Hay pueblos que se te quedan grabados para siempre por rasgos que, posiblemente, otros no hayan detectado.
Hay pueblos que se te quedan grabados para siempre por rasgos que, posiblemente, otros no hayan detectado. Para mí, Ayamonte es un lugar donde se coge un barquito que te traslada, cruzando el Guadiana a Portugal. Allí compras dos toallas y un gallo que cambia de color con la lluvia y vuelves inmediatamente para ponerte a modo de marisco, embutidos y pescado frito. Ni “bacalao dourado” ni nada de eso. Cazón, mojama, gambas, y caña de lomo, regados con vino helado de la tierra. Una vez al año no hace daño.
Sin embargo, estos días ha inundado los telediarios una noticia que, pese a que no es la primera vez que sucede, pienso que no se le ha dado la trascendencia que merece. Se trata del gesto solidario que pone en práctica la “Asociación de Nuestro Padre Jesús de la Humildad y Nuestra Señora de la Misericordia de Ayamonte”. Los miembros de esta asociación, con humildad y misericordia, han puesto en marcha la “II recogida de material escolar y cuentos infantiles para Cruz Roja de Ayamonte”.
Parecía difícil, pero esta noticia ha conseguido mejorar el concepto que tenía grabado en mi mente de este pueblo y sus habitantes. He podido comprobar como la palabra de Dios sigue calando entre los cofrades. La “fundación Corinto” de Málaga y tantas otras en toda España son ejemplo de ello. “Misericordia quiero, no sacrificios…”, dice la Biblia en Oseas 6-6. Los ayamontinos y su ciudad, desde la edad del bronce, han sido un lugar de paso y avituallamiento. Los romanos dejaron unas ruinas que hoy se han convertido en un Parador de Turismo. Pero en la historia quedará grabado con letras de oro: “En Ayamonte le compraron los libros y las cosas del colegio al niño Jesús con Humildad y Misericordia”. Que Dios les bendiga.
