La parroquia de Stella Maris acogió la celebración de la Eucaristía con motivo de la fiesta de san José Obrero, convocada por la Plataforma Iglesia por el Trabajo Decente (HOAC, Cáritas y CONFER). Presidida por el obispo Mons. Satué, estuvo concelebrada por el delegado para Cáritas, Antonio Collado; el párroco José Manuel Fernández y el sacerdote Salvador Jurado, miembro de la HOAC.
Miembros de la Hermandad Obrera de Acción Católica, Migraciones, congregaciones religiosas, grupos de pastoral obrera y feligreses de múltiples parroquias participaron en la Eucaristía en la que comenzaba dando gracias «por todas las personas que, con su trabajo, construyen cada día un mundo más habitable, y recordamos también las luchas del movimiento obrero por la dignidad, los derechos y un trabajo humano para todas las personas, especialmente para aquellas personas que sufrimos/sufren mayor precariedad, las personas migrantes. Para la Iglesia, san José no le resta fuerza a esta memoria, al contrario: en él reconocemos a tantos trabajadores y trabajadoras anónimos, “santos de la puerta de al lado”, que han vivido con generosidad y sacrificio sus tareas de cada día. José, carpintero de Nazaret, nos muestra que el trabajo escondido, hecho con amor, puede ser lugar de encuentro con Dios y de servicio a la humanidad. Pidamos, por su intercesión, saber vivir nuestro trabajo como colaboración con la obra creadora de Dios y comprometernos para que todas las personas tengan un trabajo decente, que cuide la vida».
En su homilía, Mons, Satué habló de dignidad, bendición y llamada y señaló que «el trabajo, sea cual sea, manual o intelectual, pagado o gratuito, visible o escondido, prestigioso o humilde, es un lugar donde nos desarrollamos, donde podemos madurar y crecer. A través del trabajo, vamos moldeando nuestra propia personalidad. Cada tarea bien hecha nos hace más humanos. Cada esfuerzo honesto nos fortalece por dentro, cada responsabilidad asumida nos educa en la constancia y en la entrega. El trabajo no solamente es para nuestro crecimiento personal, siempre tiene una dimensión social. Cuando trabajamos sostenemos a nuestras familias, contribuimos al bien común, construimos una sociedad más justa y habitable. El trabajo es una forma concreta de amar al prójimo».
Manifiesto de la Plataforma Iglesia por el Trabajo Decente para el 1º de Mayo 2026: “Ante la exclusión, trabajo decente”
En este 1º de Mayo, Día Internacional del Trabajo y fiesta de San José Obrero, las entidades que formamos la iniciativa Iglesia por el Trabajo Decente alzamos nuestra voz bajo el lema que guía nuestro compromiso este año: “Ante la exclusión, trabajo decente”.
Constatamos con preocupación que el mundo del trabajo sigue siendo un espacio donde demasiadas personas quedan fuera, descartadas. El desempleo, la precariedad, los salarios insuficientes, la temporalidad abusiva, la siniestralidad laboral y el deterioro de la salud mental siguen marcando la vida de miles de trabajadores y trabajadoras.
Como nos recuerda el papa León XIV en su mensaje de Cuaresma de 2026, “la escucha del clamor de los oprimidos es el comienzo de una historia de liberación”. Queremos escuchar ese clamor que hoy se eleva desde quienes no encuentran empleo, desde quienes lo pierden con facilidad, desde quienes trabajan sin derechos suficientes y desde quienes aportan a la economía en condiciones de invisibilidad y miedo.
Afirmamos que el trabajo debe cuidar la vida de quienes lo realizan. Sin embargo, lo que podemos ver es una realidad distinta, que no podemos aceptar como inevitable: mueren 2 personas trabajadoras al día en accidentes laborales, lo que supone aproximadamente 700 personas al año en el puesto de trabajo. Detrás de cada muerte hay un rostro, una historia, una familia rota. Son personas trabajadoras que salieron a ganarse el pan y no regresaron. Son hogares que, además del dolor, deben afrontar largos procesos legales, sanitarios y psicológicos.
El papa León XIV ha advertido que los lugares de trabajo deberían ser espacios de vida, pero “con frecuencia se transforman en lugares de muerte y desolación”. Una sociedad que se acostumbra a estas muertes se degrada moralmente. Nadie debería perder la vida por ganarse el pan.
La precariedad también deteriora la salud mental, debilita la estabilidad familiar y dificulta la posibilidad de proyectar un futuro. Los riesgos psicosociales, la sobrecarga, la falta de desconexión digital o los efectos del cambio climático en determinados sectores exigen respuestas decididas.
Sabemos que cuanto mayor es la precariedad laboral, mayores son las consecuencias negativas derivadas de la misma. Por ello queremos visibilizar la realidad de las personas trabajadoras migrantes, que a menudo se ven obligadas a aceptar condiciones más duras y peligrosas. A esto se suma la crisis por la escasez de vivienda asequible, uno de los factores determinantes de la exclusión, más agravado si cabe en el caso de las familias migrantes.
No basta con lamentar estas situaciones. Reclamamos reforzar los mecanismos de inspección laboral, impulsar una verdadera cultura preventiva en las empresas y avanzar en la actualización de la Ley de Prevención de Riesgos Laborales, con un amplio acuerdo, para adaptarla a las nuevas realidades del trabajo.
Pedimos a las fuerzas políticas responsabilidad y altura de miras para alcanzar acuerdos que sitúen la vida en el centro. Exigimos a las empresas un compromiso firme con la seguridad y la salud de quienes trabajan.
Ante la exclusión, proponemos fraternidad. Queremos relaciones laborales basadas en los derechos, el respeto, la corresponsabilidad y el cuidado mutuo. Queremos escuchar a las víctimas y hacerlas protagonistas del cambio. Queremos una economía al servicio de la dignidad humana frente al afán de ganancia exclusiva que descarta y “mata”.
Este 1º de Mayo renovamos nuestro compromiso con el derecho a un trabajo decente que garantice condiciones justas, seguras y estables. y nos comprometemos a seguir esforzándonos por construir una sociedad en la que se respete la dignidad de cada persona, independientemente de nuestro lugar de origen.
