La vida está para vivirla. Aunque parezca esta frase una redundancia, hay personas que no viven, sobreviven como pueden. No sólo me refiero a las personas con dificultades económicas. Hay personas que sobreviven más bien por la precariedad de recursos espirituales.
Tuve la Gracia de Dios de poder tener una pequeña experiencia de misión en Calcuta, allí me encontré con la pobreza en su más escandalosa realidad. Durante un mes estuve ayudando como voluntario a las Misioneras de la Caridad. Me enviaron a la “Casa de los moribundos”, que está en el antiguo templo de Kalighat. Allí, en medio de la mayor pobreza que he visto en mi vida, también puede encontrarme con ojos iluminados llenos de amor y vida, a pesar de estar postrado en una cama esperando a la muerte; y también me encontré con sonrisas, ellos, los limpios de corazón, me la regalaban cuando jugaban con ellos a futbol en las calles de Calcuta. Esta experiencia me llevó a pensar que se puede ser feliz aunque apenas haya un bocado para llevarse a la boca. Entonces, ¿Cuál es el problema? ¿Por qué ha crecido el número de depresión en nuestra sociedad occidental más de 40 % en estos últimos 10 años?
Sigo con lo mío, la vida está para vivirla, y el gran enemigo para vivir la vida es el miedo. Tenemos miedo, mucho miedo. Miedo a ser nosotros mismo por “el qué dirán”, por lo “políticamente correcto”, porque no seamos “modernos”; o quizás porque nos dé miedo vivir en la verdad de lo que somos: “ponemos barreras para protegernos de quienes creemos que somos… luego, un día, quedamos atrapado tras las barrearas, y ya no podemos salir” (Robert Fisher, “El caballero de la armadura oxidada”). También tenemos miedo al riesgo, a lanzarnos en las manos de los demás por la desconfianza; pero, sobre todo, a lanzarnos en las manos de Dios, por la falta de confianza en las Palabras de Jesús, por la falta de fe. En la vida hay que arriesgarse y lanzarse.
Parafraseando a Arthur Miller, no me arrepiento en absoluto de haber corrido todos los riesgos por aquello que me importaba. Todos estos riesgos me ha llevado a una vida fascinante, a una aventura maravillosa, la aventura de vivir. Porque la vida está para vivirla. En palabras de María Zambrano: “La vida hay que padecerla”, entendiendo este padecimiento (pathos) en su sentido etimológico de la palabra en griego: lo que uno experimenta, siente, sucede, apasiona, afecta. Pero hay personas que mal padecen, que sufren este padecimiento de la vida en su sentido negativo.
Hay personas que no viven, sobreviven. Pero voy más allá, este “padecimiento” es vivenciado en plenitud cuando no termina en un “absurdo” o una “pasión inútil”, como nos decía J.P. Sartre. Sigo repitiendo: hay personas que no viven, sobreviven, y no por precariedad material, sino por precariedad espiritual. Este acontecer es la vida, y en ella debemos descubrir algo que nos saque de la inmanencia, es decir, que nos saque la realidad de la vida sin más: el aquí y el ahora, sin futuro, sin sueños, sin esperanzas. El ser humano es algo más que un animal que piensa, come, camina. Caminamos: ¿hacia dónde? ¿Por qué caminamos? ¿Para qué vivimos? Muchas veces ni lo sabemos, y andamos errante, deambulando de un lado para otro. El ser humano tiene algo más en su interior que debe descubrir. Aprender a transcender la realidad, a ir más allá de lo que nuestros ojos ven, nuestros oídos oyen y nuestras manos tocan: “lo esencial es invisible a los ojos” (el principito). Descubrir que
“la vida es este transcender que se revela como esperanza… porque el hombre es el ser cuya primera manifestación es la esperanza. La esperanza y no el instinto, y no la inteligencia, que puede ser interpretada, si se desgaja de la sustancial esperanza” (María Zambrano, “Los sueños y el tiempo”).
La esperanza es el gran motor que nos mueve a vivir la vida. Porque “cuando se secan los oasis utópicos, se extiende un desierto de banalidad y desconcierto” (JürgenHabermas). Banalizamos la vida misma, hacemos de ella un consumo: “vivir por vivir”, más bien sobrevivir. Necesitamos una esperanza que va más allá de los anhelos propios. El anhelo es un apetito difuso, que es el comienzo de movilización del ser humano, pero que no llega a más. El anhelo es la emoción de un instante, es como la espuma del champán, tan pronto sube como baja. “Es la esperanza, y no el anhelo, la que impulsa el movimiento vital de cada uno en la búsqueda de su sueño transcendente como persona. Gracias a la esperanza, la vida adquiere «sustancia»”. (María Zambrano, “Los bienaventurados”). ¿Qué espero en la vida? ¿Qué espero de la vida? O lo que es lo mismo: ¿Cuál es la «sustancia» de mi vida?
Para descubrir grandeza de la vida, a mí, personalmente, me ayuda mucho pararme a contemplar -que no mirar- mi vida, la vida. Contemplar la vida es dejar que ella pase por tu corazón, por tu mente para descubrir que hay algo más que los sucesos o acontecimientos. Descubrir que
“Todo acontecer natural –la historia de la tierra y del cosmos- no es histórico en el sentido humano. Ocurre más allá del bien y del mal y más acá del sentido y del sinsentido. Los acontecimientos históricos también remiten más allá de ellos mismos.” (Karl Löwith).
Vivir la vida de una forma “apasionada”, disfrutando cada momento, cada segundo como si fuera el último, pero sabiendo que estamos comenzando. Vivir la vida “apasionada” en búsqueda de ese “Sueño transcendente” que le da “sustancia” a mi vida. Y hacer de la vida una aventura para ser vivida. Sin miedo, porque
“El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
el Señor es la defensa de mi vida
¿Quién me hará temblar?” (salmo 27).
“Él es mi horizonte y mi amanecer”
