El sacerdote Javier Díaz Lorite, experto en san Juan de Ávila, analiza, en una serie de artículos del que se ofrece el primero, la influencia universal de san Juan de Ávila en la sinodalidad de la Iglesia.

Los sínodos diocesanos, bien para toda la Iglesia
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La sinodalidad de la Iglesia en san Juan de Ávila (y III)

Celebración frecuente de sínodos provinciales y diocesanos porque son de suma importancia para bien de toda la Iglesia (clérigos y laicos).

El Maestro Ávila propone que se cumplan las disposiciones del canon 2, de la sesión 24 del concilio de Trento de tener concilios generales, provinciales más frecuentes, y también diocesanos:

“[…] en tantos concilios generales y provinciales y decretos de pontífices está mandado celebrar concilios, aún muy más frecuentemente que agora en nuestro canon se ha mandado […] es claro que, pues el Espíritu Santo tantas veces inspiró este canon, es cosa digna de observarse con memoria perpetua, sin que se consienta haber ninguna quiebra ansí en los provinciales como en los diocesanos, cuya utilidad han bien experimentado los que han tenido celo de lo usar ansí, porque es una sumaria visita de todo el obispado” (Advertencias al concilio de Toledo I, n. 22-23).

San Juan de Ávila pone de manifiesto que los concilios son aún más importantes para toda la Iglesia que para los religiosos sus necesarios Capítulos. Así lo explicita:

“Hacen los religiosos inviolablemente no solo sus generales capítulos, mas también los provinciales y capitulares, teniendo menor necesidad, por ser gente recogida comúnmente debajo de su claustro, y casi siempre delante los ojos del pastor y en número menor que los seculares, cuyas cosas se pueden saber y remediar más fácilmente. Y, con todo esto, les es tan necesario, que ellos confesarán que quitarles esto es quitarles una de las mejores partes de su buen gobierno. Y ¿hase de permitir que los obispos no hagan sínodos, teniendo más gente a cargo, más libre y más necesitada? … Y ¿no ha de haber cuidado en los obispos para que, siquiera cada un año, tomen cuenta a sus curas y vicarios de todo lo que han hecho y de nuevo se provea en lo que conviene?” (Advertencias al concilio de Toledo I, n. 23).

Propone que los concilios provinciales se celebren cada tres años y los diocesanos cada año: “Y de esta manera, tratándose cada año en el sínodo obispal, y de tres en tres años en el concilio provincial, lo que conviene a la disciplina eclesiástica, en breve tiempo estará tal el estado eclesiástico, que sea con verdad luz del mundo y sal de la tierra (Mt 5, 13-14)” (De la veneración, n. 9).

Llama la atención la gran asiduidad con que aconseja se celebren tanto los concilios provinciales como los diocesanos. Estaba hablando claramente de una Iglesia que debe caminar en sinodalidad permanente.

Los concilios traen provecho para todo el pueblo de Dios:

San Juan de Ávila está convencido de que la celebración y aplicación de los concilios es un medio de máxima importancia para beneficio de toda la Iglesia.

“[…] es un negocio no menos principal al bien de las ovejas” (Advertencias al concilio de Toledo I, n. 22).

Necesidad de la visita pastoral de los obispos para conocer por propia experiencia a todos y sus necesidades materiales y espirituales:

“[…] por ser tan necesaria la obispal presencia en los pueblos de todo el obispado harto más que no en la misma ciudad, así para los clérigos como el pueblo todo” (Advertencias concilio de Toledo I, n. 20). De esta forma podrá: “´agnoscere oves nominatim`, ser verdaderos padres de los pobres `et alia multa`” (Ibid., n. 20).

De ahí que, aunque los laicos todavía no pudieran participar en aquellos sínodos, sí están ya de alguna forma representados si de verdad los obispos y los curas de almas conocen bien sus necesidades y anhelos más profundos.

Propone al concilio de Trento la creación de los Seminarios para que puedan prepararse buenos candidatos al sacerdocio: 

“[…] que en cada obispado se haga un colegio, o más según la cualidad de los pueblos principales que en él hubiere, en los cuales sean educados, primero que ordenados, los que hubieren de ser sacerdotes” (Memorial I al concilio de Trento I, n. 12). 

Y la educación que propone en estos seminarios es integral; (cf. Ibid., nn. 12-19).

Formación permanente integral de los ya ordenados.:

Después de exponer numerosas referencias al magisterio eclesial, citando a numerosos concilios, dice:

“Y pues en nuestro concilio Tridentino y en los concilios y decretos ya citados tan encarecidamente está mandado poner aqueste remedio (de formar al clero), entiéndase que es muy necesario. Y oyamos ya de una vez al Espíritu Santo, pues que tantas lo ha mandado, y no se hagan los perlados sordos tantas veces” (Advertencias al concilio de Toledo I, n. 46); cf. F. J. Díaz Lorite, “San Juan de Ávila y Pastores dabo vobis”, en: CEE, El Maestro Ávila, Actas del Congreso Internacional, Madrid, 27-30 noviembre 2000 (Madrid: EDICE, 2002) 765-788.

Pide al concilio de Trento se haga un catecismo actualizado y así se facilite también la labor de los catequistas:

“Converná que el santo concilio encomiende a alguna persona que haga un libro de catecismo en que haya los artículos de la fe y los mandamientos de Dios, y todo lo demás que hay en esotro que comúnmente se usa, añadiéndose algunas cosas, para mayor declaración y para alguna persuasión, por modo de diálogo o como mejor pareciese; en el cual lean los niños y sobre el cual el catequista pueda hablar más largamente declarándolo; y será bien que sea un mismo catequismo para toda la cristiandad” (Memorial II al concilio de Trento, n. 7).

Importancia de formar a laicos integralmente para que sean evangelizadores en medio del mundo:

Para ello propone “una educación muy reformada” (Advertencias al concilio de Toledo I, n. 47). En ella, aludiendo a Trento y a otros concilios, recuerda que es muy importante formar y examinar a los docentes en la integridad de vida y costumbres, tanto para los que enseñan a los pequeños a leer y escribir, como a los jóvenes gramática y otras ciencias, y estén preparados para enseñar doctrina cristiana (Ibid., n. 48-52).

Laicos organizados para atender a los pobres. También pide san Juan de Ávila  “que en cada pueblo ordenen los obispos una cofradía, o [a] una de las que están ya ordenadas den particular oficio y principal asumpto de entender los pobres envergonzantes y la necesidad y calidad de cada uno de ellos; y, sabida, se encarguen de procurar limosnas, por las vías posibles, o de los mismos cofrades o de otras partes, o lo uno y lo otro juntamente, como suelen hacer los cofrades que toman a cargo un hospital para curar los pobres todos que a él vinieren, pues ésta es la más heroica obra” (Advertencias al concilio de Toledo I, n. 27). 

Atención a los pobres de la cárcel: “Otra cofradía se debe semejantemente ordenar para el remedio de los pobres de la cárcel … entendiendo en sus negocios como hijos en Jesucristo” (Ibid., n. 28).

Está clara la importancia que da san Juan de Ávila al laicado no sólo para misiones al interior de la Iglesia, sino también para impregnar la vida de los valores del evangelio.

Conclusión

San Juan de Ávila, es un testigo de la luz y vida que aportan los sínodos universales, regionales y diocesanos. Salvando las distancias históricas, encontramos claramente en él los ecos del Espíritu que llaman a seguir viviendo y profundizando en el camino sinodal para bien de toda la Iglesia.