Esto de escribir en confinamiento quizá tenga su punto de responsabilidad añadido. Máxime si lo que pretendes hacer al reflexionar sobre el papel es alumbrar algo de luz o aportar una particular visión del mundo.

RAFAEL PÉREZ PALLARÉS.  A solas con el miedo

Te cuento. Observas a tu alrededor que la gente tiene miedo; miedo en el presente y al futuro. Es humano, pero debemos recordar que los miedos paralizan, como si de una montaña rusa se tratase, aparecen como figurantes recurrentes en una película mala. No son buenos consejeros, pero la soledad y las previsibles consecuencias de la crisis ocasionada por la parálisis económica abonan su terreno.  Hay hasta niños con temor: algunos prefieren no salir a la calle por miedo a coger el “bichito”; convendría recordar a los padres que, sobre todo en determinadas edades, es innecesario inyectar dosis de miedo a los peques de la casa, lo que hay que ejercer es autoridad y cariño. Otro paño aparte son ancianos que no sepan dimensionar muy bien qué está pasando y en su vulnerabilidad les surjan miedos e incertidumbres; soledad y fragilidad son aliados poco recomendables. La soledad de hecho puede llegarse a vivir entre rosas y, sin embargo, generar lágrimas. Es todo tan complejo…

Por eso me gusta recurrir a lo que dijo Jesús de Nazaret: “a cada día le basta su propio afán.” Este consejo ayuda a vivir el momento, canalizar miedos y discurrir con cierta serenidad entre la pandemia. Digamos que en medio de la bruma que genera sentirse solos vivir el momento presente, en un ejercicio de concentración y previsión, experimentando eso sí probablemente el miedo al abismo, es una de las experiencias límite y necesarias.  Soportar, como travesía de desierto, esta maraña entre soledad, miedo y presente nos ayudará a madurar como personas. Y a quien tenga fe, como creyente. Experimentará el abandono en las manos de Dios. Pero también nos acercará a la realidad que familiares, amistades o personas en general experimentan y nos ayudará a crecer en empatía y cercanía emocional.