El sacerdote diocesano Lorenzo Orellana, «metido ya en los 90 años», publica una autobiografía en la que recoge “Etapas, cartas y diario de un cura diocesano”. La obra, la décima de su autoría, ha sido editada por ExLibric y, tras firmar ejemplares en la Feria del Libro de Málaga, la presenta para diocesismalaga.es

Lorenzo Orellana publica su autobiografía: «Dios escribe su historia contigo si tú te dejas»
Lorenzo Orellana, con su último libro públicado hasta hoy

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¿Cómo describiría esta publicación? 

Tengo muchos recuerdos de mi trabajo en la diócesis, en Melilla y en Venezuela, de la cual alguna cosa cortita había escrito. Y quería escribir algo sobre un cura de pueblo… Y dándole vueltas, pensé: ¿por qué no escribo de mi vida, que es la de un cura en un pueblo, o muchos pueblos? Y he escrito mi experiencia, que, cuando se llega ya a los 89, tiene uno historias para rato. La he escrito con el deseo de que “se pueda leer”.

¿Y qué ecos van llegándole?

Pues me van llegando de mucha gente. El Señor y los hombres buenos me han regalado mucha experiencia de ese amor. Durante cuatro años fui superior de los alumnos del Seminario Menor, y a la vuelta de muchos años -lo recojo en el libro- me he encontrado que hoy, que ya son todos padres de familia y abuelos, se siguen reuniendo y recordándome a mí y aquellos años que compartimos. El día que firmé en la Feria del Libro de Málaga pasaron a verme y algunos me dice que lo han leído ya varias veces.

¿A quién se imagina leyendo este libro? Porque cuando uno escribe, siempre hay rostros a los que se dirige. 

Lo he escrito en primer lugar para los curas, para que los curas, se vean en esta experiencia, que es mía pero también de todos. Si algunos curas lo leen y les hace bien, ese sería el gran regalo de la vida para mí. Y después lo he escrito también en agradecimiento a todos los que pasaron por mis manos. Gracias a Dios he sido un cura “movido”, me han destinado a distintos sitios y he podido adquirir una riqueza enorme, incluyendo el salto a Melilla y a Venezuela. Ahora, en la residencia en la que vivo, San Juan de Dios, en Antequera, voy también recogiendo el salto de tantos abuelos viviendo su vida, su alegría y su esperanza, a los que también toca ayudar.

Cuando le dice uno sí al Señor, ¿se imagina la aventura que viene después? 

Yo no me la imaginaba. Me imaginé muchas veces de cura de pueblo de la provincia, pero lo otro no. Aunque cuando ya llega uno a esta altura de la vida, uno se da cuenta que al ser lo poquito fiel que uno ha podido, Dios lo ha ido guiando. Dios escribe su historia contigo si tú te dejas. Tú eres libre, pero Dios te está iluminando para que sigas escribiendo esa historia que Él quiere. Y, como siempre, desde abajo, desde la sencillez. Creo que es lo más importante y lo más bonito, donde uno de verdad se realiza y es feliz. La alegría no la puede perder el sacerdote porque la alegría  y la paz son las antesalas de la acogida, y sin acogida no hay sacerdocio activo. Acoger a los demás me parece que es lo más importante. Yo digo que es el octavo sacramento de la Iglesia: la acogida. 

¿Qué le diría a los compañeros que están empezando su ministerio? 

Les diría que hagan un diario, que escriban de una forma muy sencilla las impresiones pastorales que van recibiendo. Recuerdo que comparto en este libro una impresión que se me quedó grabada, que es cuando, recién ordenado cura, ayudando la parroquia de Santo Domingo, en Málaga, el párroco me encargó que fuera a una abuela a darle la unción de enfermos, que la había pedido en el corral del barco. Ese encuentro con aquella abuela que me pregunta antes de la unción: «¿Y usted, siendo tan joven, por qué se ha metido a cura?». Y que yo le contesté, con toda mi inocencia y mi verdad por delante: «porque sé que hay personas que están solas y quiero estar dispuesto cuando me necesiten». El otro día, mi compañero Pepe Morales me decía que le había impactado. Pues bendito sea Dios. Cuando pasen un montón de años, los más jóvenes, si llevan ese diario, descubrirán mucha riqueza que les ha hecho bien y cómo ellos pueden servir a los demás. 

Con sus años de experiencia, ¿cómo mira a esta Iglesia nuestra, qué cree que Dios le pide?

En primer lugar, lo más importante, la unión. El presbiterio de Málaga ha estado siempre muy unido. Creo que la huella de don Manuel González y después de aquellos asociados que tuvimos en el Seminario, un don Francisco Carrillo, por ejemplo… Esa huella de aquellos que ponían por delante el amor al Sagrario, es muy importante, fundamental. Por ahí creo yo que irían los tiros. 

Ser cura hoy  es una cosa interesante. Yo creo que hasta arriesgada, pero preciosa. Es tener capacidad para hablar del Absoluto, cuando en este mundo solo se habla del dinero y de lo presente.

Y cuando uno cumple años y ya se dejan de tener que atender necesidades pastorales de primera línea en la diócesis, aunque un cura no se jubila nunca… ¿Cómo se vive la entrega?

La entrega no tiene fin. Toca seguir entregándose. Y hay entregas mínimas que son preciosas, como la persona que vino a mí ayer y me dijo «yo quiero hablar con usted». Y estuvimos una hora, yo escuchando principalmente, pero ella sintiéndose acogida. La entrega está hasta en una sonrisa. Y el cura será cura siempre cuando haga de verdad su sacerdocio. Y esto es muy importante porque es como nosotros podemos dar testimonio del amor del Señor. Ser cura hoy  es una cosa interesante. Yo creo que hasta arriesgada, pero preciosa. Es tener capacidad para hablar del Absoluto, cuando en este mundo solo se habla del dinero y de lo presente. Y hablar de Dios merece la pena. Cuando pedí a D. Jesús pasar a una segunda línea me vine aquí con mi hermana, que me ha cuidado mucho. Y cuando le diagnosticaron un cáncer, me vine aquí con ella. Y en la residencia estoy intentando hacer reír a los abuelos, por lo menos, y escuchándolos. Creo que se puede ser siempre sacerdote. 

Cuando relee este libro en el que reúne prácticamente toda su vida, si se pudiera condensar en unas páginas, ¿qué cree que el Señor le ha pedido y cómo cómo de fielmente ha respondido? 

Si quieres que me confiese, me confieso. Veo mi vida como un regalo del Señor. De peoncillo de la carpintería con mi padre, a oír hablar del Seminario y ver una luz, y seguirla, Después en el Seminario, el crecimiento, la juventud, el desarrollo… Dominar mi genio. Ordenarme y empezar a ser feliz. Aceptar que no me mandaran a los pueblos como a los compañeros, sino de vuelta al Seminario. Fui feliz porque  los muchachos me enseñaron. Estar atento a la gente es descubrir en cada uno un mundo distinto. Ya no eran borregos, eran personas distintas para mí. Después solo nueve meses en Antequera. Y a Venezuela, que, aunque me costó, fue un regalo del Señor. Cuando vas amando a la gente, tu oración cambia, porque ya está llena de rostros de las personas. Y el cura tiene que rezar con los rostros y las biografías de su gente. Después me enviaron a estudiar a Madrid, luego a Melilla, que fue una enseñanza preciosa, una encarnación muy bonita. El Señor me siguió regalando, me mandó al Arroyo de la Miel, con tanta gente buena, trabajadora, sencilla, maravillosa… Y en San Gabriel, en la capital, que me he pasado la mitad de mi vida de cura, 27 años. Otro mundo, otras personas, gente buenísima, gente extraordinaria con la que se puede convivir, alegrarse, trabajar… Siempre he intentado ser feliz, porque si el cura no es feliz, no hace feliz a la feligresía. 

Cuando uno acoge a una persona con todas las dificultades y pecados que tenga, aprende y esa persona se va reconfortada. Ese es nuestro ministerio: confortar, fortalecer, dar esperanza. Y eso sí lo hacemos como pueblo, como grupo, como comunidad, es el camino de la Iglesia del futuro, aunque la comunidad sea pequeña. Cuando hay una comunidad viva, eso se irradia.

Estamos en plena fase de implementación del Sínodo de la Sinodalidad. ¿Cuál sería tu consejo?

El abecé de la sinodalidad comienza por la escucha. Si no escuchamos, no hay sinodalidad posible. Nos escuchamos y nos vamos conociendo. Y cuando nos vamos conociendo todos (desde los obispos hasta los vicarios, desde los arciprestes hasta los párrocos), entonces nos podemos escuchar mejor. Y la escucha comienza cuando hay encuentro, por lo que hay que facilitar los encuentros. Y después, acogida: cuando uno acoge a una persona con todas las dificultades y pecados que tenga, aprende y esa persona se va reconfortada. Ese es nuestro ministerio: confortar, fortalecer, dar esperanza. Y eso sí lo hacemos como pueblo, como grupo, como comunidad, es el camino de la Iglesia del futuro, aunque la comunidad sea pequeña. Cuando hay una comunidad viva, eso se irradia. 

Alfonso Crespo, en su prefacio, le da las gracias por ofrecernos el agua fresca de su memoria.¿Cuál es el manantial de ese agua fresca?

Yo no sé de dónde me nace, pero sí sé que yo aprendí hace tiempo, buscando cómo orar mejor, esa oración del corazón: «Señor Jesús, ten misericordia de mí». Ante lo bueno, lo malo, lo triste, lo alegre y lo grandioso me remito a ella y me remito al Señor. Creo que de aquí viene nuestra alegría, y de la Eucaristía, del encuentro con el Señor. De ahí viene el agua clara, el agua limpia, el agua viva que le dijo el Señor la Samaritana.