El sr. obispo, D. Jesús Catalá, ha visitado la misión diocesana de Caicara del Orinoco acompañado por el vicario para la promoción de la fe y delegado del clero, Antonio Collado.

D. Jesús Catalá visita Venezuela coincidiendo con los  25 años de la misión diocesana

 

En 2011 se cumplen 25 años de la Misión Diocesana de Caicara del Orinoco y lo están celebrando con un año jubilar. La visita del Sr. Obispo ha sido, para ellos, "un impulso a seguir llevando la Buena Noticia, pues es el Pastor quien nos visita y nos anima a seguir trabajando en comunión con la Iglesia de Málaga". 

El delegado de Misiones, Lorenzo Orellana, explica así la presencia de la diócesis de Málaga en tierras de misión:

«Es cierto que durante décadas nuestros obispos enviaron sacerdotes a varias diócesis del Oriente Venezolano con escasez de clero. Una treintena larga de sacerdotes fueron enviados desde 1954 a 1984. A partir de este trigésimo cumpleaños, nuestros misioneros, presbiterio y obispo, don Ramón Buxarráis, se plantearon la posibilidad de crear una Misión Diocesana. Y en 1986 salieron nuestros tres primeros sacerdotes para Caicara del Orinoco. 

Actuando así, Málaga era fiel a la petición de Pío XII, que había dicho que la misión del clero español estaba en Hispanoamérica; al papa Juan XXIII, que había escrito de su puño y letra a los obispos españoles pidiendo sacerdotes para Hispanoamérica; al pensamiento del Concilio, que nos había recordado que la “Iglesia peregrinante es, por su propia naturaleza, misionera, puesto que tiene su origen en la misión del Hijo y la misión del Espíritu Santo según el plan del Padre." (AG 2).

A su llegada a Málaga el sr. obispo ha manifestado  que su visita a Caicara del Orinoco, durante los días 10-18 de febrero de 2011, ha supuesto una hermosa expe­riencia eclesial y humana.  D. Jesús Catalá  aprecia el ingente trabajo pastoral, que los tres sacerdotes de Málaga reali­zan en la Archidiócesis de Ciudad Bolívar, atendiendo un territorio equivalente a media Andalucía. 

Reconoce que le ha impactado la sencillez, la espon­taneidad y las muestras de afecto de aquellas gentes y señala que es gratificante ver el florecimiento de varias vocaciones a la vida consa­grada y sacerdotal, como índice claro de la vivencia cristiana.   Aunque afirma que resulta penoso ver las condiciones de miseria, en que viven muchas perso­nas, a pesar de ser un país con grandes recursos naturales.   En este sentido manifiesta que queda mucho trabajo por hacer y diversos grupos humanos de indígenas por evangelizar y cuidar pastoralmente.