Se acostumbra a vivir de acuerdo con unas normas de convivencia basadas en la buena educación y las buenas costumbres. Perdón, se vivía. Las nuevas generaciones pasan por encima de las tradiciones y las normativas no escritas… y de las escritas que les parecen. A lo mejor lo hacen bien. Son más libres… pero menos cercanos.
Aún hoy, cuando visito la página Web donde se recogen estos segmentos, me encuentro debajo de mi columna la de José Luís Navas que ya se encuentra con el Padre. Un sentimiento de tristeza, y de paz al mismo tiempo, me invade al aceptar que es la última con la que nos ha bendecido desde su permanente encuentro con Jesús de Nazaret y su ejemplo de vida. Dándola a los demás hasta el último momento. Lo que pretende recoger y fomentar estos segmentos de plata.
Hace muchos años se puso de moda declamar por los rapsodas de aquellas tardes culturales, los diversos poemas realizados sobre el Cristo Roto. Proliferan las versiones del mismo; en texto, en audio y en video. Hasta alguna película se ha rodado basándose en este tema. Hoy tenemos ante nosotros la cruda realidad, que como siempre iguala o supera a la ficción.
No sé si anteriormente me he referido a este concepto en escritos anteriores. Pero es que este es un tema que me apasiona desde siempre. Si buscas en Internet hay muchas publicaciones que hablan de esta forma de manifestarse Dios a los hombres. Para mí, los signos de los tiempos son como la palabra de Dios colgada de la red de la inteligencia y el sentido común de los hombres.
Se ha puesto de moda decir barbaridades para captar la atención de los periódicos y las redes de comunicación. Mientras más gordas mejor. El especialista más destacado de este ranking es Guillermo Toledo.
Días pasados me encontraba debatiendo con un grupo la doctrina que nos viene transmitiendo el papa Francisco desde su acceso al Pontificado. Toda la vida de Jorge Mario Bergoglio así como la desarrollada después de su cambio a Papa Francisco, es una sucesión de ideas y recomendaciones para poner en práctica nuestra vinculación con el Evangelio y la vida del cristiano en plenitud.
No había escuchado hablar de San Egidio hasta que viví una temporada en Roma con motivo del Jubileo del 2000. Estuve acogido en el convento de los Franciscanos Españoles. Allí, en pleno Trastevere, se encuentra el templo de San Egidio, lugar donde comenzó la andadura de las comunidades del mismo nombre. Por cierto Egidio en castellano es Gil, pero respetaremos el nombre original.
Este nombre les dirá poco a algunos de mis lectores. Thun es una preciosa ciudad suiza situada en el cantón de Berna y de unos 42.000 habitantes. Un tamaño similar a cualquier pueblo grande andaluz y una belleza eclipsada por la cercana Interlaken. El domingo pasado vino a mi memoria esta ciudad, justo en el momento en que se estaba proclamando el Evangelio correspondiente a dicho día: Marcos 6, 7-13.
A principios de esta semana pude contemplar como se debatía en una tertulia de la televisión local la idoneidad de la existencia de una capilla en los campus universitarios. El comentario se suscitó a raíz de la “visita” a la de Madrid de una dama –ahora miembro del consistorio madrileño- con unas formas “inadecuadas”.
Uno de los muchos maestros sabios, o sabios maestros, que han pasado por mi vida me dejó un legado vital del que he obtenido un excelente rendimiento. Especialmente en los momentos difíciles. Es decir siempre.
Una de los mandatos evangélicos que más han marcado mi vida es el que proclamábamos días atrás recogido por el evangelio de San Mateo en el que se nos interpela: “Vosotros sois la sal de la tierra”.