Diagnóstico ético y reflexión existencial del sacerdote malagueño, que ha sido presentado en los cursos de verano de la Universidad de Málaga.

El rostro humano de la crisis, por Alfonso Crespo

No pretendemos realizar ningún análisis científico ni aportar soluciones técnicas o políticas. No es nuestra misión. Nuestro deseo es comprender los hechos de manera adecuada, leerlos con especial hincapié en las dimensiones ética y cultural de la crisis y sacar las debidas consecuencias de conversión y compromiso.

Nuestra primera tesis es reivindicar la necesaria e intrínseca relación entre ética y economía

Actividad económica y comportamiento ético se compenetran íntimamente. La necesaria distinción entre ética y economía no comporta una separación entre los dos ámbitos, sino al contrario, una reciprocidad importante. La Doctrina Social de la Iglesia reclama, en concreto: «dar el justo y debido peso a las razones propias de orden metaeconómico, precisamente porque el fin de la economía no está en la economía misma, sino en su destinación humana y social. A la economía, en efecto, tanto en el ámbito científico, como en el nivel práctico, no se le confía el fin de la realización del hombre y de la buena convivencia humana, sino una tarea parcial: la producción, la distribución y el consumo de bienes materiales y de servicios»2. El Papa Benedicto XVI, en su encíclica más social afirma con rotundidad: «La economía tiene necesidad de la ética para su correcto funcionamiento; no de una ética cualquiera, sino de una ética amiga de la persona».

Así pues, la dimensión ética y moral de la economía hace entender que la eficiencia económica y la promoción de un desarrollo solidario de la humanidad son finalidades estrechamente vinculadas, más que separadas o alternativas. El objetivo de la economía es la formación de la riqueza y su incremento progresivo, en términos no sólo cuantitativos sino cualitativos: todo lo cual es moral o éticamente correcto si está orientado al desarrollo global y solidario del hombre y de la sociedad en la que vive y trabaja. El desarrollo, en efecto, no puede reducirse a un mero proceso de acumulación de bienes y servicios.

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