Desde joven he sido un apasionado de la libertad. De la libertad interior, esa que, con la ayuda de la gracia, se adquiere a base de dominio de sí y de fidelidad a las llamadas del Espíritu; y de la libertad exterior, frente a todo tipo de presiones para que sigamos los dictados de la moda o de la ideología dominante. No es que haya alcanzado aún la libertad total, pero me considero razonablemente libre. Por eso me rebelo contra las imposiciones ideológicas que pretenden imponer los gobernantes de turno, bajo el pretexto de educar y modernizar la sociedad.
La tercera, profundizar en el conocimiento de la fe que profesamos, y que sepamos dar razón de nuestra esperanza a quien nos la pida. Para que, en un clima cultural de ignorancia generalizada sobre el Evangelio, sobre Dios, sobre el sentido de la vida humana y sobre la historia del pensamiento, pongamos de manifiesto que nuestra fe no procede de la ignorancia, ni de la costumbre, ni del apego al pasado, sino de que hemos encontrado razones serias para creer.
