Cada día de la Semana Santa en diálogo con María, a través de la obra del sacerdote Alfonso Crespo “La Pasión desde una mirada femenina”.
«Estaba la Madre junto a la Cruz del Hijo...», comenta el Evangelio. Es como un levantamiento de acta notarial: en aquella hora de la muerte del Hijo, estaban presentes, eran testigos, María la madre de Jesús, la otra María... Muchas mujeres, en el sitio exacto, en el tiempo oportuno. Y Juan, el discípulo que tanto quería.
La mejor testigo de esta hora
–Eres tú, Madre, la mejor testigo de esta hora. ¡Qué cruce de miradas! Del Hijo volcando su amor hacia la Madre y discípula,
y de la Madre levantando los ojos lacrimosos hacia la Cruz, queriendo quitar con sus besos las espinas clavadas en las
sienes del Hijo y Maestro. Los pies de la Cruz son una lección de fidelidad, un derroche de amor generoso. Tantos seguidores, y en la hora decisiva sólo quedaron los justos.
Cuéntanos María, qué viviste en aquella hora; abre tu corazón partido por el amor al Crucificado y la amargura por el peso humano del pecado y comparte con nosotros tus sentimientos y emociones. Queremos ser, también nosotros, unos cireneos de la última hora y acompañar tu dolor, compartiéndolo; queremos romper tu inmensa soledad con nuestra presencia.
–Ciertamente fue la hora decisiva. La hora esperada y temida; la hora anunciada por los profetas; la hora que mi amor retardaba y el inmenso amor de mi Hijo atraía. A los pies de la Cruz, las dudas se amontonaban. Y contemplaba asustada: el mejor de los hombres, crucificado; el mejor de los hijos, el Hijo de Dios poderoso, clavado a una Cruz. Y venían a mi recuerdo las palabras del ángel: «¡para Dios nada hay imposible!». Y suspiraba el milagro imposible: que bajara de la Cruz y me abrazara.
Pero aún hay tiempo para un derroche de amor. Mi Hijo me reclama y, con el hilo de voz que aún le queda, susurra: «¡Madre, ahí tienes a tu hijo!» Y señala a Juan, el amigo y confidente. Y se rompió mi soledad al oír de nuevo su palabra, dirigida al discípulo Juan y en él a cada hombre y mujer: «¡Ahí tienes a tu Madre!». Y el discípulo me brindó su casa. Desde entonces, el amor es la llave que abre el corazón de los hombres
