Nunca me han molestado los pequeñines mientras presido la misa. Naturalmente hablan, gritan, se ríen y se mueven. Es su manera de proclamar la alegría de estar vivos y de dar gracias a Dios. A los mayores que los miran con cara de reprobación, les digo que los dejen tranquilos.
Porque los ruidos de los niños son como los sonidos constantes de aquellas trompetillas que sonaban en el estadio de Sudáfrica durante los partidos de fútbol del mundial: las famosas vuvuzelas. Pero durante la final, los españoles llegamos a olvidarnos de ellas para centrar nuestra atención en el juego y en los goles. Algunos días acude Curro con sus padres a la misa de ocho de la mañana. Curro tiene unos tres años. La mayor parte de las veces duerme en los brazos del padre y de la madre –por turno- durante la misa. Pero otros, está despierto, y participa en la misa tan feliz. Le basta con tirar de la manga a su padre o su madre y ver cómo le invitan a estar quieto para que se ría a carcajadas y nos contagie a todos.
