María Vidal Denis, neurorradióloga del Hospital Regional y presidenta de la Asociación Educación Digital Responsable, que ofrece recursos para un buen uso de la tecnología para toda la familia, coordina una investigación pionera en Andalucía sobre la influencia del uso del móvil en el cerebro adolescente a través de neuroimagen. En la entrevista a diocesismalaga.es, que puedes escuchar íntegra en formato podcast, esta madre une su vocación a la medicina y la familia para acompañar con datos objetivos la educación de los menores en el uso del smartphone.

«Retrasar el uso del móvil en los adolescentes es ayudarles a madurar»
María Vidal Denis, neurorradióloga
María Vidal Denis explica cómo se investiga la influencia del móvil en la adolescencia en el Hospital Regional de Málaga

¿Qué le lleva a decidirse por esta investigación?

Desde hace unos años, un grupo de familias decidimos pasar de la preocupación a la ocupación, y pusimos en marcha una asociación para una educación digital en las familias. Al ser médico y neurorradióloga, me di cuenta de que se ha investigado más sobre la influencia del uso intensivo del smartphone a ciertos aspectos de la salud mental, pero no tanto el sustrato estructural de esas conductas. Y me decidí a plantearlo en nuestro hospital, para ver, de una manera objetiva, esos cambios en resonancia. 

¿Por qué es clave la etapa de la adolescencia?

Porque no es un cerebro terminado. Podemos pensar que los adolescentes son adultos con mayor torpeza en ciertos aspectos por la falta de experiencia, pero no es así. Desde el punto de vista neurobiológico, esa etapa es un momento apasionante en el desarrollo, igual que la primera infancia. En nuestro cerebro, maduran muchas cortezas que nos hacen seres racionales: las del control ejecutivo y emocional, la toma de decisiones, la capacidad de anticipar las consecuencias de nuestros actos y de nuestros pensamientos… Son áreas que nos van a definir como seres humanos, y justo son puestas a prueba por los smartphones y las redes sociales. Además, nos parecía bonito que esa gran plasticidad cerebral y esa especial sensibilidad al entorno de la adolescencia sea visto como una etapa de riesgo, sí, pero también, como una ventana de oportunidad.

¿En qué va a consistir este estudio?

Vamos a estudiar resonancias de cráneo a chicos y chicas de entre 14 y 17 años que han sido solicitadas por diferentes motivos clínicos. Nos vamos a centrar más en cefaleas o migrañas, para evitar en lo posible a los pacientes que puedan tener algún cambio en el neurodesarrollo. Después, realizaremos un postprocesado para medir el grosor cortical de determinadas regiones, un elemento fundamental en la medición del neurodesarrollo a nivel radiológico, justamente en aquellas áreas que he comentado, las de la atención, control ejecutivo… y, previamente, les pasaremos un cuestionario estandarizado sobre el uso del smartphone que realizan, las horas de exposición, el tipo de uso, y también el contexto familiar, es decir, el acompañamiento de los padres y el grado de regulación de ese uso digital. 

Me encantaría ayudar a proteger con datos objetivos, esa momento de la vida, esa etapa tan bonita de la adolescencia que lo que necesita es sueño, aburrimiento, conversación, moverse mucho, vínculos presenciales, hablarse más cara a cara y tiempo sin interrupciones

¿Hay una hipótesis de partida en este estudio?

Después de haber leído mucho como radióloga, es verdad que parece que sí que existe una asociación del uso intensivo, sobre todo, del smartphone -porque es lo que se asocia a un uso más patológico de redes sociales, vídeos infinitos, etc.- a diferencias en el grosor cortical de determinadas regiones cerebrales y a las edades que nosotros estamos manejando. Pero aunque la hipótesis es que el uso intensivo se va a relacionar con alteraciones en el grosor, hay que ser prudentes: no vamos a demostrar que el móvil daña al cerebro.  No es nuestra intención. Sino observar una asociación entre el uso digital y ciertas características del neurodesarrollo, y ver si somos capaces de medir esos patrones de asociación. 

¿Qué frutos le gustaría que tuviera este estudio en los adolescentes y en las familias? 

Me encantaría desplazar el debate, el foco, desde la culpa hacia el conocimiento. Desde la asociación, en la que empecé como madre, damos muchas charlas a familias y vemos que se sienten culpables, que sienten que llegan tarde, que no saben qué hacer, que a lo mejor ya  lo han hecho mal y ya no hay nada que hacer. Creo que es importante el acercarse y aportar evidencia, una pieza más dentro de este problema en el que estamos todos metidos. Y me gustaría ayudar a esas familias, a los pediatras y a las instituciones a tomar  decisiones más informadas, y a que no se sientan culpables, sino que sepan que han hecho lo que hasta en ese momento se pensaba que podía hacerse. Me encantaría ayudar a proteger con datos objetivos, esa momento de la vida, esa etapa tan bonita de la adolescencia que lo que necesita es sueño, aburrimiento, conversación, moverse mucho, vínculos presenciales, hablarse más cara a cara y tiempo sin interrupciones. 

¿Ayudará a aquellos padres que quieren enseñar a utilizar de manera crítica algo prácticamente inevitable: el móvil?

Sí, ahora mismo parece que todo el mundo está abocado a uso muy disregulado y muy intensivo. Y querer salirse de ahí se identifica con ser un excéntrico. Lo que queremos es aportar una evidencia para vivirlo de modo saludable. En ocasiones, hay que ser un poco disruptivo. Nos gustaría reforzar esa idea, que retrasar, limitar, acompañar ese acceso del smartphone, sobre todo el smartphone en nuestros niños y niñas, no es ir contra la tecnología, sino permitirles madurar y que lleguen a esa tecnología con más criterios y con más capacidad de autorregularse que lo que están haciendo ahora mismo.