En las últimas décadas de siglo III, un grupo significativo de cristianos decidieron de manera individual y espontánea, impulsados por el mensaje evangélico- " vende lo que tienes, dáselo a los pobres y... ven, y sígueme"- abandonar familia, trabajo y patrimonio para buscar a Dios, y entendieron que el lugar más favorable para esa búsqueda era el desierto que garantizaba unas condiciones idóneas para una ruta que era especialmente interior; con fervor y entusiasmo se internaron en los desiertos de Palestina, Siria y Egipto, que le ofrecían la soledad y silencio.