Semblanza de la religiosa Isabel de la Santísima Trinidad, del Carmelo del Corazón Eucarístico de Jesús de Ronda leída en su funeral celebrado este sábado 27 de junio por la superiora de la comunidad, la hermana Jennifer del Corazón de Jesús.
H. Isabel de la Santísima Trinidad (Isabel Fernández Foche). Carmelita Descalza
Carmelo del Corazón Eucarístico de Jesús
*14 diciembre 1940 – Ronda † 26 junio 2026 – Ronda
En la madrugada del 14 de diciembre, del año 1591, resuena una campanita en el convento de los
Padres Carmelitas Descalzos, de Ubeda. Se oye una voz, débil pero dulce y firme, de Fray Juan de la Cruz: “¿A qué tocan?”. Un fraile le responde: “A maitines”. Y fray Juan responde: “pues me voy a cantarlos en el cielo!”, y expiró.
Ayer, 26 de junio 2026, a las 9.10 de la mañana, mientras esta comunidad de Carmelitas Descalzas de Ronda se preparaba para celebrar la santa eucaristía, con el sonido de las campanas a lo lejos…hay una hermana extenuada por la edad, y la enfermedad, pero con una fuerza impropia. Y entre campanas y campanas, sin poder pronunciar ya una palabra por la sequedad de su boca, seguro que su alma sabía que tocaban a misa, y ella como Fray Juan decidió ir a celebrar la Divina Liturgia en el cielo.
Hacer una breve semblanza de Hna. Isabel, es querer abarcar, en un boquetito pequeño, en la playa, todo el mar. “Es imposible” le dijo S Agustin, al niño que se encontró en la playa con tal hazaña. “Pues más imposible es querer comprender el misterio de la Santísima Trinidad, como tú quieres dentro de tu cabeza”. Fue la contestación del pequeño que desapareció al decirle eso.
Hna Isabel de la Stma. Trinidad: (Isabel Fernández Foche en el registro civil) nació el 14 de diciembre de 1940, aquí en Ronda (en el campo) de María y Francisco. Nace en una familia numerosa. La tercera de 8 hermanos, aunque solo 7 llegarían a la madurez. Su Padre era labrador y su Madre con cuidar de todos y de todo ya tenía bastante.
Es muy querida por todos, y especialmente por su padre.
PINCELADAS DE SU VIDA:
A los 5 años es llevada a la casa de su tía Isabel, para aliviar, y ayudar que se recuperase su madre que estaba enferma. Cosa que podía hacer la tía que no tenía hijos.
Pobre Isabel. Venía de una familia grande, de correrías y griteríos de niños. Y ahora se encontraba en un cortijo sola buscando como pasar el tiempo. ¡No tardó en encontrar un gran pasatiempo! Había un cabrito con el que empezó a jugar. Como niña, que era, solo se le ocurría ponerle la mano cerca del hocico y el cabrito encantado, empezaba a pegarle porrazos con su cabeza, y ella le correspondía haciéndole lo mismo con la mano.
Poco se hizo esperar las consecuencias. Un día se oyen gritos, de la tía Isabel, por todo el cortijo. El cuadro no podía haber sido más cómico. El cabrito tenía a la tía Isabel acorralada contra la pared y estaba topándola. Lo que le cayó a Isabel no fue poco, pues ella en su inocencia, había enseñado al cabrito, a topar.
En su niñez y adolescencia Isabel, como la mayoría de los niños de los pueblos y cortijos, no podían ir a la escuela. Había un maestro ambulante, que iba de pueblo en pueblo, y de cortijo en cortijo, dando clases básicas de enseñanza. A cambio le daban cualquier cosa de comida o monedas.
No deja de impresionar, que, con una educación académica, tan elemental, nuestra H Isabel pudiera leer los escritos de Santa Isabel de la Stma. Trinidad, Sta Catalina de Siena. Catecismo etc con tanta avidez y pasión. ¿Cuándo le decía como podía leer escritos tan denso, y si los comprendía? Me decía. “¡Pues mira, no sé si los entiendo, pero me hacen mucho bien!”.
No encuentro mejor sujeto, donde se encarna, aquello que le dice nuestro Sto. Padre, Juan de la Cruz, a la Madre Ana de Jesús, a cuya insistencia le declara el Cantico Espiritual: ante la duda de ella de no entender el comentario, le dice: “…aunque a Vuestra Reverencia le falte el ejercicio de teología escolástica con que se entienden las verdades divinas, no le falta el de la mística, que se sabe por amor, en que no solo se saben, más juntamente se gustan”.
H Isabel le podía faltar muchas cosas, pero jamás le faltaba el Amor, por lo cual el Señor le daba, el saber, y gustar las verdades que leía.
La “Isabelilla”, como se le llamaba, con cariño en el hogar. Siempre fue una trabajadora incansable. De pequeña trabaja cogiendo garbanzos para ayudar a la familia. Sin guantes y al ritmo de los trabajadores curtidos en la tarea.
La imagen que se le queda a la familia es de Isabel, llegando a casa, con los dedos reventados. Los mete en agua con sal y vinagre para curarlos y fortalecerlos, dejando el agua de la palangana ensangrentada. Para al día siguiente volver a la tarea, sin una queja y sin perder el ritmo.
La llamada de Dios la sintió Isabel en una temprana edad, y fue madurándola.
Para acertar en la elección de un convento le preguntó a su madre, una cristiana profunda, que qué orden tenía la mayor cantidad de santos. Pues pensaba que la orden que tuviera más seria la más perfecta… Su Madre no titubeo: “Los Franciscanos y los Carmelitas”.
Ambas ordenes tenemos hasta el día de hoy en Ronda.
Isabel se decide por las carmelitas, pero al comunicárselo a su padre este le niega la entrada.
Francisco amaba con pasión a su hija Isabelilla, (la cual tenía también pasión por su padre) y su corazón de Padre no podía sufrir, lo que entonces se pensaba, y aún hoy mucho siguen pensando, que entrar en un convento de clausura era meterse en una cárcel. Jamás permitiría que su hija estuviera detrás de rejas como una delincuente.
Cuando llegara a la mayoría de edad ella decidiría y él no podría pararla.
Ella se sometió a su padre sin protestar, y el Señor fue obrando en ella. Mientras tanto “iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres”. (Lc2:52)
Llegada esa edad deseada, Isabel decidió que la hora había llegado.
Su madre, María, le había dicho: “no me vayas a decir el día que te vas, para no tener que mentirle a tu padre”.
Cuanto sufrimiento, y fortaleza tuvo que tener, pues a una vocación madurada y trabajada, se le añadía ahora el irse del hogar, sin el consuelo del abrazo de una despedida…al igual que a su madre fundadora Teresa de Jesús, que tuvo que salir de su propia casa como a hurtadillas, porque su padre se oponía, nos dice Teresa que fue una angustia tan terrible que pensó que la agonía de la muerte no sería peor.
Como todos los días, Isabel se preparó como para ir a la fábrica a trabajar. El único adiós que se permitió fue con su hermana pequeña, Mariluz. Pero más que un adiós fue un ruego: “Cuida de Papa!”. Sus palabras textuales al despedirse de la pequeña fueron: “¡Mariquilla! ¡Ahora te toca a ti cuidar de Papá! ¡Porque yo me voy al convento, y Papá se quedará triste!”. Si el Padre tenía pasión por su hija, Isabel tenía aún más pasión por su padre terrenal. Pero la voz de otro Padre, de quien toma autoridad toda paternidad en la tierra, la llamaba a abandonar la casa Paterna, y dedicarse a las cosas “de su Padre” celestial.
Hago un paréntesis: Que bien lo hiciste Mariluz. Cuidar de Papa y más aun de Mamá, que vivió mucho más. H Isabel no dejaba de agradecerlo y reconocía que, para ello, tuviste el apoyo y cariño incondicional de tu marido, Antonio. Como decía tu hermana: “se ha portado como un hijo, y más que un hijo”. Gracias os doy en su nombre.
Estuvo en el convento aprendiendo el ritmo y la vida tan diferente de la que ella había vivido. Le dolía las piernas de no estar ejercitándolas como en el campo y las largas caminatas hacia la fábrica.
Y como telón de fondo estaba el silencio y ausencia de su Padre. Dos años duró este exilio paterno. El nombre de Isabel no se mencionaba en casa.
Ella que cuando niña, estuvo en el cortijo de su tía, y venía su padre a verla se escondía. El motivo era: que no podía sufrir su corazón de niña, que “adoraba” a su padre, verlo partir para casa. Por lo cual prefería el sufrir no verlo, que el verlo irse sin ella.
Esta niña, hecha mujer, con un corazón aún más enamorado y puro, tuvo que sentir ese vacío. Pero Dios nunca deja sin recompensa a los que lo dejan todo por él.
A los dos años tuvo que salir H Isabel a asuntos de médico. Estaba su madre, con su padre en Ronda ese día. Sabiendo su madre de la salida de Isabel, le dice a Francisco. Corre Francisco que Isabelilla está en la calle. Y sin protestas su padre corrió para ver si la podrían ver, antes de entrar en el convento. Pero por mucho que corrieron, al llegar al convento H Isabel ya había entrado. Los pasaron al locutorio y allí vio Isabel llorar a su Padre como un niño, mientras su madre lo abrazaba y consolaba.
Las cosas que Dios permite, que, pareciéndonos crueldad, terminan sacando un bien mayor. Ahí se vio la humildad y amor de todo un Padrazo, que, desde aquel momento, siempre que podía, venía a ver a su hija “detrás de esas rejas”. Contaba ella que un día su padre hablando con un amigo le hablaba de sus 4 hijas. Y el amigo le dijo: “Francisco tu no estas bueno de cabeza. Tu sólo tienes 3 hijas. Jamás me has hablado de 4”. Y su padre le dijo. “Tengo 4, y es la Isabel, que es monja de clausura. Y ojalá fueran todas mis hijas tan felices como ella.” La transformación que logra el sacrificio y la oración, que le hizo, como Zacarías, romper el silencio que se había impuesto, para alabar la obra de Dios, y aceptar su voluntad.
H Isabel siempre comentaba con agradecimiento a Dios, que cayendo su padre enfermo y estar ingresado en el hospital, tuvo ella que salir otra vez a médico. La H María de la Paz, después la llevó al hospital, para que viera a su Padre. Y este le dijo sonriendo: “Isabelilla vino el sacerdote y (levantando él su mano, y haciendo el además de la cruz) continuo, y me dio la bendición”. Isabel fue una de las pocas que vio a su padre vivo. Y eso para ella era un gran regalo del Señor.
Isabel amaba entrañablemente a la comunidad. Se desvivía por todas. Entre la noche y el día no hay tabique decimos: y ella, los hubiera saltados todos, si lo hubiera. No descansaba hasta arreglar túnica, habito o sandalias para alguna hermana.
Ejercio, diferentes oficios en el convento, siempre prefiriendo los más ocultos, y abnegados. Fue muchos años tornera y era sumamente querida por todos los que venían. Muchos, como pasa siempre, venían, no a comprar si no, a hablar con la hermana que le daba ánimo. Le avivaba la fe.
Por suerte, o desgracia, hemos pasado muchas temporadas con hermanas en los hospitales. Cuando Isabel iba para quedarse con ellas, en el tiempo que había 3 enfermas en un mismo cuarto, junto con los familiares, H Isabel siempre destacaba. Su disponibilidad por ayudar, no solo a la hermana, sino a las otras enfermas. Esa sonrisa que iluminaba y confortaba la tristeza y sufrimiento de las enfermas. Esa confianza que inspiraba en los familiares, que se iban felices de saber, que había una hermana que iba a cuidar de su Madre o esposa, y ellos se podían ir tranquilos a descansar a sus casas.
Era gracioso, porque ahí estaban las hijas de las enfermas, compartiendo con H Isabel, recetas de cómo hacían ellas el gazpacho, o la porra. Y al día siguiente se presentaba Isabel con un bote de gazpacho, hecho por ella. Ellas, a su vez, se presentaban con otros manjares, para que probara ella, y las hermanas, las delicias de sus pueblos. Era tan entrañable verlas, reunidas, como unos scouts, planeando sus siguientes aventuras.
Isabel tenía esa habilidad, que, sin quererlo, ni buscarlo, sacaba a las almas de las circunstancias oscuras, o de sufrimientos y agotamientos, y las ponía en otro plano. Al entrar en las habitaciones veíamos caras agotadas, tristes, casi acusadoras por la suerte que les había tocado. Y cuando nos íbamos eran unas personas que habían encontrado una razón para sonreír. Un amor, por el cual seguir sacrificándose por el enfermo/a que, como nos enseña S Juan de la Cruz: “el amor ni cansa ni se cansa”. La amistad con estas familias ha durado años, aun después de fallecer sus seres queridos.
Aun quedaría mucho por decir. Solo una pequeña cosita. Ella era muy feliz en el convento, pero como alma consagrada no faltaron las noches oscuras. Un día siendo novicia se sentía hundida, triste. Pero andando por unos de los tránsitos escuchó es carraspear de su connovicia, H Mª Lourdes de Jesús. Dice que en ese mismo momento se le desvaneció toda tristeza. Y es que, para las almas sencillas y humildes, se contentan con poco a cambio de dadlo ellas todo.
Seguiría contando tanto, que quizás se debería de contar, pero el tiempo apremia. Esto se ha escrito para que vean la calidad humana, y alma privilegiada, que era. Esto no es sólo lo que la comunidad piensa, y valora en ella.
Aquí tenemos un dicho, que al confesor y al médico se le dice TODO. Porque así puede discernir que le ocurre al cuerpo o al alma. Pues bien, por regla de tres las personas que más pueden llegar a conocernos son los confesores y los médicos que nos tratan asiduamente.
He aquí unas palabras de nuestro antiguo médico de cabecera. Un hombre cabal, un médico con vocación y una humanidad que le supera cuando trata con cada enfermo. En las bodas de oro de profesión de la H Isabel le escribió esto. Lo transcribo como lo dijo entonces. Todos los que han conocido a la H Isabel saben la verdad de cada una de sus palabras.
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Hermana Isabel, expresión humana de la alegría y del esfuerzo sin medida, y de la capacidad de ayuda y de la disponibilidad permanente, pero además de la serenidad y sosiego, y de la prudencia y aplomo, y de la amabilidad y sencillez, y de la humildad y dulzura en el trato, y de la acogida y del silencio y de la compasión ... y del Amor.
Si Dios se manifiesta a través de sus criaturas, sin duda que una de las elegidas es la Hermana Isabel, bueno, mejor dicho, Nuestra Madre Isabel
Cincuenta años de una vida dedicada por completo a la meditación y clausura, al trabajo callado, reservado y sin medida para sus hermanas de siempre, para las de hoy y las de ayer, y todo esto adornado con una sonrisa permanente en su semblante y una frase acertada en su discurso.
Ante esta evidencia, sólo queda pedirle que nos permita contribuir con la parquedad y mesura que los humanos mostramos en estas situaciones, con nuestras limitaciones de siempre, intentando concretar en un acto, en unas frases, en un detalle la respuesta a su gran y autentico "regalo". El regalo que cada día nos hace con su presencia y oración para el bien de nuestros cuerpos y sobre todo de nuestras almas.
Gracias Hermana Isabel por haber dedicado todo su tiempo para Dios, tanto para el que se escribe con mayúscula como para el Dios que encontramos en sus hijos del mundo.
¡Gracias por todo! ¡Que cumpla muchos más! ...Y Que Dios le bendiga!
Enero 2014 Andrés Ruz (Y el Señor nos la regaló 12 años más)
Con esto creo, expresado, todos los que han conocido a h Isabel, piensan de ella.
Ella sin duda ha pegado un salto hacia los brazos del Amado, rompiendo el velo para ese dulce encuentro.
Estando ya en ese deseado cielo, hago mía las palabras de un antiguo obispo, hablando de un amigo que murió joven: “La siguiente vez que veamos a la H Isabel tendremos la certeza de estar en el cielo”.
Gracias por vuestra presencia, paciencia y cercanía en estos momentos.
Que el Señor y su bendita Madre os lo recompense.
Pidan por esta pequeña comunidad como lo hacemos nosotras y todas las hermanas que nos han precedido hacia el cielo, ahora de modo especial nuestra querida H Isabel.
Una pequeña observación: en algún momento se os distribuirá una pequeña recordatoria de Hna. Isabel, con unos escuetos datos de ella. Además, una cartulina con la oración “Elevación del Alma”, de su tocaya Sta. Isabel de la Stma. Trinidad. La intención es, que como hizo H Isabel todos estos años, podáis hacer una lectura orante, en casa cada día, de este profundo texto. Para que viváis esa espiritualidad de la cual bebía H Isabel, de sumergirse en ese misterio de la Trinidad, y gustarlo, aunque no lo comprendáis. Llegando a saborear cuan bueno y dulce es el Señor, y que es capaz de hacer con nosotros mucho más de lo que podamos pensar o desear.
Que así sea.
Dado en Ronda 27 de junio 2026
