El miedo es libre. Cada uno puede administrar su propio miedo en la medida de sus posibilidades. Pero hay un miedo irrenunciable: el miedo a la muerte. En la homilía de la Ascensión, el celebrante, nos hizo recapacitar sobre el mismo.
Dice el diccionario de la RAE que miedo es: Angustia porun riesgo o daño real o imaginario. Recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea.
En una de esas películas españolas de la 2 de cada noche, José Bódalo, interpretando a un militar en la guerra de África, distinguía entre miedo y cobardía. El miedo es positivo y conduce a la superación; la cobardía es negativa y conduce al fracaso.
Personalmente estoy muy marcado por las circunstancias dolorosas que he vivido. La muerte prematura de mi padre y la de algunos amigos de mi edad, que he sufrido desde la cercanía, me han creado un sentimiento de miedo a lo inesperado que me cuesta mucho trabajo superar.
Y eso que creo que nos espera otra vida mejor al otro lado del transito, pero como decía el chiste: “Virgencita que me quede como estoy”. Después ya tendremos tiempo de disfrutar de la presencia de Dios.
Pero volviendo al miedo, creo que los mayores tenemos miedo especialmente a la muerte en vida. A la falta de proyectos y a la soledad. Por eso tenemos que prepararnos para combatirlo. Hemos de crear un entorno agradable y enriquecedor. Una tarea adecuada a nuestras posibilidades que nos permita ser y sentirnos útiles a los demás. Un calendario que nos saque de la abulia y la monotonía.
Ahí está el voluntariado y la formación para mayores. La lectura y el caminar. La conversación y el acompañamiento.
Seguiremos teniendo miedo a la enfermedad y a la muerte. Pero seguiremos siendo útiles y eficaces. Seguiremos estando vivos.
Nota del autor: menudo segmento me ha salido hoy más triste en plena feria; pero mi trabajo en el Teléfono de la Esperanza me marca de vez en cuando. Otra vez seré más alegre.
