Es evidente que las llamadas drogas, legales o ilegales, responden eficazmente a los niveles de angustia, soledad, depresión, tristeza y desamparo de la sociedad actual, y cumplen en principio, de manera rápida una función terapéutica: alejar a la persona de una realidad traumática y recrearse en un estado de conciencia que, experimentado como gratificante, es fácil que se desee repetir.