Por aquí D. José, gracias por venir, tenga Vd. cuidado no vaya a tropezar, que esta parte está muy pedregosa, está oscuro y encima con el rocío resbala una barbaridad. Es que no podíamos dejar de avisarle, porque con lo bien que Vd. se porta siempre con nosotros… Seguro que le vamos a dar una alegría que ni se imagina.
Todos tenemos miedo. Hobbes decía de sí mismo: “Mi querida madre dio a luz gemelos: a mí y al miedo”. Es una afirmación universal, general, en la que no caben excepciones, salvo por peligrosas patologías.
El 24 de noviembre se ha reunido el Consejo Pastoral Diocesano en la Casa Diocesana Málaga. El Secretario General de la Diócesis, Francisco García Villalobos, reflexiona sobre la necesidad de este órgano, compuesto mayoritariamente por laicos.
Con 20 años de edad, decidió encerrarse entre los muros de un convento; pero dos tercios de su existencia los gastaría recorriendo miles de kilómetros. Siempre se consideró un monje, un hombre de oración; sin embargo fue consejero de papas, reyes y obispos. Se sumergió en la acción, aunque no abandonó el recogimiento. Porque Bernardo unió “la más intensa y profunda contemplación con la más directa y polémica intervención en la historia” (Diccionario de los Santos, Leonardi, C. et al., vol. I., p. 364).
Todos los pueblos de la tierra han padecido a lo largo de su historia etapas de indecible sufrimiento. Pero algunos han capitalizado el dolor de un modo especialmente agudo. Es el caso de Armenia, desde su primer bautismo -bautismo de sangre-, en torno al año 300, pasando por las sucesivas invasiones seléucidas y mongolas, hasta el trágico genocidio de 1915 en que fueron exterminados un millón y medio de cristianos (Declaración común de Juan Pablo II y Karekin II, 27 de septiembre de 2001). Y para las sucesivas generaciones armenias que han arrostrado con increíble valentía el inmenso dolor soportado durante los últimos mil años, dos libros han sido los únicos instrumentos de consuelo y esperanza: la Biblia, y el Libro de las Lamentaciones de Gregorio de Narek.
Durante el otoño de 374 estallaron violentos disturbios en Mediolanum (Milán), entonces capital del Imperio romano de occidente. El motivo fue la provisión de la sede episcopal, que estaba vacante tras la muerte del obispo arriano, habiendo fallecido previamente en el destierro el obispo católico legítimo.