Javier Díaz Lorite (Torreblascopedro, Jaén, 1958) llegó a Málaga por motivos de salud y actualmente es adscrito a la parroquia de San Miguel, en el Miramar. Doctor en Teología Dogmática, es un especialista en san Juan de Ávila, de quien trae una amplia bibliografía que está disponible, en parte, en el CESET San Pablo
¿Cómo acaba un sacerdote como usted en Málaga?
La verdad es que he venido a Málaga en muchas ocasiones, porque teníamos reuniones de delegados del clero del sur, y aquí estaba el centro de Andalucía. Incluso he venido para dar alguna charla a los sacerdotes, especialmente sobre san Juan de Ávila. Últimamente, uno va donde Dios lo va poniendo. En esta ocasión vine en diciembre para una operación de hernias inguinales. La recuperación está siendo bastante buena, me están acogiendo muy bien y, por un tiempo que no sé cuánto durará, estaré por aquí como un hermano más.
Con su venida, se trae una extensa bibliografía sobre san Juan de Ávila, ¿dónde va a estar disponible y a quién recomienda acercarse a ella?
Sobre san Juan de Ávila he trabajado mucho. He ido adquiriendo libros que necesitaba para mi investigación, para profundizar y para impartir formación. Muchos los tengo donde vivo, porque manejo bastante bibliografía sobre él y la necesito. Otros libros, también muy interesantes, ya no me hacen tanta falta o no tengo espacio para conservarlos, y pueden prestar un servicio a la Iglesia diocesana. Por eso se van a quedar, como donación, en la biblioteca del CESET San Pablo. De momento son en torno a ochenta ejemplares sobre san Juan de Ávila, disponibles para consulta, igual que el resto de la biblioteca del CESET.
¿Qué es lo que destacaría de este santo, patrón del clero secular, que le parezca de mayor actualidad para el cristiano de hoy?
En principio, san Juan de Ávila es el patrón del clero secular, así que para todos los sacerdotes es un ejemplo y un modelo. La Iglesia nos invita a tenerlo como referencia. Además, una de las grandes cualidades de san Juan de Ávila es que sigue siendo muy actual. No es solo un sacerdote del siglo XVI, sino que tiene luces muy especiales también para el momento presente, para la vida y el ministerio actual. Pero cada vez descubro más que san Juan de Ávila no es solo para sacerdotes, sino también para religiosos y laicos. Su manera de enfocar las cosas y su espiritualidad no se limitan al ámbito sacerdotal, sino que van al centro mismo de la espiritualidad cristiana, y eso es común a todos los bautizados. Por la experiencia personal que estoy teniendo, cuando los laicos entran en contacto con san Juan de Ávila, quedan admirados por la profundidad espiritual que tiene y, al mismo tiempo, por cómo aborda temas muy actuales.
¿Qué temas actuales trata?
Trata cuestiones como la relación con Dios, cómo vivir en situaciones difíciles, una enfermedad, una contrariedad o la sequedad espiritual. Pero también aborda temas sociales: cómo tratar a los enfermos, cómo impulsar la renovación de la Iglesia, cómo optar de manera preferencial por los pobres y cómo ayudar a la formación integral de los jóvenes.
De todas sus virtudes, ¿cuál resaltaría especialmente?
Destacaría cómo se deja llenar del amor de Dios y sabe transmitirlo con su testimonio y su ternura. Lo comunica tanto con su vida, con su enseñanza, con su obra y con sus palabras.
¿Un consejo de este santo para los sacerdotes que usted considera fundamental por su experiencia de vida?
La conexión con Dios, especialmente en Jesús crucificado y vivo, y cómo eso me ayuda a vivir metido en la realidad junto a la gente, de una manera sencilla pero profunda.
¿Qué tiene san Juan de Ávila que decir sobre la sinodalidad?
Es un tema muy interesante y creo que tiene muchas luces que aportar. Viendo cómo la Iglesia descubre cada vez más que la sinodalidad es una parte esencial de su identidad y busca modos concretos de aplicarla, considero que san Juan de Ávila fue un hombre profundamente sinodal. No solo propuso al Concilio de Trento medidas muy importantes para la renovación de la Iglesia, sino que después ayudó a que la aplicación de Trento fuese efectiva. Influyó en el concilio provincial de Toledo y también en los de Granada y Córdoba. Toledo tenía entonces una gran relevancia en toda España, y esos procesos influyeron después en Sudamérica. A través del III Concilio de Lima, presidido por santo Toribio de Mogrovejo, se aplicaron muchas de esas orientaciones, y su influjo se extendió por América.
Además, san Juan de Ávila potencia el reunirse, el caminar juntos. Como recuerda el documento final del Sínodo de 2024, la sinodalidad se ha vivido en la historia de la Iglesia especialmente a través de los sínodos. Él impulsa la reunión de obispos con presbíteros. Es verdad que en aquella época el laicado no estaba todavía tan considerado como hoy, pero la Iglesia va avanzando.
Sin embargo, la preocupación por los laicos ya aparece en él, porque insiste en que obispos y sacerdotes conozcan bien la realidad de la gente e incluso a las personas por su nombre. Así, cuando se reúnen, llevan consigo la vida real del pueblo. Reunirse, escucharse mutuamente y escuchar al Espíritu Santo: esas ideas fundamentales fueron vividas y potenciadas por san Juan de Ávila.
¿Qué destacaría de su concepción del laicado?
Destacaría la importancia que da al papel de los religiosos y de los laicos en la Iglesia. san Juan de Ávila aboga, principalmente, por su formación. Por ejemplo, un ministerio que hoy empieza a reconocerse incluso como ministerio instituido, él ya lo presenta como misión: la tarea de los catequistas. Él impulsa sacerdotes bien formados para que formen a un laicado preparado, capaz de catequizar a otros. De este modo, los laicos van teniendo también mayor protagonismo. Habla expresamente de la tarea de los catequistas y de la necesidad de que haya personas preparadas para formar a otros. Ya se percibe claramente esa línea de considerar a un laicado preparado para evangelizar. Se ve con claridad cómo, dentro de la Iglesia, destaca también el papel de todo el Pueblo de Dios.
María Luisa Cañete Segura
