino”).

El amor nos llena de esperanza, abre la habitación del alma donde habita los sueños. Cuando amas: sueñas, planificas, tienes ganas de hacer en tu vida, porque tienes un ser con quien compartir. El amor da futuro, esperanza de futuro.

Por eso el amor no puede quedar en un mero afecto. El amor no es un mero "querer" de besos y abrazos:

«El amor es una actividad, no es un acto pasivo... Amar es una acción, un acto continuado. Es el acto de DAR, o, más bien, de DARTE. El amor es dar de sí mismo, de lo más precioso que tienes, de tu propia vida, de lo que está vivo en ti». (Erich Fromm, “El arte de amar”).

Benedicto XVI, en su primera carta encíclica, Deus Caritas est, nos decía: “El amor es ocupase del otro y preocuparse por el otro”.

Esta “ocupación” y “preocupación” del otro va a tener consecuencias en nuestras vidas. Lo primero es que nos va a quitar tiempo nuestro, para nosotros; la ocupación en el otro implica despreocupación de nosotros mismos, un “éxtasis” de nosotros mismos para salir al encuentro del otro, nos dice el Papa emérito. Benedicto cita a otro Papa, Gregorio Magno, que en su regla pastoral (dedicado especialmente a los pastores de la Iglesia) nos decía:

«Amor es descentrarse de nosotros para centrarnos en el otro; desde la contemplación, captar las necesidades de los demás en lo más profundo de su ser, para hacerlas suyas» (Papa Gregorio Magno, “Regla pastoral”)

Todo esto está claro, y lo vivimos bien con nuestros hijos, con nuestros padres, con nuestros hermanos, incluso con algún que otro amigo. Mi pregunta es: ¿Somos capaces de vivirlo con un “extraño” (prójimo)? ¿Hasta dónde estaríamos dispuestos a ocuparnos (y complicarnos) la vida por alguien?

Percibo, observo que en este tiempo de dificultad y precariedad económica ha habido un gran aumento de “solidaridad”. Sí, los datos estadísticos nos lo dice y nos lo pone de manifiesto.

Pero al mismo tiempo, descubro que esos nuevos modos de solidaridad es una solidaridad más descafeinada, sin complicaciones y sin implicaciones. Nos podemos solidarizar con un mensaje de móvil sin tener que movernos del sofá, o con un apadrinamiento. Es como la beneficencia del siglo XIX, doy mi limosna (normalmente lo que me sobra, no como la viuda de la parábola Mc 12, 41-44) y lavo mi conciencia, me quedo tranquilo. Incluso puedo sentirme bien, me da esa paz de, valga la redundancia, estar en paz con mi conciencia.

«La sociedad positiva (sólo acepta lo positivo de la vida, nada de sufrimiento y dolor) está en vías de organizar el alma humana totalmente de nuevo. En el curso de su positivización también el amor se aplana para convertirse en un arreglo de sentimientos agradables y de excitaciones sin complejidad ni consecuencias. El amor se domestica y positiva como fórmula de consumo y confort. Hay que evitar cualquier lesión» (Byung-Chul Han, “La sociedad de la transparencia”).

Y ese amor de confort y consumo nada tiene que ver con el Ágape (amor) que nos propone Jesús en el evangelio. Mucho menos con el amor a los necesitados del que nos habla Cristo en la Parábola del Buen Samaritano (Lc 10, 30-37). Un parábola en la que el que se hace prójimo rompe su proyecto de viaje para curar y ayudar al moribundo, seguidamente lo monta en su propia cabalgadura (luego tiene que hacer el camino a pie, uff que incómodo, ¿no?).  El amor es “preocuparte” y “ocuparte”; es implicarte y complicarte, y eso nos va a sacar de nuestro “amor de confort y comodidad”; y, posiblemente, “nos lesione”. Para este momento, creo que una experta en el amor nos lo puede dejar más claro:

«AMA HASTA QUE TE DUELA. SI TE DUELE ES BUENA SEÑAL» (Madre Teresa de Calcuta)

Quizás esta reflexión nos puede ayudar a entender el sentido de la CARIDAD en la vida de la Iglesia y, sobre todo, de la misión de Cáritas. La caridad es amar “hasta que te duela”, salir de tu “amor de confort” (el amor es salida de sí mismo, éxtasis; nos dice Benedicto XVI). Y este amor nos va a llevar a “preocuparnos y ocuparnos” del prójimo. La caridad no es un “afecto pasivo”, es un acto continuado.

El Modelo de Acción Social, editada por Cáritas española en 2005, nos habla de un “método centrado en el acompañamiento a los procesos de crecimiento de las personas y comunidades... acompañar es más “estar” que “hacer”;  acompañar es seguir el hilo de la vida sin pretender controlarlo todo, preverlo todo. Este acompañamiento se desarrolla en el proceso de promoción personal y social”.

He tenido la gracia de poder vivir este proceso de acompañamiento siendo párroco. Durante unos años acompañé a dos jóvenes y dos adultos en su proceso de desintoxicación de la droga. Y poder vivir este “estar al lado”, “este seguir el hilo de su vida sin pretender controlarlo todo”. Acompañar es hacer que la persona se sienta escuchada, atendida… pero sobretodo AMADA. Y es ese amor el que le va ayudar a sentirse alguien, sentirse importante, saber que vale más de lo que él se imaginaba; porque "hay personas que creen que no merecen amor, se suelen dirigir hacia espacios vacíos, e intentan cerrar las brechas de su pasado". (De la película “Into the wild” (Hacia rutas salvajes).) Es este amor el que le va ayudar a avanzar en su proceso personal y social. He vivido la Gracia de aprender que acompañar es dar esperanza al prójimo, porque el amor es esperanza. Acompañar es abrir la habitación donde habita los sueños y las posibilidades.

Miro mi historia con el corazón, contemplo mi vida y descubro mi gran Acompañante. Me encuentro envuelto en ese Dios-Amor que se implica y se complica por mí. Un Dios que, en muchos momentos, ha sabido darme lo que más necesitaba: “estar” a mi lado, más que “hacer” a mi lado. Descubro a un Dios que ha sabido tener paciencia en mi proceso personal, un Dios que me “ha enseñado el sendero de la vida” y he podido “caminar con gozo en su presencia”. Termino como comencé:

Quien conoce a Dios descubre que nada tiene importancia, excepto el amor. Dios es amor; amor que todo lo invade, que llena nuestros vacíos y soledades. Dios es Amor que acompaña con paciencia, Amor que llena nuestras vidas de esperanza, y que nos abre la habitación de los sueños y de las posibilidades, “porque para Dios nada hay imposible” (Lc 1, 37).  Él se ocupa y se preocupa de nosotros.

«La experiencia de ser amado por Dios nos posibilita amar a los hermanos. El amor es el origen y el destino de lo humano». (Modelo de Acción Social, Cáritas Española).