En la torre catedralicia se ubica el vestuario donde se conservan, convenientemente protegidos, todos los ornamentos que durante siglos se emplearon para el culto divino.
Como es sabido, todos ellos derivan de las vestimentas grecorromanas, por ejemplo la casulla, que en origen era un abrigo en forma de poncho, o la capa pluvial, empleada para resguardarse de la lluvia. El paso del tiempo diferenció la vestimenta civil de la eclesiástica y aun esta se diversificó entre la sagrada y la talar. Al respecto del atuendo de los sacerdotes en la vida ordinaria, el obispo malagueño Molina Lario publicó un edicto en 1777 en el que ordenaba que los tonsurados se limitasen al uso de la sotana, prescindiendo de monturas y redecillas. Y en 1791, su sucesor, Manuel Ferrer y Figueredo, siguiendo las instrucciones de la Corona, recordó a los canónigos malacitanos que los hábitos que usasen no fuesen de procedencia extranjera, sino nacional.
Casi sin uso actualmente por la simplificación que prima en los elementos litúrgicos, los ternos bordados son testimonio de un pasado en el que la fastuosidad servía para expresar la jerarquía, enlazando con la tradición bíblica (Éxodo, Levítico, Salmos…) que tanta atención presta a las vestiduras sacerdotales. San Jerónimo (s. IV-V) en sus escritos incidía en las palabras que Dios dirigió al profeta Hageo. … el oro y la plata me pertenecen… (2,8-9), añadiendo como comentario: «Y ningún uso más noble y más justo puede hacerse de estos metales y de la riqueza que emplearlas en el culto de Aquel, que los crió y nos los dio».
