El sacerdote Javier Díaz Lorite, experto en san Juan de Ávila, analiza, en una serie de artículos del que se ofrece el primero, la influencia universal de san Juan de Ávila en la sinodalidad de la Iglesia.
La sinodalidad de la Iglesia en san Juan de Ávila (I)
La sinodalidad de la Iglesia en san Juan de Ávila (II)
Los sínodos son flores de buena esperanza para toda la Iglesia
1. Además de la escucha al Espíritu hace falta estar abiertos a aprender de los demás. En una carta comenta: “San Agustín dice que, aunque viejo y obispo, estaba aparejado para ser enseñado por el que era obispo de un año” (Carta 11).
2. Los concilios tienen ya su valor por el hecho mismo de celebrarse y convertirse en lugar de encuentro: “Gozábanse los obispos de verse allí juntos”. Esto ocurrió cuando se encontraron en el concilio de Toledo (633) convocado por el rey Wamba después de 18 años sin concilios (cf. De la veneración, n. 5).
En realidad, corresponde a los obispos el convocarlos, pero en muchas ocasiones han estado dormidos a lo largo de la historia para cumplir su misión. Han sido los reyes los que con frecuencia los han convocado. Por eso dice: “Gozábanse los obispos de Dios de ver tanto celo en los príncipes y de que fuesen despertados y favorecidos por ellos a obra tan provechosa y que tan particularmente pertenecía al oficio de los mismos obispos” (ibid., n. 5).
También dice san Juan de Ávila que los encuentros en sínodo deben durar el tiempo que sea necesario para poder abordar adecuadamente las cuestiones que la Iglesia necesita, y no tengan prisa por terminar. Por eso le dice a D. Cristóbal de Rojas en una carta mientras se está celebrando el concilio de Toledo:
“Ahora he oído decir que ese santo concilio se acaba presto, y he temido no sea causa de ello el poco gusto que se toma de entender en los negocios de Dios y el mucho de ir a descansar a sus casas; porque, estando las cosas tan fuera de sus quicios como por nuestros pecados están y habiendo tan mucho tiempo que en remedio de ellas no se ha entendido, no sé cómo en tiempo tan breve se pueden hacer muchas cosas y dificultosas” (Carta 215).
3. Conversión primero de los que presiden y participan en los concilios.
“No piense vuestra señoría persuadir a nadie reformación, si él no va reformado” (Carta 182 a D. Cristóbal de Rojas hacia la presidencia del concilio de Toledo). En esta misma carta le dice que hay que ir al concilio como embajador de Dios como lo hizo el mismo Cristo cuando vino a nosotros en pobreza y austeridad: “Y habiendo Él traído la embajada del Padre con este tan humilde aparato, no se agradará que su embajador, pues es de rey celestial, vaya con aparato de mundo … Alce los ojos vuestra señoría al Hijo de Dios puesto en una cruz, desnudo y crucificado, y procure desnudarse del mundo y de la carne, y sangre, codicia, y de honra, y de sí mismo, para que así sea todo él semejante a Jesucristo y sea su embajada eficaz y fructuosa” (Ibid.).
4. Los concilios aportan muchos bienes a toda la Iglesia. Los califica como luz que nos sacan de las tinieblas y del invierno, y nos traen las flores de buena esperanza.
Se lamenta de que durante 871 años no se hubiesen podido realizar concilios en España. Y lo compara con el lamento de los obispos por no haber podido celebrarlos durante tan solo 18 años en tiempos del rey visigodo Wamba:
“Lloraban aquellos obispos por haber faltado estos concilios diez y ocho años; y ¿no siento yo haber faltado en España por haber faltado en España por tiempo de ochocientos setenta y un años? ¡Oh, válgame Dios! Si aquellos Padre llamaron a estos concilios y les parecía haber estado en tinieblas aquellos pocos años, ¿en cuán más espesas y largas habemos estado nosotros, dando muchas caídas, como quien anda sin luz, y durmiendo en nuestros descuidos noche tan larga? […] Otra vez damos gracias a la divina bondad, que, pasando el invierno estéril y triste, nos ha traído el alegre verano, lleno de flores de buena esperanza, cumpliendo lo que muchos años ha dijo el profeta Isaías: En el cubil de los chacales brotarán cañas y juncos. En vez de zarzas cipreses; mirtos, en lugar de ortigas” (Is 55,13) (Carta 182).
5. Situación por no convocar concilios: Invierno y noche eclesial general.
“Había pregoneros mudos, guías ciegas, capitanes cobardes, clerecía ignorante, y toda la faz del estado eclesiástico lleno de vicios; y de ahí redunda al pueblo que están más negros que la negrura… y están las piedras del santuario esparcidas por los rincones de todas las calles (Lam 4,8.1)” (Carta 182).
6. Necesaria aplicación de los concilios.
San Juan de Ávila sabe que si no se aplican los concilios se pierde la riqueza contenida en ellos. De esta manera, exhorta a que se aplique lo decretado en el santo concilio de Trento, y también lo que se diga en el de Toledo, y así no se pierdan sus beneficios, como por desgracia reconoce que ha ocurrido con otros concilios:
“Y si la divina misericordia otra merced no nos hiciera, poco aprovechara haber traído a perfección tan santo concilio; pues, si ejecución no hubiera, el trabajo fuera perdido, y lo determinado en él fuera presto olvidado, como ha acaecido a otros concilios de mucho provecho que ha habido en la Iglesia” (De la veneración, n. 8).
7. Los concilios son tan importantes que se deben tener y estudiar en universidades y catedrales: “Por no tener los teólogos copia de todos los concilios, ignoran muchas cosas necesarias. Convenía que mandasen ponerlos en las universidades e iglesias catedrales. Los concilios que comúnmente andan impresos son pequeña parte de los que hay” (Memorial I al concilio de Trento, n. 67). Esto nos da una idea del profundo conocimiento que tenía san Juan de Ávila del número de concilios y de su contenido, así como la importancia de estudiarlos para poder aplicarlos.
