Mons. Satué ofrece esta reflexión para hoy.
PLANTÓ UNA VIÑA Y LA ARRENDÓ.
Y yo, ¿qué viña he recibido?, ¿qué frutos doy?
Señor, Tú nos regalas a cada uno de nosotros una viña preciosa: la vida, un cuerpo con el que relacionarnos con los demás, un espíritu que nos permite soñar. Nos ofreces amigos y familia, una inteligencia para conocernos y para conocer el mundo que nos rodea. Nos das fuerza para trabajar, un corazón para amar, un futuro por conquistar… Nos regalas el don de la fe... Una viña preciosa.
Sin embargo, no siempre damos buenos frutos, Señor. Comenzamos por despreciar la viña que Tú nos has dado: no nos gusta nuestro cuerpo, rechazamos a la gente que nos rodea, maldecimos la tierra, despreciamos la fuerza de la fe. No dejamos que nuestro corazón reciba y ofrezca amor. Perdónanos y ayúdanos, Señor.
Gracias, Señor, porque, cuando nos apoyamos en Ti, agradecemos la viña que nos regalaste, aprovechamos la vida y las oportunidades que Tú nos vas ofreciendo; para crecer como personas, para dar fruto al servicio de las familias, el barrio, la comunidad cristiana... Gracias por todas las personas que han tomado este camino de vida, junto a nosotros y en el mundo entero.
