Testimonio 7
Buscando algo, me metí en la droga. Pienso que fue como un intento de encontrar respuestas a las interrogantes que empezaban a asaltar mis pensamientos y que me provocaban unas inquietudes que se encontraban fortalecidas por mi propia situación laboral ya que desarrollaba un trabajo generador de conflictos y tensiones que me condicionaban un estado de estrés casi continuo. Como "un probar", decidí consumir droga y experimenté un estado de conciencia gratificante: me hipotecó preocupaciones, alivió sombras y canceló la sensación de soledad que me atormentaba; fascinado y seducido por estos efectos, no encontré argumentos para no repetir el consumo siempre que podía. No pasó mucho tiempo cuando tuve conciencia del error que había cometido, pues aumentaron mis miedos, temores y angustias, y se multiplicaron los problemas. Me encontraba perdido por dentro y por fuera, y no sabía hacia dónde ir.
Ausente del presente, rumiando un pasado lleno de remordimientos y sin vislumbrar esperanzas, mi vida era esencialmente biológica y una nube de oscuridad y negrura me invadía. El consumo de la droga era lo único que me proporcionaba la ocasión de apearme de la vida, pero cada vez me encontraba más vacío, como hueco, y esto era lo que más daño me hacía. Había creado un espacio muerto a mí alrededor que me separaba de amigos, conocidos y familiares: sentía rencor y odio hacia todo y todos.
Un día, cabreado y con ganas de bronca, al pasar por una Iglesia, se me ocurrió entrar y pedirle dinero al cura, y si no lo conseguía, echarle un "bullón"; como no estaba, me quedé sentado en un banco para pasar el rato. Fue entonces cuando recordé a mi madre que siempre me decía que Dios estaba en todas las iglesias del mundo y que podía pedirle lo que necesitara pues Él siempre escucha y siempre responde. Mecánicamente me puse de rodilla y marqué la señal de la cruz sobre mi frente, pero cuando fijé mi mirada en el sagrario me sorprendí repitiendo: ¡ayúdame que no puedo más! Llegó un momento que me inundó un sentimiento extraño y no pude decir ni palabra porque me cautivó unos sollozos incontrolables, y abundantes lágrimas brotaron de mis ojos. No sé el tiempo que estuve así, pero sí que experimenté una sensación de tranquilidad y serenidad desconocida ¿... ? Durante unos días no pude apartar de mi mente lo sucedido y, añorando el gozo experimentado, volví a visitar la iglesia. De manera natural e instintiva, me encontré cautivado y enganchado a estos ratitos diarios que cada vez eran más anchos.
Al comentar estos hechos con mi médico, éste me animó e insistió para que no abandonara mi nueva afición e hice mío sus argumentos: "Paco ¿dónde vas a estar mejor que en una Iglesia? Es un lugar donde te encuentras tranquilo y esto es un tesoro a disfrutar. Tú con fe o sin fe, no dejes de ir allí, y reza y reza, creas o no, tú rezas y ya está: a algún lado van esos rezos y alguien te tiene que escuchar".
Después de algunas semanas me convencí que todo esto no era alucinación o fantasía y, aunque todo parece que sigue igual, todo es muy diferente pues fuertes destellos de esperanza protagonizan unas motivaciones existenciales que me argumentan otra manera de pensar y vivir...y otras luces orientan mis caminos.
