La directora malagueña Sara G. Cortijo ganó la Biznaga de Plata al Mejor Cortometraje Documental en el Festival de Málaga en 2022 con Romeo, la historia real de María, una adolescente de 15 años de Málaga que descubre que está embarazada de su pareja, Kevin, de 17 y, a pesar de la oposición de sus familias, ambos deciden seguir adelante con el embarazo.

Sara G. Cortijo: «La gente está en búsqueda de algo»
Sara G. Cortijo Rosa Die

En esta edición, Cortijo presenta en el festival su ciudad natal el largometraje documental Meditar, un acercamiento a la comunidad de meditadores Amigos del Desierto, impulsada por el sacerdote y escritor Pablo d’Ors. La película recorre el itinerario espiritual que propone esta red de meditadores y reflexiona sobre el creciente interés por la espiritualidad en la sociedad actual. Conversamos con Cortijo sobre el origen del proyecto, su propia transformación durante el proceso y la recepción del documental.

¿Cómo nace el proyecto de Meditar?

Es una historia larga y muy marcada por las casualidades. Yo no meditaba antes. Estaba vinculada al yoga desde hacía años, pero no a la meditación. Sin embargo, el nombre de Pablo d’Ors ya me sonaba porque mi cuñado había estudiado con él en la universidad. Recuerdo incluso haber tenido en mis manos su libro Biografía del silencio hacia 2012: lo compré para regalárselo a mi cuñado, pero no lo leí. Ese libro pasó por mis manos, pero en aquel momento no era para mí. Muchos años después, en 2020, hice el Camino de Santiago con dos amigas. Fue una experiencia muy transformadora porque yo estaba atravesando una crisis personal. Una de ellas me sugirió que compartiera esa experiencia con un sacerdote. Yo no lo veía claro, pero acabé hablando con uno que conocía de la parroquia de mi madre. Fue él quien me habló de otro libro de Pablo d’Ors: Biografía de la luz. Al día siguiente lo compré en una librería de Madrid y ese libro sí me cambió la vida. Me transformó la forma de ver las cosas.

¿Cómo conociste a Pablo d’Ors?

En aquella época colaboraba con la revista Publishers Weekly. Comenté con el redactor jefe lo mucho que me interesaba Pablo d’Ors y me propuso entrevistarlo. Me pusieron en contacto con la editorial y Pablo me recibió en su casa, la que aparece en el documental. La entrevista fue muy bien. Meses después pensé que todo el bien que me estaban haciendo sus libros merecía ser compartido con más gente. Yo trabajo en audiovisual y ya había dirigido tres cortometrajes, dos de ellos documentales. Así que decidí escribirle para proponerle una película. Me respondió que sí, pero me sugirió que más que centrarse en su persona, lo hiciera en la comunidad que había creado: Amigos del Desierto.

¿Cómo fue acceder a ese mundo y grabar dentro de los retiros?

Fue un proceso delicado porque la meditación es una práctica muy íntima. Yo misma participaba en esos retiros y sabía que el objetivo es mirar hacia dentro, así que teníamos que grabar con mucho cuidado. Por ejemplo, no filmábamos una meditación completa. Grabábamos unos minutos al inicio, nos retirábamos y volvíamos al final. También había que pedir permiso a todos los participantes y gestionar cesiones de derechos. Ha sido una producción compleja y por eso la película ha tardado tres años en hacerse. Teníamos que esperar a que hubiera retiros, que el lugar permitiera rodar y que el equipo estuviera disponible. Aun así, la acogida fue muy buena: casi todo el mundo quiso colaborar.

"Poder estrenar la película en el Festival de Málaga es un escaparate extraordinario"

 

El documental está estructurado en capítulos. ¿Por qué decidiste ese formato?

Al principio hice un primer montaje completamente distinto y no me convencía. Había muchísimo material y testimonios muy ricos, y me costaba ordenar todo eso. Paré el montaje durante un tiempo y, al retomarlo, surgió la idea de organizar la película en siete capítulos. Era una forma de guiar al espectador dentro de un contenido que podía resultar muy complejo si solo se apoyaba en testimonios. Los capítulos ayudan a estructurar el viaje espiritual que propone el documental.

También utilizas cortes a negro muy marcados. ¿Qué buscabas con ese recurso?

En la película hay muchas escenas contemplativas: gente meditando, caminando o comiendo en silencio. Son momentos de quietud que transcurren prácticamente en tiempo real. Los cortes a negro funcionan como un contrapunto, como una forma de marcar pausas y dar ritmo a la película.

En los últimos años parece haber un resurgimiento del interés por la espiritualidad. ¿Cómo lo interpretas?

Creo que hay un anhelo real. Lo he vivido en mi propia experiencia y lo veo en la gente que se acerca a Amigos del Desierto. Solo esta asociación reúne a más de 22.000 personas que se han interesado por su propuesta. Y también lo estoy viendo ahora con el documental: las entradas para el estreno en el Festival de Málaga se agotaron en pocas horas. En muchas entrevistas los propios periodistas me dicen que ellos también están en búsqueda. Hay algo que la gente está intentando encontrar, aunque cada uno lo nombre de una manera distinta.

Algunas personas podrían ver “Amigos del desierto” con suspicacia y pensar que se trata de una secta. ¿Qué les dirías?

Es una pregunta que ha surgido varias veces. Lo primero que diría es que aquí nadie obliga a nada. Todo el mundo participa libremente. Además, la pluralidad dentro de Amigos del Desierto es enorme. Hay creyentes, ateos, personas de otras tradiciones espirituales… Esa diversidad me parece una señal de salud. Pablo d’Ors tampoco intenta convencer a nadie. Simplemente ofrece un camino y cada uno decide si quiere recorrerlo o no.

El documental habla de una meditación de tradición cristiana, pero no insiste demasiado en referencias explícitas a Jesucristo o a los sacramentos. ¿Fue una decisión consciente?

En parte sí. Al principio yo tenía cierto miedo de que el término cristiano generara rechazo en algunos espectadores. Por eso no quería poner demasiado el foco ahí. Pero durante estos tres años mi propia perspectiva ha cambiado. Ahora subrayo más que se trata de una meditación de tradición cristiana. En la película lo dice también Luis Omar: no hace falta viajar a Oriente para encontrarnos a nosotros mismos, porque en nuestra propia tradición ya existen caminos de interioridad. A veces nos hemos alejado de ellos, pero siguen ahí.

¿Qué supone para ti haber estrenado la película en el Festival de Málaga?

No puedo estar más agradecida. Que la productora Factoría de Creación apostara por el proyecto ya fue muy importante. Después se sumó la distribuidora A Contracorriente, una de las más relevantes de España. Y poder estrenarla en el Festival de Málaga es un escaparate extraordinario. Creo que no podríamos haber tenido mejor impulso para que la película empiece su recorrido. De hecho, de alguna manera también ha sido una salida del armario, hay gente cercana que no conocía esta faceta mía. Además, el documental tiene un significado muy especial porque mi madre falleció el año pasado después de una enfermedad larga. Ella era muy creyente y muy activa en la parroquia donde yo crecí. Yo me alejé completamente de la Iglesia después de la comunión, pero que este camino haya llegado a mi vida y que pueda compartirlo a través de una película me parece el mejor homenaje que puedo hacerle. Es como si aquella semilla que ella sembró hubiera terminado floreciendo ahora.