En la torre catedralicia se ubica el vestuario donde se conservan, convenientemente protegidos, todos los ornamentos que durante siglos se emplearon para el culto divino.
Como si se tratara de una maldición que se perpetúa, se pueden exponer numerosos ejemplos de cómo a lo largo de los siglos, intervenciones y obras acometidas en el ámbito de la Catedral de Málaga han quedado inconclusas.
Nuestra hermosa Catedral ha servido con frecuencia de privilegiado escenario para el rodaje de películas e incluso de anuncios publicitarios, tanto en su interior como en su exterior.
De las siete puertas con las que cuenta nuestra Catedral, cinco fueron proyectadas por el celebrado arquitecto José de Bada y Navajas quien, desde 1719, ostentó el cargo y la responsabilidad de las obras de la culminación del templo.
El enmarque del altar pictórico de la Ascensión, ubicado en la capilla catedralicia de Santa Bárbara, está compuesto por un conjunto de cartelas octogonales que contienen pasajes y misterios del Señor.
La parte inferior de la sillería coral catedralicia queda recorrida en todo su contorno por una serie de cartelas concatenadas que contienen relieves con emblemas y alegorías relacionadas con la Virgen y, por lo mismo, muchas de ellas aplicables a la misma persona de Cristo.
A lado y lado de los muros laterales de la puerta de las Cadenas de la Catedral, la única de las del templo de apertura diaria, se encuentran un total de seis peanas labradas en piedra que, como el resto de este conjunto, pertenecen a las labores constructivas del siglo XVI.
Como ocurre en todas las sillerías corales antiguas, los asientos del coro de nuestra Catedral son abatibles por medio de bisagras.
En otras entregas de DIÓCESISMÁLAGA hemos hecho mención de la arrolladora persona del beato Diego José de Cádiz (1743-1801), tan relacionado con nuestra Catedral a cuenta de las predicaciones que pronunció en ella.
La Catedral de Málaga ha servido de inspiración para numerosos escritores y poetas de gran proyección como Gerardo Diego, Camilo de Ory o José Salas, sin que podamos obviar al jesuita mexicano Ramón Cué, el célebre autor de “Mi Cristo roto” o “Cómo llora Sevilla”.
La nutrida pinacoteca que atesora la Catedral malacitana, con cerca de 300 pinturas sin contar las que se encentran en depósito en el edificio del Obispado, tiene un extenso repertorio temático, religioso por supuesto.
La Catedral atesora dos antiguos relicarios que resultan muy curiosos por su tipología, ya que consisten en dos cilindros de plata cuya superficie presenta un calado de orificios que permite ver el contenido que, indudablemente, es más valioso que el propio continente.
Esculpida en madera o piedra, repujada en metal o pintada, la jarra con azucenas es el emblema identificativo de la Catedral que se rastrea en cualquiera de sus estancias, caso de la que muestra la ilustración, perteneciente a una yesería de la capilla de santa Bárbara.
Suele pasar desapercibido cómo la simetría de la capilla de la Inmaculada se altera en su muro derecho, donde el zócalo queda interrumpido por un espacio encalado que se ajusta a la hechura y tamaño de una puerta.
Una de las pinturas del museo de la Catedral que más llama la atención a quienes la contemplan es la titulada como La Fuente de la Vida. Se trata de una composición alegórica que centra la imagen de Cristo clavado a un madero en forma de tau.
Una de las mejores joyas que guarda el pequeño museo catedralicio no se encuentra precisamente contenida en alguno de los expositores de la sala. Para descubrirla, solo basta alzar la mirada y observarla con detenimiento.
En la estancia catedralicia habilitada como patio cubierto y usada para la venta de recuerdos, se encuentra el gran lienzo con el pasaje evangélico de Jesús bendiciendo a los niños.
El continente y el contenido de la Catedral de Málaga resultan casi inabarcables. Husmeando por los rincones del templo, nos topamos con una espingarda de época, seguramente de principios del siglo XVI, en un deficiente estado de conservación.
Los laterales del trascoro catedralicio están ocupados, respectivamente, por cuatro altares dedicados a santos relacionados con la orden agustina.
El último cuerpo de la torre catedralicia, justamente situado bajo el cupulín que lo remata, está prácticamente lleno de grafitis datados desde fines del siglo XVIII en adelante, efectuados por todos aquellos que, por diferentes razones, pudieron subir a esta privilegiada atalaya.
Resulta desolador que la desaparición del tesoro documental malagueño, especialmente el sufrido en el incendio provocado del Palacio Episcopal en 1931, nos prive de conocer los detalles relativos a personajes, hitos históricos y conjuntos artísticos.
Son siete las puertas de nuestra Catedral, algo no casual porque se trata de un número de especial simbolismo espiritual que expresa la perfección. Además, las puertas de ingreso a los templos son figuras del mismo Cristo que por su boca expresó: «Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir y encontrará pastos…» (Jn 10, 1-10). La principal de las puertas catedralicias es también la de mayor tamaño y la que centra el atrio y la fachada adyacente a la plaza del Obispo.
Cuando, durante 1995-1996 y dirigido por la especialista Hasbach Lugo, se procedió a la restauración del retablo gótico de santa Bárbara, se descubrió que muchos elementos decorativos repartidos por el conjunto no eran sino simples añadidos que, en un indeterminado momento del siglo XVIII, se le pusieron con la intención de ornamentar lo que, quizás para la época, consideraban demasiado sobrio.