Cuando, durante 1995-1996 y dirigido por la especialista Hasbach Lugo, se procedió a la restauración del retablo gótico de santa Bárbara, se descubrió que muchos elementos decorativos repartidos por el conjunto no eran sino simples añadidos que, en un indeterminado momento del siglo XVIII, se le pusieron con la intención de ornamentar lo que, quizás para la época, consideraban demasiado sobrio.
En uno de los expositores del pequeño museo catedralicio están expuestas las treinta y seis monedas de plata que presentan como distintivo el escudo con las azucenas que, desde siempre, ha sido el propio del Cabildo por aludir al misterio de la Encarnación del Señor y, por tanto, a la perpetua pureza de María.
En casi todas las capillas de la Catedral se pueden observar, en los laterales de los altares o retablos, unas consolas fijadas a los muros. Se trata de las llamadas credencias, cuya etimología procede del verbo creer, y que son repisas que se utilizaban a fin de tener a mano todo lo requerido para el desarrollo de la liturgia.
Resulta paradójico que en un templo como la Catedral malagueña llena de obras de arte, una de las imágenes que concitan la mayor devoción sea la de san Expedito, que carece de valor alguno. Sin embargo, como si un remedo fuera de la confirmación del Magnificat… “enaltece a los humildes”, esta pequeña figurita seriada recibe la visita frecuente de devotos que le ofrendan flores, exvotos y papelitos donde expresan sus problemas, confiados en su intercesión.
Aunque mutilado, sin que sepamos cuándo y cómo se produjo tal hecho, el aguamanil de la actual sala del columbario capitular de la Catedral mantiene todavía su prestancia. Anteriormente, este recinto era la sacristía reservada para el uso de los beneficiados que, aunque perteneciendo al clero catedralicio y con obligación de asistir a coro, eran algo así como capellanes de rango inferior a los canónigos.
El pasado 31 de mayo, la tradición malagueña rememoró la invención del Santo Cristo de la Salud, custodio de la ciudad, de cuyo culto cuidaba el Ayuntamiento en contraposición a los otros patronos instituidos por la Iglesia. Ambos estamentos, el civil y el eclesiástico, condujeron respectivamente durante siglos a sus imágenes patronales hasta la Catedral cuando amenazaba una calamidad pública, celebrando ante ellas las rogativas de rigor.
Imposible no tener un recuerdo en este mes para los patronos de Málaga que, además de ser mártires, custodios de la ciudad y modelos a imitar, acaban de convertirse, gracias al talento literario de Ana Medina y Antonio Reina, en protagonistas de una apasionante novela: “El pez de barro”. La Catedral, como no podía ser menos, cuenta con numerosas representaciones de Ciriaco y Paula.
Hasta bien entrado el siglo XX, la Catedral, en buena medida, fue una pequeña ciudad donde moraban clérigos y laicos adscritos al servicio del templo.
Presidiendo el Museo Catedralicio, sorprende, y mucho más impone, la enorme mole del trono episcopal que se construyó para el pontificado del que fuera obispo de Málaga, Balbino Santos Olivera, entre 1935 y 1946. Realizado en el taller granadino de José Navas Parejo, es, en la práctica, un retablo coronado por un dosel y con la silla, o propiamente la sede, encastrada en el conjunto.
En alguna entrega anterior de esta sección de DIÓCESISMÁLAGA, hemos tratado del magnífico mausoleo con adornos platerescos levantado en honor del obispo fray Bernardo Manrique, que fue costeado por el Cabildo, agradecido a quien tanto contribuyó a la construcción de la actual Catedral.
Repartidos por diversas estancias, la Catedral cuenta con magníficos ejemplares de relojes antiguos. Sin duda, el más sobresaliente es el que se encuentra expuesto en la sala capitular, el lugar donde el deán y los canónigos mantienen sus reuniones para el buen gobierno del primero de los templos de la diócesis.
Ocupando el sitio donde, hasta su destrucción en 1936, estuvo el retablo de san Blas, se bendijo en 1972 el sobrio retablo dedicado a la Virgen de Belén.
Desde que fuera recuperada en un rincón de las cubiertas donde estaba arrumbada, este objeto ha pasado a ser un elemento curioso para quienes visitan la Catedral.
La capilla catedralicia de san Rafael está presidida por un retablo que es reproducción fidedigna del anterior, destruido en 1936, a excepción del ático de este que es lo único que logró perdurar de aquel conjunto.
La tenacidad de investigadores como Manuel Olmedo Checa ha logrado hacer justicia a personajes españoles que contribuyeron a la independencia de los EE.UU., caso del militar malagueño Bernardo de Gálvez.
De la iglesia vieja, es decir, el edificio donde se desarrolló el culto catedralicio desde los tiempos de la reconquista castellana, desde fines del siglo XV, hasta que fue dedicado y consagrado el actual templo en 1588, hay más vestigios escritos que representaciones plásticas.
No cabe duda de que el retablo de santa Bárbara es el más valioso y mejor documentado de entre los que posee la Catedral. Pese a su antigüedad (de hecho recordemos que ya estuvo expuesto en la iglesia vieja, precursora de la actual Catedral), ha llegado hasta nuestros días en un aceptable estado de conservación ya que, salvo fragmentos de los doseletes, la copia que de la imagen titular hizo Fernando de Ortiz en el siglo XVIII y la sustitución del sagrario original por la tabla de san Gregorio donada por Enrique Rojas en el XIX, el conjunto mantiene toda su integridad.
En la recóndita capilla del jardín, de la que ya hemos tratado en anteriores ocasiones, se puede observar a ambos lados de la hornacina que da cobijo al arcaico Crucificado que allí se venera, un par de interesantes cartelas.
En la embocadura del coro catedralicio, llama poderosamente la atención una insignia sorprendente por su forma de sombrilla que es el umbráculo o pabellón basilical, porque eso es precisamente su función: hacer patente que la Catedral de Málaga tiene rango de basílica menor, siéndole otorgado por el papa Pío IX, hoy beato de la Iglesia.
Es muy fácil rastrear en las iglesias andaluzas reproducciones de la mejicana Virgen de Guadalupe, veneradísima en toda la América Hispana y cuya devoción trasladaron a nuestra tierra cuantos antepasados nuestros regresaron de aquel continente.
La reja más particular de todas las que en la Catedral protegen las capillas y demás espacios es la que se encuentra instalada en la capilla del Sagrado Corazón de Jesús.
Los trastornos parejos al paso del tiempo han trastocado con frecuencia advocaciones y capillas en la Catedral.
De los muchos relicarios que atesora la Catedral, nos fijaremos en esta ocasión en una cruz de forma trebolada, confeccionada en madera de olivo y labores de taracea, que se encuentra enmarcada y expuesta en uno de los muros de la sacristía.
Encima de los magníficos púlpitos catedralicios labrados en mármol, se encuentran los tornavoces que es como se denomina a las monteras de madera tallada y sobredorada que, además de cumplir una función estética servían, antes de la invención de la megafonía, para que la voz de los predicadores repercutiera y se oyera mejor.
La vida de Juan Coronado, allá por el siglo XVIII, estuvo siempre ligada a la Catedral de la que fue empleado en su condición de artesano, de modo que lo mismo ejerció de pintor de brocha gorda que de artífice de fino pincel.