Terapeutas espirituales

El ser humano, en su conciencia ordinaria, experimenta vivencias agradables y satisfactorias, pero también múltiples frustraciones y desilusiones; la sociedad, con sus valores dominantes anclados en la superficialidad y el relativismo, es promotora de muchos de esos fracasos, y no se debe olvidar que sus propios desequilibrios representan manifestaciones de las inquietudes que hunden sus raíces en el hondón de cada persona que necesita referencias claras para descubrir el significado de la vida y dirigirla hacia una meta.

Esta desorientación existencial, sentida en los más íntimo de su ser, le impulsa a la búsqueda de otras experiencias interiores porque sospecha que no está hueco y que no es sólo una máquina psiconeurobiológica e intuye que, si existen esas interrogantes que bullen en su mente, es porque necesariamente deben existir respuestas, que son las que debe encontrar. Es entonces cuando aparece la droga como una ocasión fácil, cómoda, rápida, de bucear en otros estados de conciencia, que al ser vividos como gratificantes y positivos, se consolidan de manera progresiva. Sus efectos son característicos ya que, despejando problemas, alejando conflictos emocionales y ofreciendo sensaciones de euforia, alegría y desinhibición, hipotecan los argumentos para no iniciar, con resolución y audacia, la exploración química de sus espacios internos. Pero la droga, que tiene su órgano diana en el cerebro, lo esclaviza con sus intereses y contamina el mundo de los pensamientos, afectos y emociones, a los que deteriora y empobrece. Su propia dinámica le lleva a una situación en que empieza a vivir una existencia sin esencia; incluso en los momentos de lucidez se encuentra vacío y apenas se reconoce a sí mismo y, perdiendo ilusiones y esperanzas, se le escapa la voluntad de vivir.

Contemplada a la persona enferma en su totalidad, la figura del “terapeuta o animador espiritual” se presenta como imprescindible porque detrás de esta situación, y latente bajo la fenomenología psicológica, existe una realidad aún más profunda que la hace sentirse como un ser único, irrepetible, singular, con voluntad libre y deseos de inmortalidad y conciencia de ser y existir que le señala y muestra un principio energético que anima a todo el complejo físico y psíquico y es unificador de toda su estructura; como es una forma sustancial se encuentra en la totalidad y en cada uno de sus distintos órganos según sus potencias o virtualidades. Pero este principio de naturaleza espiritual que define el alma, se manifiesta y se expresa, por, en, y a través del cuerpo, por lo que necesita, como condición sine qua non, su integridad anatómica y funcional, pues en caso contrario se encuentra disminuida y contaminada en su actividad, dejando que se desarrolle la patología que la droga ha generado. Así, ella misma, sin estar enferma, es frenada en su función de animar e informar, ya que sus instrumentos se encuentran deteriorados.

En esta composición de lugar, la rehabilitación integral y definitiva de la persona supone que los abordajes terapéuticos la estudien y trabajen en su globalidad. Siendo la recuperación física importante, lo es más la psicológica, que necesitará conseguir la normalización funcional cerebral. En esta dinámica cerebral, de manera singular prioritaria y necesaria, se deben contemplar y considerar sus necesidades espirituales que representan los argumentos y fundamentos de su ser y de las que surgen las creencias y valores, que al ser activados, potenciados y desarrollados, estimulan un camino hacia dentro en una búsqueda interior que le ofrece escenarios idóneos que facilita una experiencia de su espíritu, inefable pero inequívoca en su intencionalidad, que le permita asomarse a aguas profundas, lejos de las tormentas de la superficie, y recrearse en un escenario en el que la paz, armonía, equilibrio y silencio, conforman unas condiciones que le hacen descubrir su auténtica realidad que, ofreciendo respuestas suficientes a su enigmas, la iluminará y la conducirá de manera firme a su plenitud… comienza otra historia.