El hombre y la mujer se empobrecen cuando cierran su corazón al encuentro con Dios. El ser humano se hace pequeño cuando en su vida no hay espacio para la mirada dirigida a Dios. Para una mirada continua, diaria, mistérica. El acceso al misterio de Dios en lo cotidiano y, a diario, facilita el encuentro con Dios vivo.