El sacerdote Javier Díaz Lorite, experto en san Juan de Ávila, analiza, en una serie de artículos del que se ofrece el primero, la influencia universal de san Juan de Ávila en la sinodalidad de la Iglesia.

Los sínodos son obra del Espíritu Santo

La sinodalidad de la Iglesia en san Juan de Ávila (I)
Influencia universal de san Juan de Ávila en la sinodalidad de la Iglesia

Los sínodos son obra del Espíritu Santo

En el Documento final del Sínodo de 2024 se afirma: “Los términos `sinodalidad´ y ´sinodal´ derivan de la antigua y constante práctica eclesial de reunirse en sínodo” (n. 28). También se indica que por la experiencia de estos últimos años se ha profundizado aún más lo que significan estos términos.

San Juan de Ávila ha vivido y propuesto intensamente esta faceta sinodal de la Iglesia. Así lo destaca Benedicto XVI, al proclamarlo Doctor de la Iglesia universal:

“Los Tratados de Reforma están relacionados con el concilio de Trento y con los sínodos provinciales que los aplicaron, y apuntan muy certeramente a la renovación personal y eclesial” (Benedicto XVI, San Juan de Ávila, sacerdote diocesano, proclamado doctor de la Iglesia universal, Roma, 7 octubre 2012).

El Maestro Ávila participó activamente en el concilio de Trento, no personalmente por razones de salud, como hubiera sido el deseo del arzobispo de Granada, D. Pedro Guerrero, pero sí a través de los dos profundos y extensos Memoriales que le envió sobre la reforma de la Iglesia, y que éste leía a los obispos conciliares en sus intervenciones. El arzobispo de Granada fue reconocido como el cabeza de los obispos españoles en Trento. El papa san Pablo VI recordó en la homilía de canonización de san Juan de Ávila que estos Memoriales fueron recibidos en Trento “con aplauso general”. San Juan de Ávila también influyó decisivamente en el concilio provincial de Toledo para aplicar Trento. En este concilio había numerosos obispos de España. Igualmente, en el de Granada, Santiago de Compostela y Córdoba. Hay que resaltar el importante influjo que san Juan de Ávila tuvo también en los sínodos de Sudamérica. Esto fue debido, principalmente, a que Santo Toribio de Mogrovejo, que fue nombrado obispo de Lima cuando se encontraba en Granada como inquisidor General, estaba muy relacionado con la figura y reforma de san Juan de Ávila. Supo aplicar en el tercer concilio de Lima, que presidió, y en los sínodos diocesanos que convocó, los Memoriales de san Juan de Ávila al concilio de Trento y las resoluciones del de Toledo y de Granada. A este Concilio Limense asistieron todos los obispos de Sudamérica, e influyó en aquellas Iglesias durante tres siglos. Santo Toribio es el patrón de los obispos sudamericanos. El concilio de Toledo también influyó en el concilio de Méjico. Se manifiesta una vez más, también en el aspecto sinodal, la influencia universal de san Juan de Ávila.

San Juan de Ávila contribuye a que todos los concilios tengan un sentido pastoral y evangelizador, y no solo confesional o normativo, basados en la renovación de los corazones y de toda la Iglesia.

Hay que tener en cuenta la distancia que nos separa, cinco siglos, de las aportaciones de san Juan de Ávila, y no pedirle que diese ya propuesto y aplicado el Documento final de 2024. En cambio, sí nos ofrece elementos claves muy importantes y actuales de la Iglesia sinodal. Tenemos que valorar sus aportaciones desde una perspectiva histórica. En esa época, como él mismo manifiesta, ni siquiera era fácil animar a los obispos a que se reuniesen para celebrar concilios provinciales. 

Ofrezco algunas características importantes que propone san Juan de Ávila para vivir una Iglesia sinodal.

 1. Valora los concilios como obra del Espíritu Santo. El Espíritu Santo es el que convoca e ilumina los concilios. A él hay que escuchar para cumplir la voluntad de Dios. Estar atentos a escucharle y no estar pendientes de otros intereses. Es importante lo que le escribe en carta al obispo de Córdoba, D. Cristóbal de Rojas y Sandoval, cuando se dirige a presidir el concilio de Toledo porque estaba en la cárcel el arzobispo Carranza: 

“Sea darle su santo espíritu, para que, vestido de él, tenga luz y fortaleza del cielo para saber la santa voluntad de Dios y fortaleza para la anunciar in gloriam illius a quo omne bonum, et donum est (cf. Sant 1,17). Él sea con vuestra señoría a la ida, estada y venida, y nunca le deje solo agora y en la eternidad que esperamos” (Carta 182).

Para ello hace falta quitar todos los impedimentos que puedan estorbar para escuchar y cumplir la voluntad de Dios: 

“[…] y que pues Dios ha de ser el que por boca de vuestra señoría ha de hablar, y el que ha de enseñar con su lumbre a su corazón, procure quitar de sí todos los impedimentos a la inspiración del Señor y a las obras que él por medio de vuestra señoría quisiere obrar. Haga como Isaías, que dijo: El Señor me ha abierto el oído, y yo no me he resistido ni me he echado atrás (Is. 50,5)” (Carta 182).

Dios es el que está detrás no sólo de la convocatoria de los concilios sino también del desarrollo y de su necesaria ejecución. Es de notar que una carta al rey Felipe II, agradeciendo lo que está haciendo por la aplicación de Trento, lleve por título: De la veneración que se debe a los concilios. Por eso recuerda al rey Felipe II que fue Dios el que, compadecido de los males de la Iglesia, y para su remedio, movió el corazón del Carlos V para convocar el concilio de Trento: 

“[…] su gran miseria [de la Iglesia] movió a la misericordia de Dios a que la remediase, inspirando al invictimísimo emperador, padre de V.M., que procurase congregación de concilio general en Trento, y así se hizo, a mucha costa y trabajos de él. Grande merced le hizo el Señor en tomarlo por instrumento de tan santa obra; mas mucho mayor a vuestra majestad, pues a él dio el principio, y pequeño, de aquel concilio, y a V.M. la perfección de él” (De la veneración, n. 7).

También es de iniciativa de Dios mover el corazón del rey Felipe II en la ejecución de Trento. Por eso compara esta iniciativa divina con la que movió al rey David a llevar el arca de alianza hasta Jerusalén para que pudiese ser frecuentada y honrada con la reverencia debida: 

“Damos gracias otra vez al misericordioso y poderoso Señor … [que] de esta manera ha movido Dios el corazón de V.M. para honrar con la ejecución el santo concilio de Trento, y hacer que haya recordación de él, y hacer, y que de él se hable y sea regla de nuestro vivir. Y para este fin, sin pedirlo los obispos, veló el corazón de V.M., mandándolos juntar aquí [Toledo] y en las otras iglesias metropolitanas para que se tratase de la ejecución de lo allí mandado y de otras más particulares y menudas” (De la veneración, n. 8).

  • Pide el Espíritu Santo para que ilumine a todos los participantes en el concilio. “Y el mismo Señor dé a este santo concilio la plenitud de su Espíritu Santo” (ibid., 13).

2. No solo hay que aceptarlos sino tenerlos muy en estima y hasta en veneración. Afirma: “Muy estimado ha sido siempre en la Iglesia de Dios el negocio de los santos concilios que en ella se celebran” (De la veneración, n. 1). Los llama en repetidas ocasiones “santos concilios” (cf. Ibid., n.6).