El sacerdote Santiago Correa, profesor de Historia de la Iglesia, repasa los grandes hitos de la Historia de la cristiandad.
El sacerdote Santiago Correa, profesor de Historia de la Iglesia, repasa los grandes hitos de la Historia de la cristiandad.
Uno de los objetivos fundamentales de los papas de fines del siglo XIX y de los comienzos del XX fue el de conservar incólume la doctrina católica, combatiendo toda clase de errores. Uno de ellos fue el llamado Modernismo, término que se presta a la confusión.
Este papa sufrió mucho en lo referente a lo que podemos llamar política exterior. El problema más grave lo protagonizó Francia.
La personalidad de este Pontífice difiere mucho de la del papa anterior. A un papa intelectual como fue León XIII, sucedió un papa pastoral: Pío X. Esto sucede con cierta frecuencia en el pontificado de los dos últimos siglos.
Es un siglo, en muchos aspectos, deficitario de una correcta perspectiva histórica. Para la historia de la Iglesia, el siglo comenzó con una serie de problemas políticos e ideológicos, heredados del siglo XIX.
Fue un hombre dotado de una inteligencia especial. Siendo muy joven, se aficionó al latín y compuso centenares de poemas en esta lengua. En sus primeros años de sacerdocio fue nombrado nuncio en Bélgica y posteriormente obispo de Perugia. Pío IX lo nombró cardenal y, a su muerte, fue elegido Papa (1878). Tenía 68 años.
La Revolución Industrial surgió en la Inglaterra a finales del siglo XVIII. Numerosos ideólogos ingleses intentaron analizar los problemas generados en el campo de la economía, de la política, de la producción y de las relaciones patronos-obreros.
El pontificado de León XIII (1810-1903) fue muy diferente al del Papa anterior. Logró marcar un nuevo rumbo a la sociedad eclesial que tanto se había distanciado del mundo moderno.
Durante este pontificado, tan largo en duración, Pío IX desarrolló una intensa actividad pastoral, fundamentada en una fe viva y profunda, realizada a través de un horario en el que predominaba la oración y la entrega al servicio de la Iglesia. Sufrió mucho con la pérdida de los Estados Pontificios, pérdida compensada por el prestigio de su autoridad moral y por la devoción y el cariño de todos los cristianos.
En política exterior, Pío IX tuvo serios problemas con Italia, Prusia, Francia y Suiza. El 20 de septiembre de 1870, los piamonteses entraban en Roma por la Puerta Pía. Hasta entonces, el Papa estuvo protegido por un cuerpo militar francés, pero con ocasión de la guerra francoprusiana, los soldados franceses destacados en Roma, abandonaron la ciudad.
Pío IX fue un gran pastor, totalmente entregado al bien de la Iglesia; persona de gran bondad natural, moderado, brillante, agradable en su conversación, muy sensible y emotivo.
Una de las grandes preocupaciones de este Papa fue la de luchar contra el laicismo reinante. Para ello, era necesario reafirmar ciertas verdades cristianas combatidas por pensadores y filósofos de la época.
Es el pontificado más largo de la historia de los papas. Un pontificado tan largo, desde 1846 a 1878 (32 años), autoriza a hablar de la “época de Pío IX” como una etapa muy significativa en la historia de la Iglesia contemporánea.
Los católicos liberales parten de una convicción fundamental: el Antiguo Régimen ha desaparecido; la Iglesia debe estar a la escucha del signo de los tiempos. Ha nacido un nuevo clima, hijo de la Ilustración y de la Revolución. Y hay que aceptarlo en lo aceptable. La fe hay que vivirla en un mundo naciente y distinto. Afirman los liberales que los privilegios hacia la Iglesia son más nocivos que útiles y que la unión Iglesia-Estado está fuera de lugar.
Cabe preguntarse: ¿cuál fue la actitud del laicado católico ante el liberalismo de la época? La respuesta es clara: unos lo rechazaron y otros lo aceptaron. A los primeros o antiliberales se les suele llamar “intransigentes”, “ultras”, o “conservadores”, según el mayor o menor grado de rechazo a la ideología liberal. A los segundos, “moderados” o “radicales”, según la menor o mayor aceptación de las doctrinas liberales.
El evangelista Mateo (2, 1-12) narra la historia de unos Magos venidos de Oriente para adorar a Jesús Niño. Los protagonistas de este relato evangélico son los Magos. La palabra “magos” no significa que estos personas ejercieran la magia o la hechicería.
La Iglesia, ante los gobiernos liberales de los más variados países, fue una Iglesia más libre. Gozó de plena libertad en los cónclaves, de total libertad en la celebración de los concilios. No hubo presiones de los gobiernos en las designaciones episcopales.
La conducta de los Estados respecto a la Religión y a la Iglesia no siempre fue igual. Tal actitud dependió, bien del pasado cultural de los pueblos, bien de su evolución histórica, bien del modo de ser de los ciudadanos. Existen, al menos, tres tipos de comportamientos en las relaciones Iglesia-Estado.
El siglo XIX es el siglo del liberalismo y este es una consecuencia de la Ideología Ilustrada y de la Revolución Francesa.
Artículo del sacerdote diocesano Santiago Correa Rodríguez, profesor de Historia de la Iglesia, ante la fiesta de san Pedro y san Pablo, el 29 de junio
Cabe preguntarse en qué situación quedó la Iglesia después de la Revolución. ¿Cuáles fueron sus consecuencias más inmediatas?
En la fortaleza-castillo de Savona (a 36kms al oeste de Génova) el papa Pío VII fue objeto de tratos injuriosos; se le apartó de todos los cardenales, se le privó de todos sus libros y objetos de escribir. Bajo toda clase de violencias físicas y morales, obtiene Napoleón del Papa la aprobación de once artículos preliminares para un nuevo concordato (“Concordato de Fontainebleau”). Poco después, el Papa revocó estos artículos.
Poco después de la firma del Concordato, Napoleón, por su propia cuenta, publicó los célebres 77 Artículos Orgánicos, de claro sabor galicano.
Eliminado el Directorio por el golpe de Estado en noviembre de 1799 (18 de Brumario), se estableció en Francia una nueva forma de gobierno: el Consulado. Francia será gobernada por tres cónsules. Napoleón es nombrado Primer Cónsul. En la práctica será Napoleón el que dirija los destinos de la nación, pues los otros dos cónsules son tan solo consultores.