Miguel Ángel Fuentes es docente de Religión, Filosofía y Valores Éticos en Secundaria y Bachillerato en el colegio María Inmaculada, en Antequera, y profesor en el Instituto Teológico de Murcia (OFM). Su pasión por la docencia la compagina con formación e investigación en Teología. Es Licenciado en Teología Fundamental por la Universidad Pontificia Antonianum de Roma, doctorando en Artes y Humanidades (Teología), Universidad de Murcia y un apasionado del diálogo fe-cultura y el humanismo cristiano. El 2 de junio presenta, en el CESET San Pablo, el libro titulado "El Pacto Educativo Global. La educación integral como eje transformador de la nueva humanidad", en el que desarrolla la línea de investigación centrada en la visión profética del papa Francisco sobre este pacto.
¿Cómo llega usted a este tema y por qué?
Fue el Hno. Juan Antonio Ojeda (Consultor del Dicasterio para la Cultura y la Educación y responsable de proyectos de la Oficina Internacional de Educación Católica) quien, hace un par de años, me comentó un poco su labor y dedicación respecto del Pacto Educativo Global y cómo esta iniciativa del papa Francisco iba tomando forma, pese a que era relativamente reciente.
Aquello no pasó desapercibido para mí, sino que, en mis estudios de Licenciatura en Teología Fundamental, me fui inclinando hacia esta realidad eclesial y pastoral. Me llamaba la atención tanto la novedad como el enfoque integral de la propuesta, así como el gran potencial de trabajo que había por delante y pensé que sería bueno introducirme en este tema, ya que era una propuesta del papa Francisco y su estilo profético y directo siempre me habían fascinado. Además, considero que la teología fundamental es esencial en este ámbito, ya que puede aportar al Pacto Educativo Global una justificación antropológica, una fundamentación teológica y un marco para el diálogo bastante interesantes.
Así que, en mi tesina de Licencia, abordé esta iniciativa y me dediqué a profundizar en ella. Como consecuencia, adquiría, no solo mayor conocimiento de la labor educativo-pastoral de la Iglesia desde el Concilio Vaticano II hasta nuestros días, sino que, personalmente, me tomaba el Pacto Educativo Global como algo propio. En cierta manera me sentía movido a cooperar con él.
Por último, en mi día a día, como padre de familia y profesor de secundaria y bachillerato puedo ver, en parte, la realidad social, educativa, cultural y eclesial; lo que me mueve aún más, si cabe, a querer dedicar, parte de mi tiempo, a esta valiosa propuesta de la Iglesia que, en el papa Francisco, ha tenido un gran defensor e impulsor.
La necesidad de un pacto educativo global es defendida por la Iglesia desde hace décadas, y se materializó con la convocatoria lanzada por el papa Francisco en 2019. ¿En qué consiste realmente y en qué punto se encuentra?
Ciertamente, la Iglesia ya en el Concilio Vaticano II afirma en su Declaración Gravissimum educationis que la educación es una prioridad eclesial y lo es desde una visión integral de la persona humana. Esto nos lleva a considerar que la alianza educativa propuesta no es más que la puesta en acción; una respuesta adecuada a lo que los padres conciliares concluyeron.
En el primer capítulo de mi libro, realizo un breve estudio de aquellos documentos eclesiales que más han influido en el desarrollo del concepto de la educación –y educación cristiana– a lo largo de las últimas décadas. Documentos tales como Gravissimum educationis, Ex corde Ecclesiae, Veritatis gaudium, Diseñar nuevos mapas de esperanza y varios documentos del Dicasterio para la Cultura y la Educación que ponen de manifiesto la importancia y la necesidad de un desarrollo tanto teológico como de las demás ciencias humanas para una adecuada y actualizada comprensión del reto que supone la educación en estos momentos de la historia.
Benedicto XVI, ya en el año 2008 habla de una “emergencia educativa”. Por su parte, la UNESCO en el año 2022 publicó un documento llamado: “Reimaginar juntos nuestros futuros: un nuevo contrato social para la educación”. Francisco parte de la situación real y concreta que está viviendo la educación a nivel mundial y la intenta curar aportando un nombre: Pacto Educativo Global; y un estilo: sinodal.
El Pacto Educativo Global consiste en una alianza educativa cuya finalidad es una nueva humanidad más fraterna y cuyos destinatarios son los niños y jóvenes; pero también las familias, los educadores, los gobiernos locales-regionales-nacionales, el tejido empresarial, personas de la cultura, el arte y el deporte. En definitiva, se trata de recomponer el tejido social con y desde la educación.
Actualmente, observo que está en una fase de sensibilización. Desde el Dicasterio para la Cultura y la Educación y la Oficina Internacional de Educación Católica se están llevando numerosas iniciativas para llevar a cabo esta labor de información y sensibilización. En este sentido, estamos en un momento incipiente pero importante; sin embargo, son numerosas las iniciativas que van surgiendo y se van sumando. Creo que deberíamos de ir “calentando motores” para asumir esta intención en un corto plazo.
Muchos datos apuntan a que nuestra sociedad está en crisis, o viviendo un cambio de época del que todavía no es consciente. ¿Cómo afronta esta realidad el pacto? ¿Es posible aún tener esperanzas en una nueva humanidad abierta a la fraternidad, la justicia y la paz?
Francisco habla claramente de un cambio de época, de paradigma geopolítico, económico, social y cultural, y pone de manifiesto la grave crisis antropológica, que sufre el hombre actualmente. Así lo manifiesta Francisco tanto en Fratelli tutti como en Laudato si´. Sin embargo, el Pacto Educativo Global aporta, de una manera muy sincera y clara, las posibles formas de revertir esta crisis y reconstruir la humanidad.
El Dicasterio para la Cultura y la Educación, en un documento que publicó en 2014 titulado “Educar hoy y mañana. Una pasión que se renueva”, pone de manifiesto los desafíos educativos actuales y del futuro. En un contexto multirreligioso, multicultural y multiétnico, el desafío consiste en ofrecer a los jóvenes la belleza de la verdad y de la fe en Cristo; por ello, el Dicasterio considera necesario reformular la antropología en el contexto de la educación del siglo XXI. Se trataría de ofrecer una antropología: social, de la memoria y la promesa, del cosmos y del desarrollo sostenible, en definitiva, una antropología trascendente.
La Iglesia se cuestiona sobre cuál podría ser su contribución a la educación presente y futura. En respuesta a este interrogante, el Dicasterio ofrece, en el documento mencionado, una serie de desafíos a los que debemos responder con creatividad y valentía:
1. Desafío de la identidad. Se trata de redefinir la identidad de la escuela católica del siglo XXI. El objetivo es ofrecer a los jóvenes una educación integral. Equipos inspirados en el Evangelio que sepan transmitir y acoger a alumnos cristianos y no cristianos, llevando a cabo una propuesta amable de la fe, como Jesús con los discípulos de Emaús.
2. Desafío de la comunidad educativa. Frente al individualismo, la escuela católica se erige como una comunidad educativa que crea un clima familiar. Esta forma de ser es el antídoto y la solución ante el desaliento producido por la adversidad y los desafíos constantes. Para llevar a cabo esta labor, es imprescindible que las familias formen parte. Y, puesto que también es una institución que está en crisis, está necesitada de nuestra ayuda. Colegio y familia unidos en misión compartida.
3. Desafío del diálogo. El diálogo debe ser el alma de la regeneración educativa: diálogo entre los docentes entre sí, entre estos y los alumnos y entre los mismos alumnos. La gramática del diálogo, llevada de una manera adecuada, es capaz de dotar al educador de una credibilidad fascinante e interpelante.
4. Desafío de la sociedad de aprendizaje. La rapidez en los avances tecnológicos, a veces, impiden que los alumnos sean capaces de digerir tantos cambios y con tanta aceleración. Es por lo que la educación, en cierta medida, se ha podido descontrolar. La primacía del aprendizaje ya no la tiene la escuela. La economía del saber se abre a nuevas realidades que son aceptadas por los jóvenes como fuente de formación, a priori válidas. En consecuencia, debemos ofrecerles herramientas adecuadas para formar en ellos un juicio crítico con el fin de no dejarse dominar por los nuevos instrumentos de comunicación.
5. Desafío de la educación integral. En la actualidad, la educación suele responder a una lógica tecnocrática y económica que se sitúa en el marco de la economía de mercado. La propuesta de una educación integral por parte de la escuela católica es asumir que la persona debe ser respetada en su integridad. La calidad y excelencia educativas no están reñidas con la atención personalizada y humana de cada alumno. La adquisición, por parte de los alumnos, de competencias humanistas serán una urgencia educativa, y la escuela católica debe ofrecer ámbitos del saber y laboratorios de diálogo donde se crezca en humanidad.
En definitiva, ante los desafíos presentes, la Iglesia pretende humanizar la educación para que la educación humanice el mundo. No debemos olvidar que el corazón de la educación católica es la persona de Jesucristo. En estos momentos de la historia, creo que estaremos a la altura de las circunstancias si somos capaces de abrir nuestro corazón y nuestra mente al discernimiento, sin miedos ni prejuicios, a la luz del Espíritu que nos guiará hasta la verdad plena. Nuestra confianza en el Dios de lo (im)posible será ofrecerle nuestros cinco panes y dos peces. Es lo único que nos pide, confianza en Dios y confianza en la bondad del ser humano.
Los objetivos de este pacto son fácilmente asumibles por otras entidades implicadas en la educación. ¿Cómo ha sido su recepción y compromiso dentro y fuera de la Iglesia?
El decálogo de compromisos que propone el Pacto Educativo Global es perfectamente asumible por cualquier entidad, incluso aquellas no católicas o no creyentes. En este sentido el papa Francisco quiso potenciar el diálogo fe y razón, pidiendo que cinco universidades repartidas por todo el mundo profundizaran en investigaciones científicas sobre cinco áreas temáticas que impulsen, desde el ámbito universitario, los motores que deben sostener a la humanidad: a) Dignidad y derechos humanos; b) Fraternidad y cooperación; c) Tecnología y ecología integral; d) Paz y ciudadanía; e) Culturas y religiones. Por lo tanto, vemos que, desde el ámbito de la investigación se están asumiendo objetivos e implicando en el proceso.
En el ámbito de las grandes religiones del mundo, Francisco tuvo un encuentro con los principales líderes religiosos en octubre de 2021 afirmando que: “no podemos ocultar a las nuevas generaciones las verdades que dan sentido a la vida”. Por su parte, Stefania Giannini, Subdirectora General de Educación de la UNESCO admitía que: “las tradiciones espirituales del mundo y su papel fundamental en la educación promueven los valores universales del cuidado, respeto y solidaridad”. Sin duda, la asunción de la fraternidad y de los compromisos de una alianza educativa universal son una noticia de enorme impacto que manifiesta la voluntad de caminar todos en una misma dirección. Aquí entra en juego la gran labor ecuménica y de diálogo interreligioso que las diversas instituciones están llevando a cabo.
Por último, podemos destacar algunos de los modelos de pactos educativos que ya están en marcha dando frutos muy positivos. En primer lugar, se encuentra las Ciudades del Aprendizaje que surgen en el Instituto de la UNESCO para el Aprendizaje a lo largo de toda la vida con el objetivo de fortalecer a los estados miembros de la UNESCO en el ámbito educativo durante toda la vida, llevando a cabo políticas y sistemas que lo favorezcan. Se basa en los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) y la Agenda 2030 y persigue: “garantizar una educación inclusiva, equitativa y de calidad y promover oportunidades de aprendizaje durante toda la vida para todos”.
En segundo lugar, podemos mencionar las Ciudades Educadoras, su origen se remonta a 1990 en Barcelona y cuya repercusión internacional aglutina ya a 500 ciudades de 35 países miembros de la Asociación Internacional de Ciudades Educadoras. La actualización de esta iniciativa pasa por incorporar declaraciones de la UNESCO y de la Agenda 2030, entre otros; existiendo una vinculación estrecha entre sus objetivos y los del Pacto Educativo Global.
Por último, la Región Norte de Santander, en Colombia, ha desarrollado y puesto en marcha el “Pacto por la Educación: Región Norte de Santander 2050”. Dicho pacto educativo parte de una iniciativa política. Es el Gobernador de la región quien incluyó en su programa de gobierno el compromiso por una educación de calidad, inspirado entre otras realidades, en la invitación del papa Francisco.
Es decir, podemos concretar que, tanto a nivel eclesial como civil, están surgiendo y desarrollándose iniciativas globales y locales de alianzas educativas y cuyos resultados arrojan datos muy positivos. No obstante, este es el comienzo de un camino que aún debe de madurar.
¿Cómo puede una institución o una persona unirse a este pacto y qué implica?
Desde Escuelas Católicas existe una iniciativa para unirse al Pacto Educativo. Por otra parte, podemos asegurar que, desde su propuesta, numerosas instituciones eclesiales, de una u otra forma han tratado este tema en sus realidades. No obstante, creo que falta un trabajo conjunto, organizado y programático que nos ayude a todos a comprender realmente qué es y cuál es el alcance que tiene el Pacto Educativo. En este sentido, creo que, al igual que estamos respondiendo a la invitación del Sr. Obispo para la implementación de la Sinodalidad en nuestra diócesis de Málaga, creo que sería necesario algo similar para el Pacto Educativo Global. A fin de cuentas, el Pacto Educativo Global es la sinodalidad llevada al y desde el ámbito educativo.
Por ello, creo que ahora sería un momento idóneo para hacer un llamamiento con el fin de que todas aquellas realidades e instituciones se sumen a esta iniciativa que, siendo eclesial, está destinada a toda la sociedad: gobierno local y regional, tejido empresarial, realidades asistenciales, culturales y educativas.
Como nos anima Francisco en Fratelli tutti: debemos ser «buenos samaritanos que carguen sobre sí el dolor de los fracasos” con la loable intención de querer “ser constantes e incansables en la labor de incluir, de integrar, de levantar al caído».
