Queridos hermanos y hermanas:
Cada año nuestra diócesis dirige su mirada y su corazón hacia la Misión Diocesana en Venezuela, una obra que forma parte de nuestra identidad eclesial y que expresa el deseo de anunciar el Evangelio más allá de nuestras fronteras. Celebramos con gratitud el Día de las Misioneras y Misioneros Malagueños, dando gracias a Dios por tantos hombres y mujeres de nuestra tierra que han entregado y siguen entregando su vida al servicio del Evangelio en tantos lugares del mundo.
El lema que nos acompaña en esta jornada, «Misión Diocesana: una Iglesia sinodal en misión», recoge con acierto el camino que la Iglesia universal y malagueña está llamada a recorrer. La misión no es una tarea reservada a unos pocos; nace del bautismo y compromete a todo el Pueblo de Dios. Una Iglesia sinodal es una Iglesia que camina unida, que escucha, que discierne y que sale al encuentro de quienes esperan una palabra de esperanza y una mano tendida. Solo caminando juntos podremos responder con fidelidad al mandato del Señor: «Id y haced discípulos a todos los pueblos».
Este año queremos elevar una acción de gracias por la presencia ininterrumpida de sacerdotes de nuestra diócesis en la misión de Venezuela desde 1954. Son más de siete décadas de entrega silenciosa, de servicio generoso y de fidelidad al Evangelio. Muchos sacerdotes han dejado allí lo mejor de su ministerio, sembrando la fe con paciencia, compartiendo las alegrías y sufrimientos del pueblo y contribuyendo al crecimiento de una Iglesia que ha sabido renacer con esperanza después de tantos años de persecución y sufrimiento.
Este año queremos elevar una acción de gracias por la presencia ininterrumpida de sacerdotes de nuestra diócesis en la misión de Venezuela desde 1954. Son más de siete décadas de entrega silenciosa, de servicio generoso y de fidelidad al Evangelio.
Nuestro recuerdo agradecido se dirige a todos ellos, conocidos y anónimos, que hicieron de aquella tierra su hogar y de sus habitantes su familia. Y, de manera especial, queremos manifestar nuestra cercanía y nuestro afecto al sacerdote Juan Manuel Barreiro, que actualmente continúa esta hermosa misión en nombre de toda la diócesis. En él reconocemos la continuidad de una historia de entrega que sigue escribiéndose cada día gracias a la gracia de Dios y al compromiso misionero de nuestra Iglesia.
Quiero agradecer también a la Iglesia local de Caicara, que durante tantos años nos acogió como hermanos y con la que seguimos compartiendo la misma fe y la misma misión. Damos gracias igualmente a los institutos de vida consagrada, asociaciones, movimientos eclesiales, parroquias y tantos laicos que sostienen la misión con su oración constante, su cercanía y su generosa ayuda material. Gracias a vuestra colaboración, la presencia de nuestra diócesis en Venezuela continúa siendo un signo vivo de comunión y de esperanza.
La misión nunca es obra de una sola persona. Es fruto de una Iglesia que reza, comparte y se compromete. Cada oración ofrecida, cada donativo, cada sacrificio escondido y cada gesto de solidaridad forman parte de esta hermosa cadena de amor que une a nuestra diócesis con el pueblo venezolano y con tantos rincones del mundo donde nuestros misioneros anuncian el Evangelio.
Os animo, por tanto, a seguir construyendo entre nosotros una Iglesia sinodal y misionera, donde cada bautizado descubra que tiene un lugar y una responsabilidad en la misión evangelizadora. Que nuestras parroquias sean comunidades abiertas, acogedoras y comprometidas; que nuestras familias sean escuelas de fe y de solidaridad; que nuestros jóvenes escuchen con valentía la llamada del Señor, también cuando los invite a entregar su vida en la misión.
Que la Virgen María, Madre de la Victoria y Reina de las Misiones, acompañe a nuestros misioneros, fortalezca a la Iglesia en Caicara y haga de nuestra diócesis una comunidad más misionera.
Os envío un abrazo y mi bendición.
