Miles de malagueños han acompañado este domingo al Santo Padre en los actos llevados a cabo en la capital madrileña tanto de forma presencial como a través de los medios de comunicación. Pero la Iglesia de Málaga ha tenido, asimismo, un protagonismo especial en los distintos discursos pronunciados a través de las figuras de la Semana Santa malagueña y del que fuera obispo de la Diócesis, San Manuel González.

Málaga, muy presente en los actos del Papa de este domingo
El Papa León XIV escucha el discurso de Antonio Banderas en el acto celebrado en el Movistar Arena //JESÚS HELLÍN

Por la mañana, el papa León XIV ha citado a San Manuel González, obispo de Málaga entre 1916 y 1935, en la homilía que ha pronunciado ante 1,2 millones de personas en la plaza de Cibeles: «deseo recordar aquí a san Manuel González, el obispo de los sagrarios abandonados. Su vida nos recuerda que la Eucaristía no puede ser honrada sólo en las grandes celebraciones o de modo ocasional, sino también en la fidelidad silenciosa de quien acompaña al Señor con una amistad humilde y discreta que se alimenta día a día».

Por la tarde, en el encuentro "Tejer redes con el mundo de la cultura, del arte, de la economía y del deporte", celebrado en el Movistar Arena, el actor malagueño Antonio Banderas ha ofrecido su testimonio al Papa sobre sus primeras preguntas sobre Dios gracias a su vivencia de la Semana Santa de Málaga.

En su discurso sobre el arte y la fe cristiana, el también director y productor se ha dirigido así a León XIV: «Santo Padre, siento una cierta obligación a ofrecer una pequeña reflexión en voz alta sobre mi propia experiencia. Y para ello, he de retroceder en el tiempo a las celebraciones de la Semana Santa en mi querida Málaga, allá por los años sesenta del siglo pasado. Esas manifestaciones  populares que toman las calles desarrollando un ritual majestuoso de arte y fe, de cultura y devoción. Y fue ahí, Santo Padre, en ese marco de arte popular anónimo, cuando con tan solo cuatro o cinco años de edad nació en mí una pregunta que solo contenía una palabra: Dios. Poco a poco, fui encontrando respuestas, algunas tan simples como la que reconocí en los ojos de mi madre mientras ésta le clavaba su mirada y su corazón devoto a la Virgen de la Esperanza que pasaba en su trono frente a nosotros en aquellos lejanos años. O a través de la voz que rompía el aire claro de primavera de los cantaores y cantaoras de saetas. O entre la gente humilde y buena de mi ciudad que cada año salían y salen a la calle con su barrio a cuestas, portando sus imágenes que les ayudan a buscarse a sí mismos mientras buscan a Dios. Y lo hacen dejando tras ellos el yo para agarrarse a nosotros. Y del nosotros pasan al ellos, y del ellos al todos, y del todos al mundo, y del mundo al universo, y del universo a Dios».