Ofrecemos las homilías completas de Mons. Catalá durante diversas celebraciones en esta Semana Santa 2009

Homilías del Sr. Obispo

Domingo de Ramos

(Catedral-Málaga, 5 abril 2009)

Lecturas: Is 50, 4-7; Sal 21; Flp 2, 6-11; Mc 14, 1 — 15, 47.

Revivir el Misterio pascual de Cristo

1. Un fraternal saludo a mi hermano en el episcopado, D. Fernando, y a todos los miembros del Cabildo Catedral y demás ministros del altar. Bienvenidos todos, hermanos, a esta celebración del Domingo de Ramos.

Desde sus inicios la iglesia de Jerusalén leía el relato de la Pasión del Señor, preparando la gran fiesta de la Pascua, como hemos hecho hoy nosotros. Hemos iniciado la celebración de hoy bendiciendo los ramos y palmas y aclamando al Señor en solemne procesión, a imitación del pueblo judío, que aclamó a Jesús en su entrada triunfante en Jerusalén. Ahora, ya en el templo catedral, celebramos la Eucaristía, memorial de la muerte y resurrección de Jesucristo.

El Domingo de Ramos es el pórtico de la Semana Santa y nos introduce en ella. La celebración de hoy engloba los dos aspectos fundamentales del misterio pascual: muerte y vida, fracaso y triunfo, entrada triunfal y camino hacia la muerte, humillación y exaltación, como nos dice el himno de Pablo en la carta a los Filipenses: «Se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre» (Flp 2, 8-9). Éste es el sentido de la Pascua: el paso de la muerte a la vida, de la ignominia a la glorificación.

Vamos a celebrar, en esta Semana Santa, el Triduo pascual, que es el centro del Año litúrgico. Por eso, en este Domingo de Ramos, queremos prepararnos de modo especial para contemplar el Misterio pascual de Cristo, misterio de amor de Dios a los hombres, y hacer que penetre en nuestras vidas. Queremos, queridos hermanos, revivir con Cristo su pasión, muerte y resurrección.

Las celebraciones litúrgicas del Jueves Santo, Viernes Santo y solemne Vigilia Pascual nos envolverán en el misterio de la pasión, de la muerte y resurrección del Señor. Sigamos la invitación de San Agustín: “Considera ahora atentamente los tres días santos de la crucifixión, de la sepultura y de la resurrección del Señor. De estos tres misterios realizamos en la vida presente aquello de lo que es símbolo la cruz, mientras realizamos a través de la fe y de la esperanza, aquello de lo que es símbolo la sepultura y la resurrección” (Carta 55, 14, 24).

2. El Triduo Pascual inicia con la misa vespertina de la Cena del Señor, en el Jueves Santo. Previamente, cada obispo celebra con su presbiterio la Misa Crismal, durante la cual, los sacerdotes renuevan las promesas sacerdotales y participan en la bendición de los óleos de los catecúmenos, de los enfermos y del crisma, que se utilizarán para la celebración de los sacramentos.

Después de la Cena Pascual, mientras el Señor Jesús vela y ora, angustiado, sus amigos más íntimos se duermen y no le acompañan en esta hora tan difícil y tremenda. Les pidió que velaran con él, permaneciendo en oración, pero sus discípulos se durmieron.

El Señor nos invita también a nosotros y nos dice: «quedaos aquí y velad conmigo» (Mt 26, 38). Pero nosotros, al igual que sus discípulos no somos capaces de velar y orar, permaneciendo a su lado. Jesús vivió la hora de la soledad y del abandono de los suyos. Una noche larga y dura le esperaba, llena de sufrimiento y maltratos.

3. El Viernes Santo conmemoramos la Pasión y Muerte del Señor. Es día de ayuno y penitencia, que nos invita a contemplar a Cristo, clavado en la Cruz por nuestros pecados: «Mirarán al que traspasaron» (Jn 19, 37). En la celebración litúrgica se proclama la narración de la Pasión y Muerte de Jesús.

En este Año Paulino recordamos, una vez más, a San Pablo, quien después de su encuentro con el Señor, sólo quiso conocer «a Jesucristo, y éste crucificado» (1 Co 2, 2).

En Cristo descubrió Pablo de Tarso toda la riqueza y sabiduría que iba buscando; en Él se revela la profundidad y las dimensiones cósmicas de un amor que supera todo conocimiento y va más allá de lo que se conoce. El deseo de Pablo es el mío para todos vosotros, queridos hijos de esta amada Diócesis de Málaga: «Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, para que, arraigados y cimentados en el amor, podáis comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que os vayáis llenando hasta la total Plenitud de Dios» (Ef 3, 17-19).

4. En el Sábado Santo la Iglesia, uniéndose espiritualmente a María, la Madre del Redentor, permanece en oración y en silencio, contemplando el descanso del Señor, que ya ha cumplido con su muerte la obra creativa de la redención (cf. Heb 4, 1-13). Meditemos, hermanos, con esperanza la promesa de compartir su descanso, donde entran quienes creen en Él (Heb 4, 3) y «esforcémonos, pues, por entrar en ese descanso, para que nadie caiga imitando aquella desobediencia» (Heb 4, 11).

Por la noche celebraremos, con gran gozo y luminosidad, la solemne Vigilia Pascual, contemplando la Resurrección del Señor y cantando alegres el «Gloria» y el «Aleluya» pascual, junto con los nuevos bautizados, festejando así la victoria de Cristo sobre la muerte.

5. Queridos malagueños, os invito de corazón a re-vivir el Misterio pascual de Cristo. Para poder vivir una provechosa celebración de la Pascua, la Iglesia pide a los fieles acercarse en estos días al sacramento de la Penitencia, que es como una especie de muerte y de resurrección para cada uno de nosotros.

El mejor modo de prepararse para la Pascua, cumpliendo con el precepto de la Iglesia, es realizando una buena confesión, pues nos ofrece la posibilidad de volver a comenzar nuestra relación rota con Dios. Conscientes de que somos pecadores, pero confiando en la divina misericordia, dejémonos reconciliar por Cristo (cf. 2 Co 5, 18-20), para experimentar más intensamente la alegría que nos comunica con su resurrección. El perdón de los pecados, que Cristo nos ofrece en el sacramento de la Penitencia, es manantial de paz y nos hace apóstoles de paz, en un mundo lleno de odio y falto de amor. El mal no tiene la última palabra, pues Cristo crucificado y resucitado venció el pecado, el odio y la muerte.

¡Que María Santísima, NªSª de la Victoria, Patrona de nuestra Diócesis, interceda por todos nosotros y nos acompañe en el seguimiento de su divino Hijo, en la hora dolorosa de su muerte y también en la alegría de su resurrección! Amén.

Misa Crismal

(Catedral-Málaga, 8 abril 2009)

Lecturas: Is 61, 1-3.6.8-9; Sal 88; Ap 1, 5-8; Lc 4, 16-21.

Unidad y armonía en la vida interior del presbítero

1. En esta hermosa celebración litúrgica conmemoramos la unción de Jesucristo por el Espíritu Santo: «El espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido» (Lc 4,18). Este texto del libro de Isaías, que también hemos proclamado en el Evangelio de Lucas, expresa la realidad de nuestro ministerio sacerdotal.

En primer lugar, manifiesta la elección de la que los sacerdotes hemos sido objeto de parte de Dios: «El Señor desde el seno materno me llamó; desde las entrañas de mi madre recordó mi nombre» (Is 49, 1). Cada uno de nosotros hemos sido llamados a representar a Jesucristo Sacerdote. En el origen más íntimo de la vocación hay un acto de elección del Señor, que llama a quien quiere, para hacerlo amigo suyo. Al inicio de su vida pública, Jesús llamó a sus discípulos: «Subió al monte y llamó a los que Él quiso; y vinieron donde él» (Mc 3, 13). El Señor espera que nosotros respondamos cada día con fidelidad y con alegría. La experiencia pastoral nos permite constatar que allí donde hay un sacerdote, que vive gozosamente su vocación, la comunidad cristiana vive también gozosa su fe y nacen en ella nuevas vocaciones.

En segundo lugar, expresa la triple unción, sacerdotal, profética y real, con la que hemos sido ungidos por el Espíritu Santo, para desempeñar la misión específica sacerdotal, a la que hemos sido llamados. Todo ello queda patente, de modo especial, en esta celebración.

2. Jesucristo ha querido incorporar a todos los cristianos a su sacerdocio, mediante el sacramento del Bautismo, y ungirles con su Espíritu; y a los presbíteros nos ha incorporado, además, a su ministerio sacerdotal mediante el sacramento del Orden; ha querido hacernos partícipes de su misión como Cabeza y Pastor de la Iglesia (cf. Presbyterorum ordinis, 6).

Hoy queremos agradecer a Dios-Padre la elección que ha hecho de nosotros, para asociarnos a la consagración sacerdotal de su Hijo Jesús mediante la unción de su Espíritu.

La elección del Señor y la misión que nos otorga nos hacen semejantes a Él y nos permiten participar de su misión y de su vida. El Señor nos ha llamado y acogido en su Reino de sacerdotes: «Ha hecho de nosotros un Reino de Sacerdotes para su Dios y Padre» (Ap 1, 6).

La liturgia de hoy nos invita a recitar con el salmista: Cantaré eternamente tus misericordias, Señor (cf. Sal 88). Estamos inmensamente agradecidos a Dios, nuestro Padre, que ha tenido la benevolencia de llamarnos a participar en el sacerdocio de su Hijo. ¡Demos gracias a Dios por el don del sacerdocio a su Iglesia, del que todos, también los sacerdotes, estamos necesitados!

3. El acto gratuito de llamamiento y de amistad de parte del Señor conlleva una misión y un envío: «Me ha enviado para dar la buena noticia a los humildes» (Is 61, 1). El Señor se acerca a quienes lo acogen; a los sencillos y humildes de corazón, como María; a quienes no se sienten ricos y llenos de sí mismos; a quienes confían en su misericordia (cf. Hb 4, 16). Nuestra misión, queridos sacerdotes, va dirigida a todos los hombres, pero los orgullosos y endiosados no desean muchas veces aceptan al Salvador.

Sin embargo, hay muchos corazones desgarrados, que curar; hay muchos cautivos, a quienes proclamar la amnistía; hay muchos prisioneros, a quienes anunciar la libertad (cf. Is 61, 1). Nuestra sociedad está muy necesitada, queridos sacerdotes, de vuestros cuidados pastorales, aunque no los pida ni sea consciente de sus enfermedades morales. Por eso nuestra misión se hace hoy más ingrata y difícil.

4. En los encuentros que he tenido con vosotros, sobre todo en los arciprestazgos que he visitado, he podido constatar una cierta desazón interior, fruto del agobio ante la infinidad de tareas pastorales, que nos apremian y que exigen nuestra presencia.

Se añade a esta preocupación la constatación del secularismo, que invade nuestra sociedad, y la indiferencia, cuando no el ataque, de quienes no comparten nuestra fe. No son tiempos fáciles para vivir el cristianismo; pero seamos sinceros, nunca ha sido fácil el seguimiento de Jesucristo, aún cuando pareciera que toda la sociedad era sociológicamente cristiana.

La pluralidad de tareas nos agobia; y las dificultades en el anuncio del Evangelio y en la educación en la fe de los cristianos paralizan a veces nuestra acción, o simplemente nos frenan en la adopción de formas nuevas, más adaptadas a los tiempos actuales.

En nuestro tiempo siguen presentes las causas de “desierto espiritual”, que afligen a la humanidad y minan también a la Iglesia. Los sacerdotes no estamos exentos de estas influencias.

5. Es necesario que los sacerdotes obtengamos la unidad y la armonía en nuestra vida interior. Teológicamente está claro que el principio interior, que anima y guía la vida del presbítero, es la caridad pastoral (cf. Pastores dabo vobis, 23). Es preciso centrar nuestras fuerzas en lo que es más esencial e importante en nuestro ministerio; y acudir de nuevo a las fuentes del sacerdocio.

El Concilio Vaticano II hizo ya en su tiempo un certero análisis de esta situación: “Los presbíteros, sobrecargados y agitados por las muchas obligaciones de su ministerio, no pueden pensar sin angustia cómo lograr la unidad de su vida interior con la magnitud de la acción exterior. Esta unidad de vida no la pueden conseguir ni el orden meramente externo de la obra del ministerio, ni la sola práctica de los ejercicios de piedad, aunque la ayudan mucho. La pueden organizar, en cambio, los presbíteros imitando en el cumplimiento de su ministerio el ejemplo de Cristo Señor, cuyo alimento era cumplir la voluntad de Aquel que lo envió a completar su obra” (Presbyterorum ordinis, 14).

Cristo es siempre principio y fuente de la unidad de la vida del sacerdote. Uniéndose a Jesucristo, en el conocimiento de la voluntad del Padre y en la entrega de sí mismos por el rebaño, que se les ha confiado, conseguirán los presbíteros la unidad de su vida.

El Papa Benedicto XVI, en un encuentro con sacerdotes, insistía en esta misma idea: “Es indispensable volver siempre de nuevo a la raíz de nuestro sacerdocio. Como bien sabemos, esta raíz es una sola: Jesucristo, nuestro Señor (…). Pero este Jesús no tiene nada que le pertenezca; es totalmente del Padre y para el Padre. Por eso dice que su doctrina no es suya, sino de aquel que lo envió (cf. Jn 7, 16): el Hijo no puede hacer nada por su cuenta (cf. Jn 5, 19. 30)” (Benedicto XVI, Discurso a los presbíteros y diáconos de la diócesis de Roma, Basílica de San Juan de Letrán-Roma, 13 mayo 2005).

Los sacerdotes podemos tener la tentación de programar las acciones pastorales desde nuestras perspectivas y deseos, tal vez sin exponerlas demasiado a la luz de la voluntad de Dios. La oración de Jesús se caracterizaba por la escucha de la voluntad del Padre, para realizarla fielmente después, como podemos apreciar en su oración en el huerto de Getsemaní (cf. Mt 26, 42).

Estimados presbíteros, deseo caminar con vosotros y buscar juntos la mejor manera de servir al Señor, escuchando su voluntad. En esta celebración se nos invita a renovar nuestra ilusión sacerdotal y a reavivar el don que recibimos con la imposición de manos, como le decía Pablo a su amigo y discípulo Timoteo (cf. 1 Tm 4, 14). A este respecto, el Papa Benedicto XVI nos anima a recordar el don del sacerdocio: “Jesucristo quiere ejercer su sacerdocio por medio de nosotros. Este conmovedor misterio, que en cada celebración del Sacramento nos vuelve a impresionar, lo recordamos de modo particular en el Jueves Santo. Para que la rutina diaria no estropee algo tan grande y misterioso, necesitamos ese recuerdo específico, necesitamos volver al momento en que él nos impuso sus manos y nos hizo partícipes de este misterio” (Homilía en la Misa Crismal, 2006). Esto es lo que hoy celebramos en esta Eucaristía.

6. Queridos sacerdotes, esta es la primera Misa Crismal que celebro con vosotros. Tenía verdaderos deseos de compartir esta celebración y dar gracias a Dios con vosotros por el don del sacerdocio ministerial. Doy gracias a Dios por todos y cada uno de vosotros, porque sois un don para la Iglesia y un regalo para mi ministerio.

La Misa Crismal es siempre una cita gozosa del presbiterio diocesano con el Obispo, para dar gracias a Dios por nuestra vocación y para renovar nuestros compromisos sacerdotales.

Quiero expresaros mi agradecimiento por vuestra entrega generosa, por vuestro esfuerzo, por vuestra ilusión en ejercer la noble misión que el Señor nos ha confiado.

Aún no he tenido la oportunidad de hablar personalmente con todos y cada uno de vosotros. Pero sabed que os llevo en el corazón y os tengo muy presentes en mi oración. El Señor nos permitirá ir conociéndonos, poco a poco, y compartir las ilusiones y esperanzas del ministerio, los retos pastorales y las dificultades del camino. Al iniciar mi ministerio entre vosotros, os repito el ánimo, que nos transmitió el venerado Papa Juan Pablo II al inicio de su pontificado y que tantas veces escuchamos sus labios: “¡No tengáis miedo. Abrid las puertas a Cristo!”.

7. Quiero saludar, de modo especial, a mis hermanos en el episcopado, Don Fernando y Don Antonio, a quienes agradezco su presencia en esta Misa Crismal, que es expresión significativa de la comunión en la Iglesia.

Saludo también al pueblo fiel, que nos acompaña en esta acción de gracias y que aprecia el valor del sacerdocio ministerial. Queridos fieles, vuestro amor a los sacerdotes y al Sucesor de Pedro es amor al propio Cristo en su Iglesia. Quiero agradecer vuestra cercanía a los sacerdotes y vuestra solicitud por ellos.

Dentro de breves momentos renovaremos las promesas sacerdotales, manifestando, una vez más, el agradecimiento a Dios por el don del sacerdocio y pidiendo su fuerza para hacer siempre su voluntad.

Pedimos a la Virgen María, Madre de Jesucristo Sacerdote, bajo el título de NªSª de la Victoria, Patrona de nuestra Diócesis, que interceda por nosotros y nos acompañe con su maternal solicitud y con su presencia amorosa. Amén.

Misa "In coena Domini" del Jueves Santo

(Catedral-Málaga, 9 abril 2009)

Lecturas: Ex 12, 1-8.11-14; Sal 115; 1 Co 11, 23-26; Jn 13, 1-15. (2008)

Amaos unos a otros como yo os he amado

1. El Señor Jesús, inmediatamente después de instituir la Eucaristía en la última Cena, pronunció el mandamiento nuevo del Amor. Jesús dijo a sus apóstoles: «Tomad, comed, esto es mi Cuerpo, que se entrega por vosotros» (Lc 22, 19) e inmediatamente después les exhortó: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros» (Jn 13, 12-15). Este gesto, que Jesús hace en la intimidad de la Última Cena, lo vamos a rememorar esta tarde, durante la celebración. Y en este ambiente de recuerdo del encuentro íntimo de Jesús con sus apóstoles, deseo reflexionar con vosotros sobre el gran mandamiento del amor: Amaos unos a otros como yo os he amado.

El mandato de nuevo del amor nace de la Eucaristía; por ello, entre ambos existe un íntimo vínculo de unión, que nace del amor eterno de Dios por nosotros. El Señor Jesús expresamente escenificó el gesto de amor en la Última Cena al lavar los pies a sus apóstoles.

2. Jesucristo ofrece el sacrificio de su vida y se entrega por amor a toda la humanidad; se entrega por cada uno de nosotros; se entrega por cada pecador, para que pueda ser reconciliado con el Padre; se entrega para que todo hombre pueda tener vida eterna: «Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por él vida eterna» (Jn 3, 14-15).

El amor infinito de Dios al hombre le lleva a entregar a su Hijo Único: «Tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16).

Jesús, el Hijo, cumple fielmente la voluntad del Padre (cf. Gal 1, 4) y expresa plenamente el amor de la Trinidad hacia los hombres de todos los tiempos; y por tanto, a cada uno de nosotros. Jesús es la manifestación humana total y plena del amor misterioso de Dios. El amor de Jesús es sin reservas: «Habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13, 1).

3. En esta celebración eucarística del Jueves Santo el Señor nos invita cariñosamente a amarnos como Él lo ha hecho: «Amaos unos a otros como yo os he amado» (Jn 13, 34).

Estamos llamados, pues, queridos hermanos, a recibir el amor de Dios; a llenar nuestro corazón del amor paternal de Dios; y, al mismo tiempo, a compartirlo con los demás. Como buenos hijos, participamos del amor de Padre y lo compartimos con los hermanos. Somos exhortados por el mismo Cristo a seguir su ejemplo: a amar al prójimo, como Él nos ha amado; hasta el extremo, sin reservas, hasta la donación total de nuestra vida.

El Señor quiso dejar bien claro en qué consiste aquella plenitud del amor, con que debemos amarnos mutuamente, cuando nos dijo: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15, 13).

San Agustín, comentando este texto y parafraseando el libro de los Proverbios (cf. Prov 23, 1), nos recuerda los compromisos de este mandamiento: “Sentado a la mesa de tu Señor, mira bien qué te ponen delante, y pon la mano en ello pensando que luego tendrás que preparar tú algo semejante” (cf. San Agustín, Tratado 84 sobre el Evangelio de san Juan).

4. La mesa del Señor no es otra que la Eucaristía, en la que tomamos el Cuerpo y la Sangre de Aquel, que dio su vida por nosotros. “Sentarse a su Mesa” significa acercarse a ella con humildad, aceptando la realidad que allí acontece.

“Mirar bien lo que nos ponen delante” equivale a tomar conciencia de la grandeza de este don y de lo que significa el sacramento eucarístico.

“Poner la mano en ello, pensando que luego tendremos que preparar algo semejante”, significa que, así como Cristo dio su vida por nosotros, también nosotros debemos dar la vida por los hermanos. Así nos lo ha dicho San Juan, de manera clara y expresa, en su carta: «Cristo dio su vida por nosotros; también nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos» (1 Jn 3, 16), amándonos mutuamente como Él nos amó.

Como dice san Pedro: «Cristo padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas» (1 Pe 2, 21). Participar, queridos hermanos, en la Eucaristía implica estar dispuestos a preparar algo semejante a lo que hizo Jesús por nosotros. Así lo afirma San Agustín, al presentarnos el ejemplo de los mártires: “Esto lo que hicieron los mártires, llevados por un amor ardiente. (…) Si nos acercamos a la mesa del Señor, para participar del banquete en que ellos se saciaron, es necesario que preparemos luego nosotros algo semejante, tal como ellos hicieron (San Agustín, Tratado 84 sobre el Evangelio de san Juan).

5. El amor al prójimo nace de la Eucaristía. Por tanto, si deseamos honrar el Cuerpo de Cristo que recibimos en la Eucaristía, amémosle en los hermanos, especialmente en los más pobres y necesitados, porque ellos son también el cuerpo de Cristo, y en ellos está Jesús mismo.

Hoy, Jueves Santo, celebramos el “Día de Caridad”. La Iglesia nos invita a compartir nuestros bienes con los hermanos más necesitados. No lo hacemos en esta época, porque pasemos por un momento de difícil situación económica a nivel mundial; no compartimos sólo porque estemos en un momento de crisis económica. Lo hacemos y lo debemos hacer siempre, como consecuencia de nuestro compromiso bautismal y de nuestra participación en la Eucaristía.

San Juan Crisóstomo nos recuerda: “¿Deseas honrar el cuerpo de Cristo? No lo desprecies, pues, cuando lo contemples desnudo en los pobres, ni lo honres aquí en el templo, con lienzos de seda, si al salir lo abandonas en su frío y desnudez. Porque el mismo que dijo: «Esto es mi Cuerpo» y con su palabra llevó a realidad lo que decía, afirmó también: «tuve hambre y no me disteis de comer» y más adelante: «siempre que dejasteis de hacerlo a uno de estos pequeñuelos, a mí en persona me lo dejasteis de hacer»” (San Juan Crisóstomo, Homilía. 50, 3-4).

6. Agradezcamos, pues, al Señor que instituyera la Eucaristía, anticipando así la entrega de su vida en la cruz y nos diera ejemplo de amor generoso.

Agradezcamos también hoy, Jueves Santo, la institución del sacerdocio, que perpetúa en la Iglesia, a través de los tiempos, el sacrificio pascual del Señor.

Pidamos a Dios que nos conceda sacerdotes santos y que no falte en la Iglesia este hermoso don, para el servicio de los hermanos.

Pidamos a la Virgen Santísima, Madre de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, que nos ayude a participar con fruto del sacramento eucarístico y por su intercesión conceda el Señor abundantes sacerdotes, para proseguir su obra redentora. Amén.

Celebración de la Pasión del Señor del Viernes Santo

(Catedral-Málaga, 10 abril 2009)

Lecturas: Is 52, 13 — 53, 12; Sal 30; Hb 4, 14-16; 5, 7-9; Jn 18, 1-40 — 19, 1-42.

El Amor de Dios a través de su Palabra

1. El amor de Dios al hombre hunde sus raíces en la eternidad: «Él nos eligió antes de crear el mundo» (Ef 1,4), dice el apóstol Pablo. Este inmenso amor se ha manifestado en el tiempo, en una serie de acciones concretas, que constituyen la historia de la salvación. Estas acciones salvíficas o gestas de Dios, van siempre iluminadas por su Palabra para poder ser entendidas adecuadamente. En esta tarde de Viernes Santo queremos contemplar el Amor de Dios a través de su Palabra.

El diálogo con el hombre Dios lo inició ya en la creación, puesto que la creación es un verdadero acto de amor, el acto primordial del amor de Dios al hombre. Desde ese momento Dios entabla una historia de amor con el hombre, que continuará hasta la eternidad.

Dios habló antiguamente a nuestros padres de ese amor suyo por el hombre, en múltiples ocasiones y de muchas maneras (cf. Hb 1,1). Habló por los profetas, mensajeros del amor de Dios y pregoneros de su voluntad, atalayas del pueblo de Israel, vigías que lo custodiaban.

En los profetas y en la literatura sapiencial hay preciosas imágenes con las que Dios compara su amor al de una madre (cf. Is 66,13), al de un padre (cf. Is 63,16; Sal 68,6; 89,27; 103, 13), al de un esposo (cf. Is 54,5; Sal 19,6). Eran todas palabras de amor; palabras de un Dios-Amor, que quería compartir su vida con los hombres. Dios mismo resume en una frase, por boca de Jeremías, su forma de proceder con Israel, diciendo: «Con amor eterno te amé» (Jr 31, 3).

Sin embargo, el pueblo despreció muchas veces la palabra de estos mensajeros de Dios y no quiso hacer caso. Se negaba a escuchar palabras de amor.

2. Pero a Dios no le bastó con hablarnos de su amor a través de los profetas y de otros mensajeros sagrados, sino que nos habló por medio de su propio Hijo: «Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo» (Hb 1,2). Hay una gran diferencia, queridos hermanos, entre las palabras dichas por hombres en nombre de Dios y la Palabra del Hijo de Dios. Jesús de Nazaret no se limita a hablarnos del amor de Dios, como hacían los profetas anteriores a Él, sino que Él mismo es la manifestación plena del amor de Dios (cf. 1 Jn 2,5), porque “Dios es amor” (cf. 1 Jn 4,8) y Jesús es Dios (cf. Jn 20,31).

Con Jesús, Dios ya no nos habla desde lejos, sirviéndose de intermediarios; ahora nos habla en persona. Nos habla desde nuestra condición humana, habiendo probado hasta el fondo el cáliz del sufrimiento: «La Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros» (Jn 1,14). Pero los hombres, en vez de estar agradecidos, también hemos rechazado esta gran y única Palabra de amor.

3. Dios se hizo hombre en Jesús de Nazaret y vino a vivir en medio de nosotros, asumiendo nuestras miserias humanas, nuestros pecados, nuestras enfermedades y dolores; y lo cargó todo sobre sus espaldas. Como hemos escuchado en el texto del profeta Isaías: «Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. El soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus cardenales hemos sido curados» (Is 53,5).

Jesús nos ha amado con un corazón humano y divino a la vez; de manera perfectamente humana, aunque con medida divina, es decir, infinitamente y sin reservas. Es un amor lleno de fuerza y de delicadeza, de oblación y de ternura.

La prueba suprema de su amor ha sido la entrega total de sí mismo: «Habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1); es decir, hasta los últimos límites del amor.

La Palabra eterna de Dios, hecha carne, nos habla abiertamente del gran amor de Dios al hombre: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único» (Jn 3,16).

4. La liturgia de este Viernes Santo nos invita a contemplar a Cristo, clavado en la cruz por nosotros; a contemplar al Amor de Dios, traicionado por el hombre; a contemplar la Palabra divina, para escuchar su mensaje de amor; a contemplar la obediencia del Siervo de Yahveh, para seguir su ejemplo. A pesar de ser Hijo de Dios, Jesús supo escuchar la voluntad del Padre y obedecerle: «Aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia» (Hb 5,9).

La contemplación del Verbo eterno, clavado en la cruz, nos invita a escuchar la Palabra de Dios y a obedecerla con fidelidad. Quienes la obedezcan podrán gozar de la salvación, porque Jesús «llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen» (Hb 5,9).

Acompañando al Señor en su agonía, hemos escuchado hoy, desde la iglesia del Sagrario de la Catedral de Málaga, la predicación la Siete Palabras, a cargo de varios canónigos de esta Catedral. Estas siete palabras también fueron palabras de amor, que Cristo pronunció desde el altar de la cruz.

5. Acabamos de escuchar el relato de la Pasión y Muerte de Jesús, según el evangelista san Juan (cf. Jn 18, 1 — 19, 42). Jesús, estando en la cruz, eleva sus manos al Padre como oración y ofrenda en la tarde de su vida; Él se ofrece en sacrificio, como oblación agradable al Padre y ora por la humanidad pecadora. Se ha ofrecido por cada uno de nosotros y ha ofrecido al Padre la oración por cada uno de nosotros. Uniéndonos, pues, a la oración y al sacrificio de Jesucristo, pidamos con el salmista: «Suba mi oración como incienso en tu presencia; el alzar de mis manos como ofrenda de la tarde» (Sal 141,2) y ofrezcamos a Dios, junto con Jesús, nuestra vida y nuestra obediencia a su Palabra.

¡Que la Virgen María, a quien Jesús, desde la cruz, nos regaló como Madre, interceda por todos nosotros con su maternal solicitud! Amén.