Queridos seminaristas, jóvenes que os estáis planteando entrar en el Seminario, sacerdotes y familias:
Sí, también en este momento concreto de la historia, merece la pena ser sacerdote. Tal vez no sea tan sencillo como en otros tiempos, pero sin duda es apasionante. Así lo he experimentado a lo largo de más de treinta años de ministerio.
Los sacerdotes somos testigos privilegiados del paso de Dios por la vida de las personas, cuando nos acercamos a ellas con delicadeza y disponibilidad para acompañarlas y escucharlas. Entonces, descubrimos en sus corazones el poder salvador de los sacramentos que presidimos; y reconocemos, con asombro, cómo Dios se sirve de nuestras pobres palabras y de nuestra frágil humanidad para iluminar y fortalecer a muchos hijos suyos. Por eso, nuestra mayor alegría no es tanto que nos quieran cuanto que nuestros feligreses se encuentren con Dios y se dejen transformar por Él.
«Es cierto que hoy el sacerdote ya no recibe los honores ni los privilegios de antaño. Pero lejos de ser un inconveniente, esta circunstancia es una oportunidad»
Además, nuestro trabajo es valorado por una multitud de personas que trabajan generosamente en nuestras parroquias, en todo tipo de celebraciones, actividades formativas, caritativas y solidarias. Son mujeres y hombres, niños, jóvenes y mayores que agradecen lo que hacemos y lo que representamos, incluso con nuestras limitaciones. Nos quieren, nos perdonan y nos sostienen, a poco que seamos humildes, cercanos, sinceros y entregados a la misión recibida.
Es cierto que hoy el sacerdote ya no recibe los honores ni los privilegios de antaño. Pero lejos de ser un inconveniente, esta circunstancia es una oportunidad. Cuanto menos reconocimiento externo tenemos, más libres somos para vivir con autenticidad nuestra fe y nuestra vocación; más fácilmente podremos configurarnos con Cristo Siervo y Pastor, que da la vida por su rebaño. Nuestro mayor privilegio es acercarnos a los privilegiados del Señor: los que tienen hambre de pan y de esperanza; los enfermos, los jóvenes y las familias que necesitan nuestro tiempo y dedicación para sentirse acompañados en sus crisis, búsquedas y proyectos.
Incluso en esta Iglesia herida por el terrible escándalo de los abusos, merece la pena ser sacerdote. Unos pocos han causado un sufrimiento inmenso a las víctimas. Ahora es el momento de que todos ofrezcamos lo mejor de nosotros para que las heridas puedan cicatrizar, para desterrar de la Iglesia relaciones de dependencia enfermizas que nos dañan a todos, y para promover vínculos verdaderamente fraternos, como Dios quiere para sus hijos e hijas.
El Señor sigue llamando a ser buenos pastores como Él y con Él. Es un regalo precioso estar con Él y compartir su misión con confianza y generosidad. A su lado, hasta cuando la cruz se hace más pesada, crece una alegría profunda en nuestro corazón que nadie puede arrebatarnos. Además, Él nos promete el ciento por uno y la vida eterna.
Oremos con san Manuel González para que el Señor nos dé –y haga de todos los sacerdotes– «buenos pastores, dispuestos a dar la vida por las ovejas».
Recibid un saludo muy cordial en el Señor
