Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:
Nos duelen profundamente las noticias que llegan de la guerra en Irán y Oriente Medio. Tampoco podemos olvidar el sufrimiento que persiste en Ucrania o en Gaza, ni las guerras olvidadas que desangran a tantos pueblos africanos. En muchos de estos lugares, la riqueza de la tierra —codiciada por intereses poderosos— se convierte en causa de violencia y guerra, en vez de ser fuente de vida y desarrollo para sus habitantes.
No solo nos inquietan las repercusiones que podemos padecer al llenar el depósito del coche o al pagar la cesta de la compra. Lo que verdaderamente nos hiere es la pérdida de vidas inocentes, el dolor de tantas familias, el clima de odio, inseguridad y desamparo que sufren millones de niños, jóvenes, adultos y ancianos. Ante esta dolorosa realidad, ¿qué podemos hacer?
Vivir la paz implica elegir palabras que no hieran, gestos que unan, actitudes que favorezcan el encuentro.
Rezar por la paz. La oración es la primera respuesta del creyente ante el sufrimiento del mundo. Con León XIV, «elevamos nuestro humilde ruego al Señor para que cese el estruendo de las bombas, callen las armas y se abra un espacio de diálogo en el que se puedan escuchar las voces de los pueblos». El Papa nos invita a confiar esta intención a María, «para que interceda por cuantos sufren a causa de la guerra y acompañe los corazones a través de senderos de reconciliación y de esperanza».
Acoger la paz en el corazón. La paz verdadera comienza con una transformación interior que nos hace renunciar al odio, al rencor y a la indiferencia. Acoger la paz en el corazón significa dejar que Dios cure nuestras heridas, purifique nuestros miedos y nos enseñe a mirar al otro como hermano. Es un camino de conversión que nos invita a buscar la justicia y la verdad, a reconocer la propia agresividad y a dejarnos reconciliar. Solo un corazón pacificado puede convertirse en fuente de paz para los demás.
Vivir la paz en la vida cotidiana. La paz se construye día a día, en lo pequeño y en lo cercano: en la familia, en el puesto de trabajo, en la parroquia, en la hermandad, en el barrio o en el pueblo. Vivir la paz implica elegir palabras que no hieran, gestos que unan, actitudes que favorezcan el encuentro. Es aprender a escuchar antes de juzgar, a resolver los conflictos sin recurrir a la violencia, a tender puentes donde otros levantan muros. Como recordábamos los obispos de Aragón en 2023, «no sirve de mucho lamentarse de las guerras entre países, si en el ámbito doméstico no somos capaces de trabajar por la paz». Como ciudadanos responsables, también estamos llamados a exigir a las autoridades de las naciones decisiones valientes, que prioricen la vida de los pueblos por encima de intereses económicos, estratégicos o ideológicos.
Que la Paz del Señor habite en vuestros corazones y se extienda al mundo entero.
