En mitad de la Cuaresma, concretamente el IV Domingo de este tiempo penitencial que comenzamos el Miércoles de Ceniza, la Iglesia establece un día de cierta atenuación de la sobriedad que impregna la liturgia de estos días.
Se permite, por ejemplo, colocar flores en el altar, restringidas en este tiempo, y los instrumentos pueden sonar con mayor solemnidad a la acostumbrada en los 40 días de preparación para la Pascua. También el habitual color morado en las vestiduras sagradas, que alude a la penitencia y la conversión, el mismo que se viste en las misas de difuntos, se puede sustituir este día por el alegre color rosado.
Y es que el IV Domingo de Cuaresma, también conocido como domingo “Laetare” (Alégrate) por la palabra latina con la que empieza la antífona de entrada que se proclama en la Misa, es un día para alegrarnos en medio del desierto cuaresmal, porque la luz del cirio pascual comienza a brillar tenuemente al final del túnel. Por eso, también las lecturas de este día tienen muy presente la luz, que vencerá a la muerte y a la oscuridad en muy pocos días ya. La Pascua de Resurrección, la fiesta cristiana por excelencia, se acerca; pero ya, hoy mismo, vivimos en la alegría de ser amados y en la esperanza de ser salvados.
ANTÍFONA DE ENTRADA IV DOMINGO DE CUARESMA
Alégrate, Jerusalén,
reuníos todos los que la amáis,
regocijaos los que estuvisteis tristes para que exultéis;
mamaréis a sus pechos y os saciaréis de sus consuelos.
