Homilía de Mons. Satué en la Misa Crismal
Mons. Satué pronuncia su homilía durante la Misa Crismal 2026 //LAZARUS

Queridos hermanos obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, diáconos y seminaristas, laicas y laicos:

La Misa Crismal es, para mí, una de las celebraciones más intensas de todo el año litúrgico. Me gusta prepararla despacio: con la lista de sacerdotes y diáconos delante, rezando por cada uno, y con el Misal abierto, releyendo sus comentarios y oraciones. «El obispo –dice el Misal– ha de ser tenido como el gran sacerdote de su grey, del cual se deriva y depende, en cierto modo, la vida de sus fieles en Cristo. La Misa Crismal… ha de ser tenida como una de las principales manifestaciones de la plenitud sacerdotal del obispo y como un signo de la unión estrecha de los presbíteros con él».

Me sobrecogen estas palabras al recordar la grandeza de la misión que Dios me ha confiado, que contrasta con mis muchas limitaciones y pecados. Me consuela, sin embargo, saber y experimentar que el Espíritu de Dios guía a esta Iglesia particular de Málaga más allá de mis pobrezas. Me conforta también sentir vuestra acogida, cercanía y disponibilidad, queridos sacerdotes, laicos y consagrados. Porque, aunque a veces me sienta desubicado, cuando os miro percibo, cada vez con más fuerza, que sois mi familia, mi pueblo; un gran presbiterio, una gran Diócesis, con un precioso patrimonio espiritual, a la que deseo entregar lo mejor de mí.

Y después de la confesión personal, quisiera dirigirme especialmente a vosotros, mis hermanos sacerdotes, que hoy vais a renovar vuestras promesas, respaldados por esta amplia representación de fieles, que hacen presentes a las comunidades donde vivís la fe y ejercéis el ministerio. Os invito, queridos hermanos, a acoger la Palabra de Dios que hemos proclamado. Al meditarla, me venían al corazón las tres actitudes con las que comencé mi ministerio episcopal entre vosotros el pasado 13 de septiembre.

Primera actitud: humildad. 

Queridos hermanos, Cristo es el “testigo fiel”, el “Alfa y la Omega”, como afirma el libro del Apocalipsis. Nosotros, en cambio, no somos otra cosa que mensajeros vacilantes, letras diminutas en el alfabeto de la historia de la salvación; letras pequeñas, sí, pero que pueden ser preciosas. Haber sido redimidos no nos libra de nuestra pequeñez; más bien nos permite reconocerla con lucidez e integrarla con acierto en nuestra vida.

Con la sabiduría popular que lo caracterizaba, san Manuel González decía a los sacerdotes: “El cura, como el hombre, está hecho del mismo barro de que se han hecho los hijos de Adán. Y una larga y triste experiencia demuestra que es un barro bastante frágil y quebradizo” (Lo que puede un cura, 1629)

Por su parte, el papa León XIV nos ha recordado recientemente la importancia de acoger y nombrar nuestra vulnerabilidad. Decía a los sacerdotes el pasado 27 de junio: «No le teman a su fragilidad: el Señor no busca sacerdotes perfectos, sino corazones humildes, disponibles a la conversión y dispuestos a amar como Él mismo nos ha amado» (Mensaje con motivo de la Jornada de Santificación Sacerdotal, 2025). Y el 24 de junio exhortaba a los seminaristas: «Es necesario apostar mucho por la madurez humana, rechazando todo disfraz e hipocresía. Con la mirada puesta en Jesús, hay que aprender a dar nombre y voz también a la tristeza, al miedo, a la angustia, a la indignación, llevando todo a la relación con Dios. Las crisis, los límites, las fragilidades no deben ocultarse, sino que son ocasiones de gracia y de experiencia pascual» (Meditación en el Jubileo de los seminaristas, 2025).

Por estas y por tantas otras razones, debemos resistir –con la ayuda de Dios– la tentación de negar la verdad de nuestra fragilidad, de enseñar el Evangelio como si no fuéramos torpes discípulos, de ejercer el ministerio desde la superioridad frente a laicas y laicos, o de menospreciar en la tarea evangelizadora a la gente sencilla, a las realidades pequeñas y a los medios humildes. Sí, hermanos sacerdotes, somos y estamos llamados a ser, cada día con mayor autenticidad, transparencia sacramental de Cristo, humilde de corazón (cf. Mt 11,29).

Segunda actitud: misión 

Hoy resuenan en nosotros las palabras del profeta Isaías, que Jesucristo pronunció con emoción en la sinagoga de su pueblo: «Me ha enviado a llevar la Buena Noticia a los pobres, a vendar corazones rotos, a liberar a los cautivos...» (cf. Is 61, 1-3; Lc 4,17-19). Así pues, no podemos permitirnos ser una Iglesia autorreferencial, encerrada en sí misma y preocupada únicamente por sus propias necesidades. Tampoco podemos reducir el sacerdocio a un camino para buscar nuestra felicidad o autorrealización personal.

Alentados por las palabras y el testimonio del recordado papa Francisco, hagamos de nuestras comunidades “hospitales de campaña” donde acoger, liberar y sanar a quienes son descartados; y anunciemos el Evangelio «no como quien impone una nueva obligación, sino como quien comparte una alegría, señala un horizonte bello, ofrece un banquete deseable» (EG 14). ¡Ojalá que nuestras preocupaciones, conversaciones y ocupaciones se centren en la preciosa misión a la que somos convocados!

Pidamos a Dios que el proceso sinodal que hemos emprendido con esperanza, nos ayude a concretar un plan pastoral que permita a los creyentes vivir la fe con mayor hondura y nos impulse a llegar a quienes se han alejado de la Iglesia o nunca han conocido a Jesucristo.

Así, “todos, todos, todos”, también quienes habitan nuestras periferias concretas –Melilla, los pueblos más pequeños y alejados de la capital, o la misión en Caicara del Orinoco– podrán experimentar con más fuerza la ternura y la salvación de Dios.

Tercera actitud: coherencia 

Necesitamos crecer en coherencia para asumir con verdad nuestra fragilidad y la misión que el Señor nos confía: una misión preciosa, pero marcada en muchos momentos por la cruz. No tendría sentido reconocer que la misión es exigente y que cada día pecamos “de pensamiento, palabra, obra y omisión”, y luego vivir como si fuéramos superhombres, cerrados a la luz y a la fuerza del Espíritu, y de espaldas a la ayuda de nuestros hermanos y hermanas.

Abramos, por tanto, el corazón a Dios. Su Espíritu es el verdadero protagonista de la vida cristiana y del ministerio sacerdotal. Hasta el mismo Hijo de Dios proclama: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido» (Lc 4,18). Y la segunda lectura nos recuerda que Él «nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios su Padre» (Ap 1,6). Es el Espíritu quien hace posible que seamos buenos sacerdotes, buenos laicos y laicas, buenos religiosos y religiosas.

No basta con anunciar su palabra y actuar en su nombre; es necesario abrirle cada día nuestro corazón y permitirle transformar desde nuestra sensibilidad más profunda hasta la manera en que nos relacionamos con los hermanos sacerdotes, con la feligresía y con quienes no participan en nuestras actividades, sin descuidar la relación con nosotros mismos.

El Señor, con su gracia, es el principal actor de nuestra vida y de nuestro ministerio porque —como dice el Salmo— «si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles; si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigilan los centinelas» (Sal 127,1).

En lugar de resignarnos al “soy así y no puedo cambiar”, abramos también el corazón a la ayuda de la Iglesia y de tantas personas que nos quieren, nos acompañan y nos sostienen. Permitidme descender a algunos ejemplos concretos:

  • Si sufrimos problemas de salud, si el desánimo nos atenaza o si no logramos superar dificultades que nos pesan, ¿no sería mejor buscar ayuda profesional?
  • Si deseamos crecer en nuestra relación con Dios —fundamento de toda nuestra vida— y tropezamos una y otra vez, ¿no deberíamos asegurar un acompañamiento personal serio y continuado?
  • Si constatamos que prácticas pastorales que fueron fecundas durante años ya casi no dan fruto, ¿no deberíamos discernir juntos los caminos que el Espíritu señala hoy a la Iglesia?
  • Y, finalmente, si somos frágiles y se nos ha confiado una misión que nos sobrepasa, ¿no deberíamos dedicar en la Diócesis más recursos al cuidado y acompañamiento de los pastores? Sería una inversión que redundaría a favor de todo el Pueblo de Dios.

Conclusión

Queridos laicos y laicas, pedid al “Señor de la mies que envíe obreros a su mies” (Mt 9,38) y rezad por los sacerdotes y por mí, para que nunca nos apartemos del camino de Jesús: humilde, misionero y coherente.

Y nosotros, queridos hermanos sacerdotes, renovemos las promesas que hicimos el día de nuestra ordenación con la confianza de María, nuestra Madre, inspirados por las palabras de San Manuel González, dirigidas al presbiterio de su tiempo: “Confiad, sí, porque Él lo quiere. Confiad, porque su victoria es prenda de nuestra victoria. Confiad, porque si es mucho lo que no podéis, es mucho, muchísimo más, lo que podéis” (Lo que puede un cura, 1630). 

Amén.